"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

domingo, 11 de julio de 2010

De las cosas que aprendí en la Sierra de Alconera

Jacinto estrellado (Scilla peruviana)

El orégano, o mejor el zurriégano - como allí se le conoce-, ha de ser recogido allá por San Lorenzo, pues si se coge antes no está granado y si se coge después, o ya está mondo o, simplemente, no lo hay. Eso lo aprendí de la gente que vive en aquel valle, el de Alconera y La Lapa. También aprendí de ellos, y por mí mismo, que el zurriégano que se da en esos calerizos tiene un aroma que poco tiene que ver con el de otros sitios. Una historia cuenta que un comendador de paso por Zafra se quedó prendado cuando le dieron a probar medio tomate con aceite de oliva y un poco de zurriégano de Alconera. La tan sencilla como sublime receta pasó a la posteridad como "tomates del comendador".

Otra cosa que aprendí por aquellos predios es que existe una orquídea parásita allá en lo más humbrío e impenetrable del maquis. Una orquídea púrpura, sin clorofila ni hojas y que llaman Orquídea abortiva, pues antaño se utilizó para purgar la mancillada honra de más de una moza soltera. También existe una extraña flor azul cielo, el jacinto estrellado, que está presente en muy contados lugares, entre ellos la Sierra de Grazalema y la de Alconera, en la que un puñado de ejemplares se refugian de los siglos entre las grietas de la caliza. Se trata de un vestigio de épocas mucho más lluviosas de hace cientos de miles de años, cuando Iberia estaba cubierta por húmedas selvas de laureles, loros y madroños.

En lo más profundo de los sistemas karsticos de cavernas de aquella sierra aprendí, aunque sólo fuera por unos instantes, a ver el universo tal y como lo viesen nuestros antepasados hace trescientos mil años, cuando buscaban en esas sagradas simas una protección que les hiciese fuertes ante un ecosistema que, aunque generoso, también era adverso. Al penetrar en esas cavidades lo hacían en la matriz gaiana del planeta y posiblemente lo harían con un profundo respeto difícil de comprender para nosotros.

En la ladera de la solana, cerca de Sierra Gorda, aprendí que el agateador, cuando entra a cebar a los pollos en el nido, nunca lo hace en línea recta, sino que realiza una especie de caprichoso bucle en su recorrido, pasando de largo por el nido antes de entrar directamente. De esa forma evita la visita al nido de un eventual saqueador.

Cerca del Puerto de Santo Domingo, en la zona meridional de la sierra, puede ver las canteras de mármol gris azulado, de donde hace ya más de 2.000 años se extrayeron las columnas del teatro romano de Mérida. Y entre las milenarias cinceladas de esclavo pude ver los fósiles de cefalópodos antediluvianos que los romanos llamaban "piedras de rayo", pues pensaban que formaban con la caída de un rayo.

Un día en el que diluviaba, aprendí resguardado en el cortijo de La Hoya, que en la Sierra de Alconera, por mucho que llueva nunca salen charcos "porque esta tierra se lo chupa tó", en palabras de Manolo el guarda. Y no sólo pude contemplar cómo la tierra absorbía el agua, sino que también pude ver cómo la expulsaba. En la Fuente de la Canal ví el agua salir de las entrañas de la tierra con una fuerza brutal como nunca he vuelto a ver en ningún sitio. Aquel potente chorro de agua rompió la plácida imagen que asociaba a la palabra manantial. Al noreste de la sierra, entre las ruinas del convento de San Onofre, en el que escribió y dicen que levitó San Pedro de Alcántara, contemplé otro insólito venero, el de la piedra que crece. Bajo un centenario mirto manaba el manantial que antaño regó la huerta y el jardín de los monjes alcantarinos. Y mientras manaba, el hilo de agua, gracias a su alta concentración de carbonato cálcico, hacía crecer a la piedra caliza, el travertino, que se encontraba en la boca del manantial.

Ruinas del convento de San Onofre

Otra cosa que aprendí en los alcornocales de la umbría del camino de Burguillos es que la gineta recorre cada noche una distancia que puede llegar a ser considerable para depositar sus excrementos en el mismo sitio de siempre. En su letrina, en el límite de su reino. Y José, el encargado de la finca de la Hoya me contó que el cárabo, es un animal tranquilo que pasa desapercibido todo el año, pero que cuando está criando, es capaz de atacar a cualquiera que se acerque a su nido, incluyendo a adversarios como zorros y perros.

Un cabrero me llevó hasta el soberbio mesto de las Aguzaeras, ese mágico árbol mitad encina, mitad alcornoque, con la propiedad de hacer sanar de sus dolores de cabeza a quien lleve una crucecita hecha con sus ramas en el bolsillo.

Pero no todo el monte es zurriégano y en la Sierra de Alconera también aprendí otras cosas. Como que, además de ladrones de bancos, de gallinas o de peras, también hay ladrones de paisajes y que, a estos últimos, al contrario que al resto, no se les persigue. También aprendí que la patológica sed de poder del opulento sólo es comparable a la patológica sed de riqueza del poderoso. Que los agatadores, las ginetas, los manantiales y los mestos no son en absoluto obstáculo alguno para sus planes. Y que eso de que hay veces en que las leyes son papel mojado es algo más que una frase hecha.

