"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

jueves, 12 de agosto de 2010

La bien escondida Poza de la Acebuchosa


Las referencias en el pueblo eran constantes y aquel lugar se había convertido para nosotros en algo así a lo que debieron de ser las fuentes del Nilo para James Bruce. Según los viejos, hasta aquel sitio a varios kilómetros del pueblo acudían los mozos y mozas en verano para bañarse. Se trataba de una poza en el Arroyo de las Perdices, para nosotros desconocida, que se ocultaba entre las formaciones graníticas de la zona pasando totalmente desapercibida para quien no conociese el territorio. Y es que aquel secarral de lentiscos y acebuches no parecía la ubicación más idónea para un lugar tan sugerente que hiciese a los jóvenes de hace décadas atravesar fincas, caminos y trochas para darse un chapuzón. Sin embargo, campo a través por aquellos parajes, el sonido inconfundible de un salto de agua audible a una gran distancia, nos llevó hasta el lugar exacto.
Allí estaba el rincón secreto de los baños estivales de tantas generaciones. Ahí estaba, protegida entre moles de granito, adelfas y fresnos, alimentada con una cascada de agua cristalina, la poza antaño concurrida cuya ruta de acceso sólo se mantenía en la endeble memoria de un puñado de ancianos que hacía tres cuartos de siglo que se dieron el último baño allí. No es difícil imaginar las tardes de verano en aquella poza, en la que se vivirían amores, desamores, peleas, encuentros,... Aquellos muchachos y muchachas sin duda tenían en la poza un trocito del paraíso en el que zambullirse y hacer un hueco en lo que no debieron ser nada cómodas infancias y juventudes. Uno vendría de cavar el huerto, otro de aventar en la era, aquella de hacer la casa y aquel de guardar las vacas... Pero olvidarían sus cansancios y a cada atardecida romperían el silencio de aquellos campos con sus gritos y chillos. Cuando estos jóvenes, hoy octogenarios, vean pasar a la chavalería camino de la piscina municipal, posiblemente piensen que cuando aquello, cuando la Poza de la Acebuchosa, ni había piscina ni falta que les hacía.
Habitualmente, recorriendo paisajes y territorios naturales, se acaba asociando casi indefectiblemente la presencia humana a un retroceso de lo vivo y de lo natural. La magia salvaje de un enclave suele ser inversamente proporcional a la influencia que sobre este ha ejercido la mano del hombre. Pero muy de cuando en cuando, se encuentra uno con rincones en los que se intuye que, con la marcha de las personas que disfrutaron en aquel lugar, también se perdió parte de su magia.

2 comentarios:

  1. Francisco J. Blancojueves, 12 agosto, 2010

    Nombras el nombre del río y de la poza. Pero no situas el lugar, la población y creo que es un dato importante.¿No?

    ResponderEliminar
  2. Es cierto Francisco, no he publicado la localización. ¡Qué cabeza la mía!
    Un saludo

    ResponderEliminar