"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

jueves, 1 de julio de 2010

La playa

Recién entra el verano y, por no ser menos que el resto del respetable allá que nos lanzamos rumbo a la playa. Pero esta ha de ser una playa poco concurrida o, siendo más exactos, nada concurrida. Y antes de volvernos a casa nos sumergiremos en un arrecife coralino de aguas tropicales. Ya puestos a pedir, llevaremos a cabo toda nuestra excursión sin salir de una comarca del interior de la Península Ibérica.

Playa fosilizada o "rippels"


En las inmediaciones de la localidad pacense de Los Santos de Maimona, los cortes del terreno de una carretera dejan al descubierto un secreto que permaneció oculto durante los últimos quinientos millones de años. En ese lugar, las aguas del mar de Tetis lamieron una vez suavemente el litoral del supercontinente Pangea, formando unas ondulaciones paralelas en la arena. Las huellas de aquella playa quedaron sepultadas por los sedimentos y perfectamente conservadas, petrificándose en forma de margas calizas a lo largo de las eras geológicas en las que Pangea se dividía dando lugar a nuevos continentes y océanos. Hoy, a la playa cámbrica de Los Santos le da de nuevo el sol y las ondulaciones formadas por olas de tiempos pretéritos, se mantienen increíblemente intactas, como si la bajamar las acabase de dejar al descubierto. Se trata de una impresionante instantánea de hace 500 millones de años, cuando la Tierra era un silencioso planeta poblado por poco más que medusas y esponjas.

Pero la vida siguió evolucionando y, tras varias grandes extinciones, algunas explosiones biológicas y unos 150 millones de años después, el aspecto del planeta era totalmente distinto. La tierra firme estaba cubierta por densos bosques de helechos gigantes y lepidodendron surcados por libélulas del tamaño de una gaviota y poblados por anfibios, además de por los primeros reptiles. La impresionante vegetación y la altísima concentración de algas marinas hizo posible que la cantidad de oxígeno en la atmósfera alcanzase límites desconocidos hasta entonces y que no se han vuelto a repetir. Los mares eran auténticos hervideros de vida y en algunas zonas de aguas someras, el clima tropical hace que la vida marina alcance su apogeo. Peces, braquiópodos, bivalvos, foraminíferos, lirios de mar, corales, trilobites, etc,… se dan cita en un grupo de atolones coralinos cubiertos en su parte emergida por exuberantes bosques. Pero nos encontramos en el carbonífero, una era geológica de gran actividad volcánica, y sucesivas erupciones y coladas magmáticas, unidos a varios maremotos, sepultan repetidamente aquel paraíso. La catástrofe es absoluta, pero permite que, de nuevo, un trozo del remoto pasado se congele en el tiempo y se perpetúe a lo largo de millones de años, conservando perfectamente todos sus detalles. Con el paso de los miles de milenios, las formidables fuerzas tectónicas pliegan, elevan y quiebran los estratos de aquella época y hacen que una falla haga emerger de nuevo aquellos arrecifes coralinos en todo su esplendor.
Puede parecer increíble pero ahí están aún. Entre los acebuches, coscojas y almendros del Cerro de Los Santos, en una seca comarca del interior de la Península Ibérica y a sólo unos kilómetros de la plácida playa cámbrica, los trilobites, lirios de mar, esponjas y corales nos hablan de una época remota y radicalmente distinta de la que fueron testigos.




Arriba, arrecife coralino de tipo atolón. Abajo, Sierra de Los Santos.
Dos paisajes separados por 350 millones de años.

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