"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

lunes, 9 de agosto de 2010

Tierra quemada


Desde finales de la última glaciación, hace unos 12.000 años, en todo el entorno mediterráneo el fuego ha sido un elemento natural transformador del paisaje al que se han ido adaptando las especies. Los incendios causados por tormentas u otras causas naturales han sido agentes que, no sólo eran tolerados por los ecosistemas mediterráneos, sino que formaban parte de él, igual que los monzones forman parte de los ecosistemas tropicales o las sequías de lustros de las sabanas africanas. Las superficies quemadas por incendios que, aunque cíclicos, debían de ser escasos, no tardaban en regenerarse influenciadas por los inmensos territorios forestales que los rodeaban. Así, el sur de Europa en lugar de estar conformado por un monótono bosque de quercíneas, estaría salpicado por áreas en distintos grados de regeneración, en los que se darían cita múltiples estadios de vegetación que aportarían una gran diversidad biológica a los ecosistemas. Este equilibrado escenario, en el que la destrucción causada por el fuego era insignificante en comparación con la capacidad de recuperación de una naturaleza salvaje y sin trabas, cambió radicalmente hace unos 4.000 años. Las aún incipientes agricultura y ganadería eran de carácter itinerante y, como aún hoy sucede en la amazonía y en las selvas del África central, necesitaba cada pocos años de nuevas extensiones que eran robadas al bosque mediante el fuego.
La primera referencia histórica de un incendio en nuestro suelo nos la ofrece Diódoros, cuando explica el origen del nombre de los Pirineos. Según él, derivaría de Pyros – fuego- debido a los colosales incendios que causaron los primeros colonizadores en esta cordillera. Al parecer, pretendían que el fuego fundiese las menas argentíferas que escondían estos montes y que la plata manase líquida al exterior. Al margen de tan fantasioso objetivo, Diódoros cuenta que el incendio duró años, arrasando la práctica totalidad de los bosques pirenaicos desde el Mediterráneo hasta el Cantábrico.
Los episodios bélicos también jugaron un importante papel histórico a la hora de convertir en cenizas los bosques ibéricos. Durante la romanización, los colonizadores consideraron la foresta un intrincado escondite más apropiado para la guerrilla indígena que para las tácticas bélicas de la legión. Una vez romanizada la península, la riqueza forestal no gozó de mayor aprecio por parte de unos colonizadores más interesados en obtener rendimientos agrícolas, ganaderos y mineros que silvícolas, produciéndose la que quizá fuese la mayor deforestación sufrida nunca en el entorno ibérico.



Ya en el s. VIII, en plena reconquista, Alfonso I lleva a cabo un plan para Yermar los campos góticos hasta el Duero y extender el reyno de los cristianos. El objetivo era crear una franja estéril que impidieses a los árabes volver a lo reconquistado y para ello se incendiaron la práctica totalidad de los montes de la cuenca del Duero. Sin duda se trataría de una oleada de incendios provocados con pocos precedentes.
Con el paso de los siglos, los procesos de degradación fueron acelerándose con progresión aritmética, mientras que a los de regeneración les surgieron cada vez más trabas.
Un hito que aparece en los anales como causante de gran parte de los incendios que deforestaron gran parte de la península en el s. XIX fue la aparición del ferrocarril. Locomotoras que expulsaban partículas incandescentes y que provocaban chispas con sus ruedas, incendiaban sistemáticamente los bosques y montes cada vez más frecuentemente atravesados por vías de ferrocarril. Por si fuera poco, la práctica totalidad de los planes forestales, pasaba por reforestar con especies foráneas de crecimiento rápido (Eucaliptos, pino insigne,…), rentabilidad a corto plazo y gran inflamabilidad. Esto no hizo sino agravar exponencialmente la condición de superficies potencialmente incendiables de nuestros bosques.

Hasta llegar al panorama actual, en el que la riqueza forestal ibérica está representada por escasas y pequeñas islas de bosque inconexas y diseminadas, con una tremendamente menguada cuando no nula, capacidad de regeneración, y diezmadas verano tras verano por tal cantidad de incendios que la propia existencia de zonas forestales más o menos extensas en la Península Ibérica en unas décadas es más que dudosa. Sin embargo los grandes incendios son cada vez menos frecuentes, sencillamente porque no van quedando grandes extensiones de bosque que puedan arder. Como estremecedor ejemplo, el de la gigantesca ola de incendios que azotó hace seis años el territorio portugués y en el que se calcinó el 23% de sus bosques. Desde entonces, los grandes incendios en Portugal han disminuido un 25%.
Las soluciones son tan conocidas como poco llevadas a la práctica, como repoblación con autóctonas, impedir que se especule con la madera y los territorios quemados, etc.,...
Pero independientemente de la dificultad o facilidad para llevar a cabo estas medidas, el problema esencial que hace que nuestros bosques ardan verano tras verano, cada vez con más virulencia, es el hecho de que estos no se consideren como algo prioritario que haya que conservar a toda costa. Probablemente cuando la sociedad y las administraciones comiencen a entender la verdadera importancia del bosque, el problema de los incendios se haya resuelto por sí solo, pues no quede ya nada por arder.

2 comentarios:

  1. Es increíble la historia de los incendios en la península ibérica. No es de extrañar que cada vez estemos más cerca del Sahara y del desierto. El fuego es una pesadilla que aunque no es nueva, ha adquirido gravedad gracias a nosotros. Me gusta esta entrada Manolo.

    ResponderEliminar
  2. Juan Pedro Viñuelamiércoles, 11 agosto, 2010

    ¿Tendrá cura este animal enfermo de la biosfera que somos los hombres?

    ResponderEliminar