"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

miércoles, 10 de marzo de 2010

DE ÁRBOLES Y DE FÓSILES…


Conocido como árbol de los 40 escudos, árbol del cabello de Venus, árbol del Ginkgo o simplemente Ginkgo, sin más…a simple vista nos puede llamar la atención únicamente por la original forma de abanico que poseen sus hojas, pero quedarnos ahí es como nadar en la superficie. Una visión estrictamente médica apuntaría que es una fuente de numerosas propiedades terapéuticas: el extracto de esas hojas, rico en flavonoides, provoca un aumento de la circulación sanguínea central y periférica, disminuye el riesgo de coágulos y de sufrir accidentes cerebrovasculares, neutraliza los radicales libres responsables del envejecimiento, actualmente, se usa como coadyuvante en el tratamiento contra el mal de Alzheimer, la demencia senil y el Parkinson…y un largo etcétera. Aquí podríamos terminar, con un simple listado de beneficios, sino fuera porque nos dejamos lo más importante por conocer, lo que hace de él un ser vivo original y extraordinario, una de las especies relictas por antonomasia.
Es un árbol del que no se conoce plaga alguna que lo pueda debilitar, es resistente al fuego, por lo que se utiliza como cortafuegos natural, soporta bien la contaminación, las bajas temperaturas, la falta de luz e incluso la radioactividad. (Único) superviviente de la fatal bomba atómica de Hiroshima, brotando sorprendentemente un año después de la tragedia… (si ha sobrevivido desde el Pérmico al paso de los milenios, ese inhumano invento humano no lo iba a destruir)…convertido en árbol sagrado en Oriente y símbolo de portador de esperanza, de fortaleza, resistencia e inmortalidad, de puente hacia el pasado, de poder, de invariabilidad y longevidad.
Apareció en la tierra hace 270 m.a. (o por lo menos de entonces son los restos fósiles más antiguos que se han encontrado) aunque su esplendor luce más intensamente en el Jurásico donde prolifera hasta diversificarse en 11 especies, que se fueron extinguiendo paulatinamente al mismo tiempo que los dinosaurios, hace casi 5 m.a. De todas ellas, únicamente ha sobrevivido una, el Ginkgo biloba, único representante ya de un antiguo orden de gimnospermas desaparecido para siempre.
Se le consideraba completamente extinto hasta que Kaempfer lo descubrió en el siglo XVII recluido en China, siendo cultivado por monjes budistas en monasterios y jardines, y lo trajo en semillas hasta Europa y América, devolviéndonos un lujoso pedazo de un remotísimo pasado, invariable.
Probablemente sea la planta con semillas más antigua, una maravilla esculpida por la naturaleza a base de gubia y maza, el único miembro vivo de un orden vegetal que una vez dominó el mundo; el Ginkgo, es entre todas las miles de plantas que existen hoy, un silencioso eslabón entre el presente y el pasado. Mirarle a él es mirarle a los ojos a la historia.
Desde sus hojas, inspiradoras de tradicionales peinados japoneses, sus frutos comestibles, su corteza algo suberosa, hasta su porte elegante y la simbología que lo rodea, han sido musas de poetas y escritores como Nemerov y Goethe, del estilo arquitectónico Art noveau…y del arte en general, y sigue inspirando y fascinando a todos aquellos ojos y almas sensibles que cuando pasan cerca de algún ejemplar, no ven sólo un árbol, ora dorado, ora verde, sino que vislumbran a un ser vivo que posa impertérrito, con el carácter reposado que imprime el paso del tiempo, y que lleva millones de años observando el mundo desde la ventajosa atalaya que le otorga el saberse inmortal.




El poeta alemán, Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) científico, botánico y filósofo, dedicó el siguiente poema a su amante Marianne von Willemer. La hoja de Ginkgo simboliza un tema recurrente en Goethe, uno y doble.

"Las hojas de este árbol, que del Oriente
a mi jardín venido, lo adorna ahora,
un arcano sentido tienen, que al sabio
de reflexión le brindan materia obvia.

¿Será este árbol extraño algún ser vivo
que un día en dos mitades se dividiera?

¿O dos seres que tanto se comprendieron,
que fundirse en un solo ser decidieran?

La clave de este enigma tan inquietante
yo dentro de mí mismo creo haberla hallado:
¿no adivinas tú mismo, por mis canciones,
que soy sencillo y doble como este árbol?"



Copia del poema original de Goethe con hojas de Ginkgo pegadas por él mismo. 15 de septiembre de 1815. Original (copia en exhibición) en Museo Goethe, Düsseldorf (Alemania).
Por Alicia

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