"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

viernes, 19 de febrero de 2010

La Harpía


¿Quieren ver a la rapaz más poderosa del mundo? Nos asestó de improviso Gilber. Cuando abandonamos con nuestra canoa el río Aguarico para adentrarnos en su afluente el serpenteante Sushufindi, no sospechábamos hasta qué punto, aquel joven de Lagoagrio raramente creaba falsas expectativas. Nos condujo a una maloca rodeada de su chacra de maíz y yuca, donde encontramos a la persona que conocía el sitio exacto donde era posible verla. La Harpía (Harpia harpyja): Águila descomunal – aquí todo es desproporcionado- especializada en la caza de monos y perezosos, a los que arranca de las copas de los árboles con unas garras impresionantes. Es un gigante que vigila sobre el dosel forestal y sólo anida en los árboles más altos de la selva, los imponentes ceibos e higuerones. Se trata del superpredador indiscutible de la selva lluviosa. No es extraño que para los pobladores humanos de la gran cuenca sea un ser mágico y envuelto en la leyenda. Con una presencia majestuosa y con un penacho de plumas rodeándole la cabeza que otorga a su faz un aspecto extrañamente humano, tampoco es de extrañar que – en un caso parecido al que ocurrió con el tapir y otros animales del nuevo mundo- los primeros conquistadores europeos la identificasen de inmediato con la maléfica harpía de la mitología griega, mitad mujer, mitad ave de rapiña. Tras varias horas atravesando la varcea o selva inundada, en ocasiones con el agua a la altura del pecho, adentrándonos en la selva primaria, llegamos a un enorme Ceibo tumbado. “Anidaba en este Ceibo, y lo cortaron para cazar al pollo. Luego lo intentaron vender, hasta que la española se enteró”. Se refería a Ruth Muñiz, la bióloga gallega estudiosa de las harpías, a la que en más de una ocasión había servido de guía, de lo cual se vanagloriaba. La española se hizo con el pollo y le montó un nido artificial en otro gran árbol que crecía junto al ceibo derribado.

- Desde entonces, todos los días viene a que su madre lo cebe.
- ¿Y cómo sabemos cuando vendrá?
- Ya queda poco.

Alas robustas, vuelo pausado y estampa de ser mitológico, a más de cincuenta metros por encima de nosotros, sobre la bóveda de la selva, apareció puntualmente la cría de “la rapaz más poderosa del mundo”. Y, como cada día y como bien sabía nuestro cicerone que haría, se posó en una cecropia justo encima de donde estábamos.

Durante todo el rato que la estuvimos contemplando sobrecogidos, la soberbia rapaz amazónica nos observaba con indiferencia. No es difícil imaginar la fragilidad que debíamos de aparentar allá abajo, en el suelo, tan pequeños; en un ambiente hostil; tan sumamente lejos de cualquier lugar en el que nos pudiésemos sentir, al menos, tan seguros como se sentía la poderosa vigía de las selvas vírgenes sobre su rama.

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