Hace casi diez años, una tarde de julio, sentado en el chozo del Matacán, en los Barciales, pensaba que aquel maravilloso rincón de Exremadura todavía tenía muchas cosas que enseñarme y que era absurdo el suponer que las leyes y el sentido común pudiesen permitir que todo aquello se perdiese para siempre.
Pero el absurdo se cumplió hasta las últimas consecuencias, y hoy (11 de julio de 2010) he vuelto a estar en en chozo y lo que queda de la sierra está cubierto por un sudario de polvo marrón. Desde el valle se ve a las máquinas que rodean su cadáver como si fuesen escarabajos carroñeros. Pero están todas paradas. Aquel universo fue inmolado para parir un absurdo complejo cementero, a su vez ideado para alimentar un espejismo de la construcción que ya no existe. Produce escalofrío cómo, en menos de una década se puede cambiar tan drásticamente la historia natural de un territorio.
Hoy todo aquello es pasado.
Pero, al menos me quedan las cosas que allí aprendí.

12 comentarios:

  1. Juan Pedro Viñuelalunes, 12 julio, 2010

    Magnifico, conmovedor, sublime. Lo malo, Manolo, es que es un retrato de la realidad. Qué pena, qué cerca tenemos los motivos para luchar y qué poco hacemos…no tú por supuesto…

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  2. Manolo Garcíalunes, 12 julio, 2010

    No creo, Juan Pedro, que a tí, precisamente, se te pueda acusar de hacer poco. Estás metido hasta el cuello en la trinchera.

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  3. Joder, Manolo, qué buen texto. Encontré sólo dos comas que no me convencieron plenamente, una sí creo que está mal puesta, la otra que cuestión de estilo, aunque no me llena mucho el ojo. Llámame pijotera, que lo soy con los signos de puntuación. Me iba gustando muchísimo todo el texto, por lo enormemente informativo y bien escrito, pero cuando llegué a los insólitos veneros de piedra de verdad que pegué un respingo de satisfacción estética: me pareció que el segundo elemento de manantial, el que mana piedra, surgencia tanto de origen humano como de origen mineral, consiguiendo la suavidad del texto escrito que a su vez estas dos se revelasen como del mismo origen, en último término ambas naturales: la obra humana, al menos las ruinas antiguas; la antigravitatoria extensión por pérdida de humedad del carbonato cálcico del agua en su conversión al mármol...
    Todo el texto conjuga sentidos sobre procesos físicos y simbólicos tratándolos, a mi modo de ver, con el mismo rigor científico que no repele la belleza literaria, sino que la conjuga.
    Buenas conclusiones, finalmente. Es verdad que la memoria vital de algunos es todo lo que queda de algunas cosas o realidades. Mi hizo pensar otra vez en el final de Farenheit...
    Me sumo, pues, al primer comentario, el de Juan Pedro Viñuela.
    Salud, más belleza, más justicia y menos contaminación. Y más solidaridad de la buena. Felicidades al autor de "De las cosas que aprendí en la Sierra de la Alconera", y mis lamentaciones por la pérdida de salud física y mental de quienes la van, con sus acciones o con sus inacciones, destruyendo. Que en parte quizás seamos todos. No me gustaría caer en falsos maniqueísmos consoladores.
    ana.

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  4. Y disculpas por la extensión del comentario anterior. "Leánse el texto de uno de los autores de este blog, ya verán que bonito", hubiera sido un comentario mejor. Y muchas gracias por los relatos que contiene.

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  5. Manolo Garcíalunes, 12 julio, 2010

    Qué bonito, Ana. Muchas gracias por tus palabras y me alegro bastante que te guste. A uno de mis maestros de campo -Chano- le gusta repetir siempre que, para luchar por la preservación de un territorio, lo mejor es crear un vínculo con él. Sentirlo tuyo, o sentirte parte de él. Entre Chano y Luismi - otro de los autores del blog-, ambos grandes conocedores de ese cachito de planeta, conmigo consiguieron a la perfección crear ese vínculo. Una vez creado este, sientes apego por ese territorio y te sientes identificado con él. Entonces descubres matices, rincones, historias, momentos, luces, interpretaciones, ... que antes hubiesen pasado desapercibidos. Desgraciadamente, pese a que el apego y el vículo eran grandes, pese a dejarnos parte del pellejo en el intento, no pudimos hacer lo suficiente para preservarlo de los intereses canallas. Y una de las consecuencias dramáticas es que mis hijos o los de Luismi no podrán aprender esas cosas que yo aprendí por allí.
    Y en otro orden de cosas... ¿Me delatarás la ubicación de las dos comas malditas?
    Un abrazo y gracias por tu comentario

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  6. Extraordinario artículo. ¿Cuantas y cuantas veces se repetirá a lo largo y ancho del planeta la misma historia? ¿Cuantos lugares desaparecerán para siempre sin nisiquiera tener alguien que implore su recuerdo, como tiene la Sierra de Halconera en Manolo García? Para pensar.
    Un saludo

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  10. Pocas cosas en INTERNET como tu blog.
    Aunque las cuevas desaparecieran, todavía hoy, septiembre del año 2016, quedan en la sierra perlas que terminará tragándose la cantera: la coscoja que se levanta varios metros sobre todos los olivos de alrededor a media ladera en la umbría, el agallero rodeado de zarzaparrillas y madroñeras arbóreas que han sobrevivido a las alambradas que le estrangulaban los troncos, los mantos de Vinca difformis... Los últimos vestigios de las selvas que se extenderían por los calerizos pacenses no hace mucho, cuando los franciscanos descalzos fundaron un cenobio atraídos por "la soledad y la fragosidad de aquellos desiertos (desiertos de gente, no de árboles, claro)". Hoy mismo cogeré la bici para ver si el Quercus de La Hoya es broteroi o tiene algo de canariensis, no vaya a ser que se lo trague la cantera sin comprobarlo.

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  11. Post data: ¿Sabes si las violetas blancas de la piscina de La Canal son sembradas o autóctonas?

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