"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

martes, 16 de febrero de 2010

Tomás Luna In Memoriam


Compartir un rato con él era hacerlo con la memoria viva del Ardila. Ocho décadas de trasiego por esa rivera, a lomos de su burra y seguido por sus podencos, dan para muchas historias. Como la de aquella charneca, que aún crece tupida en la pared de piedra, en la que se escondió el guerrillero perseguido; o la de aquella roja de Burguillos que se ocultó allá, en la Peña del Búho, hasta que fue delatada por el mozo que llevaba las vacas a los Llanos de Chiquillo; o la de cuando pagó su ajuar de boda con las pieles de las nutrias cazadas ahí mismo, en el tarayal y de cómo estas vendían caro su pellejo atacando sin dudar al más fiero de los perros: o las aventuras del “tío de la toalla” cuando iba a la feria de Zafra; o de cómo, cuando cerraron las compuertas del embalse de Valuengo, unos potros se quedaron atrapados en una isla y tuvo que ir a Mérida a convencer al encargado para que vaciasen la presa; y de cuando su mujer se puso de parto y a más de cuatro horas a trote de burra de Burguillos, el pueblo más cercano, su hijo decidió nacer por el camino; o de cuando comenzaron a aparecer esos patos negros con pescuezo de culebra, los cormoranes…
El tarayal del Ardila frente a nosotros. La Sierra de los Jacintos a nuestra espalda. El tiempo se detenía a la vera de una botella de vino, sentados junto a su chozo, y las infinitas historias comenzaban a fluir solas. Escuchando sus palabras hacía evidente que estaba integrado en el territorio, en su territorio, para formar parte inseparable de él, como el acebuche, como la cigüeña negra, como el martinete, como el tamujo, como el taray o como las cuarcitas de la peña del Búho.
Aún cuando fue asediado por la enfermedad se resistió – como nutria panza arriba - a abandonar el que era su sitio en el mundo y cuando desapareció, se llevó con él para siempre historias, topónimos y saberes de este pedazo de naturaleza fronteriza y que hoy son ya de otro tiempo. Y que nadie echará de menos.
Hoy el chozo de Tomás Luna se desmorona y sus enseres se enmohecen en silencio. Y, quizás por primera vez en varios milenios, se ha roto una cadena de generaciones y generaciones, y la vida en este fecundo curso fluvial del suroeste ibérico se desenvuelve sin habitantes humanos que le den nombre.


Colonia de garcillas bueyeras en el tarayal del Adila. Al fondo, la Sierra de los Jacintos.


Territorio de Tomás Luna.

No hay comentarios:

Publicar un comentario