"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

viernes, 30 de julio de 2010

Malaspina: Expedición al conocimiento

Lámina de la expedición Malaspina, de José del Pozo (1790)



El 30 de julio de 1789, tal día como hoy hace exactamente 221 años, dos flamantes corbetas se encontraban listas para partir del puerto de Cádiz hacia un largo periplo. No se trataba de un viaje al uso. Pese a ser una expedición auspiciada por la armada, las naves de nombre Atrevida y Descubierta, no cargaban municiones ni armas en sus bodegas, sino los más modernos instrumentos científicos de la época, traídos desde capitales de toda Europa. Y en lugar de por soldados, la tripulación estaba formada por botánicos, cartógrafos, geólogos, dibujantes y astrónomos. Nunca valorada en su justa medida, la expedición que comenzaba aquel día de verano recorrería durante cinco años el continente americano, desde Tierra de Fuego hasta Alaska, y el Océano Pacífico, desde Acapulco hasta Manila y Nueva Zelanda, trazando mapas y cartas marítimas, descubriendo especies, estudiando razas humanas y costumbres, midiendo ríos y montañas, recolectando plantas y describiendo territorios.

Ruta de Aljandro Malaspina por América y el Pacífico.


Montevideo, Río de la Plata, Buenos Aires, Malvinas, Chiloé, Cabo de Hornos, Talcahuano, Valparaíso, Juan Fernández, Coquimbo, Callao, Lima, Guayaquil, Galápagos, Gorgona, Nicoya, San Blas, Acapulco, Mulgrave, Marianas, Filipinas, Mindanao, Manila, Nueva Zelanda y Nueva Holanda fueron algunas de las escalas en la fascinante singladura de las dos corbetas convertidas en centros científicos flotantes. Pese a que uno de sus objetivos oficiales era “fijar los límites del imperio”, la misión real de la expedición capitaneada por Alejandro Malaspina, navegante de origen italiano perteneciente a la armada española, era investigar de forma enciclopédica la naturaleza de los dominios imperiales. Esto encajaba mejor en el espíritu de la ilustración, según el cual la búsqueda del conocimiento científico era de por sí una meta mucho más ambiciosa y provechosa que los fines políticos, y económicos.


Se da la curiosa circunstancia que la expedición Malaspina partió un año antes que nuestro naturalista de cabecera Humboldt partiese a su primer viaje científico y un año después del último viaje del navegante y explorador James Cook. Sin duda los valores de la ilustración se encontraban en su apogeo y el conocimiento era el catalizador de toda transformación social y política. Hombres con una inmensa sed de conocimientos y a cuya mirada curiosa nada escapaba, se repartieron por el planeta para comprender y describir los mecanismos de cuanto nos rodea.

El 18 de septiembre de 1794, las dos goletas regresaban al puerto de Cádiz desde Montevideo, cargadas con una tripulación extenuada y una cantidad ingente de información que supuso un auténtico hito para la ciencia europea y española. Sin embargo, mientras los científicos se habían dedicado a explorar el nuevo continente y el inmenso Océano Pacífico, en el solar patrio no pocas cosas habían cambiado y la política de Godoy poco tenía que ver con la que impulsó el viaje de Malaspina hacía un lustro. El científico explorador fue encarcelado acusado de conjura y su legado ignorado hasta hace poco. Mientras en Alemania ensalzaban la obra de Humboldt y en Inglaterra encumbraban la de James Cook, en España Malaspina y su herencia eran condenados al más injusto de los ostracismos.
El explorador inglés Apsley Cherry-Garrard realizó una durísima expedición para localizar las colonias de cría del pingüino emperador en la Antártida. En su libro El peor viaje del mundo decía que “La exploración es la expresión física de la pasión intelectual”. Sin duda esa frase refleja perfectamente el espíritu de los naturalistas y exploradores ilustrados que, abandonando sus cómodas existencias en Europa, partían hacia océanos enfurecidos y selvas remotas sólo impulsados por el anhelo insaciable de saber.
Cuando uno de estos científicos desentrañasen hechizados saberes nuevos en mundos nuevos, cuando confirmasen con su sextante que se encontraban en el Cabo de Hornos, el punto más septentrional de las Américas; cuando recolectasen decenas de muestras de plantas nuevas para la ciencia en una sola incursión por la selva amazónica; o cuando en los llanos venezolanos plasmasen con sus acuarelas la imagen de un roedor del tamaño de una oveja, comprenderían la trascendencia de su labor mejor que sus mecenas de las cortes de imperios decadentes en la vieja Europa. Un viejo continente más ávido de tesoros, territorios y especias que de conocimientos. Con el paso de los años y de los siglos, los imperios fueron perdiendo sus territorios de ultramar, las especias se esfumaron, el oro y la plata fueron dispendiados para sufragar guerras y la caoba y el ébano fueron pasto de las carcomas y termitas. Pero los tesoros que estos aventureros trajeron en sus cuadernos de campo perdurarán a lo largo del tiempo en los anales de la ciencia.



Orden de arresto de Alejandro Malaspina, así como de registro y embargo de sus papeles










1 comentario:

  1. Juan Pedro Viñueladomingo, 01 agosto, 2010

    ¡Qué episodio más triste! Es la barbarie del pode contra el conocimiento. La ilustración nunca llegó a España y podemos decir que, quizás, aún no haya llegado… nada más hay que ver los medios de comunicación y los modelos a imitar por la ciudadanía. Nadie tiene conocimiento de historias como ésta que cuentas, ni valora el conocimiento ni la valentía…

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