"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

martes, 9 de febrero de 2010

La huella de la danta.



Huellas de tapir en la jungla


En lo más espeso de la jungla de niebla, donde para dar un paso hay que dar diez golpes de machete, donde el inabarcable repertorio de flora tropical ecuatoriana se alía para impedir nuestro paso, de repente, nos topamos con una senda. Pero esta senda no es de humanos. Las inconfundibles huellas en el barro, de un palmo de anchas y con tres dedos, delatan a la Danta.
“Sacha danta”, certifica en kychwa nuestro acompañante Néstor . Tapir de montaña o Tapirus pinchaque. Un extrañísimo animal de costumbres tan esquivas y hábitat tan recóndito que, durante mucho tiempo, la ciencia dudó sobre su verdadera existencia, no pudiendo con certeza discernir dónde acababa el mito y dónde comenzaba la realidad. Los conquistadores españoles lo denominaron Alce, confundiéndolo con la bestia que describieron los naturalistas clásicos y hasta el siglo XVIII se pensaba que era fruto del imposible cruce entre una yegua y un venado. La medicina indígena atribuye propiedades curativas casi mágicas a una especie de piedras que se forman en su aparato digestivo.
De porte pesado y con el tamaño algo mayor que el de un pony, con una pequeña trompa, con crin de caballo, con orejas de ciervo, con patas de tres pezuñas,… Un inverosímil ser que parece hecho con retales de otros animales y que posee un aire primitivo, de animal antiguo. De hecho se trata de un mamífero que ya existía en el Eoceno, hace 55 millones de años. No menos insólito que su aspecto, a la vez que simple, es el método con el que escapa del jaguar, su único enemigo natural: Abandonando sus sendas y huyendo a la trocha a través de la espesura en una huida aparentemente ciega, mantiene una distancia relativamente corta con el felino, de tal forma que le golpeen las ramas de los arbustos que deja el tapir tras su paso. De lo expeditivo del método podrá dar fe cualquier sufrido excursionista que se adentre en el matorral siguiendo de cerca los pasos de su acompañante.





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