"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

jueves, 9 de septiembre de 2010

Un petirrojo en el infierno




La de un pequeño pájaro herido adoptado por una persona y cuidado hasta que este se recupera y es liberado, es una historia que, aunque hermosa, en principio tiene poco de extraordinaria. Pero la que de forma difusa llegó a mis manos y he tratado de recomponer, no tiene nada de vulgar aunque sí mucho de épica y bastante de extraordinaria. Se trata de un relato real que rezuma belleza y que convierte, una vez más, en sorprendentes a los mecanismos que modulan la condición humana.

Alguien encuentra un pájaro herido, un petirrojo en este caso, y decide adoptarlo e intentar curarlo. Lo especial de esta historia es que ese alguien es un soldado perteneciente al 6º Ejército alemán que combate en la segunda guerra mundial. Corre el mes de junio de 1942 y el 6º Ejército, tras cruzar las fronteras de la Unión Soviética atraviesa la estepa rusa en dirección a Stalingrado donde espera el grueso del Ejército Rojo para evitar su toma. A primeros de septiembre llegan las tropas alemanas la ciudad del Volga y con los primeros combates comienza un episodio de la historia que acabaría convertido en una auténtica masacre. Durante seis meses se libra la que está considerada como la batalla más sangrienta de la historia de la humanidad, en la que perecieron más de cuatro millones de personas. Los soldados de ambos bandos eran enviados al frente a una muerte segura, pues los generales alemanes y soviéticos eran conscientes de que la victoria de cualquiera de las partes sólo era posible a base de ingentes cantidades de muertos. Los combatientes se dirigían hacia las tropas enemigas incluso sin armas, para tomar las de sus compañeros muertos que avanzaban antes que ellos y en las retaguardias líneas de soldados de sus propios ejércitos disparaban a todo aquel que osase retroceder. Y el petirrojo pasaba de mano en mano cada vez que su eventual protector era enviado a una muerte segura hacia las filas enemigas. Se fue recuperando gracias a los esmerados cuidados de sus sucesivos padres adoptivos, pero el invierno se había acercado demasiado y sus congéneres ya habían emigrado hacia latitudes más meridionales, por lo que no podía ser liberado.
A mediados de noviembre las tropas alemanas quedaron cercadas por las soviéticas en Stalingrado. El ejército asediado sufría no sólo las elevadas bajas del cruento combate, sino unas condiciones infrahumanas en las que enfermedades como la disentería o el tifus se sumaban a la falta de víveres y agua potable así como a un excepcionalmente crudo invierno en el que se alcanzaban temperaturas de -25 Cº. Pero incluso en esas circunstancias, en medio de todo el horror de la peor batalla en la peor de las guerras, el pequeño pájaro siempre tuvo a alguien que asumiese la responsabilidad de darle comida, agua, calor y protección.



Las condiciones de las tropas alemanas asediadas en Stalingrado no propiciaban a simple vista el que aquellas personas se preocupasen de algo que no fuese su supervivencia.

En la mañana del 2 de febrero de 1943, tras 154 días que fueron un auténtico infierno de sangre y destrucción, los últimos soldados alemanes se rinden en los escombros de la fábrica de tractores Octubre Rojo. Del millón doscientos mil soldados que componían el 6º Ejército alemán, en aquel momento sólo sobrevivían 93.000. Y entre esos famélicos, agotados, desmoralizados, ateridos y enfermos hombres, uno de ellos portaba, seguramente en un confortable bolsillo de su casaca, al afortunado petirrojo.
Pero a pesar de haber finalizado el infierno de Stalingrado, la pesadilla no había llegado a su fin para aquellos soldados. Fueron conducidos a pie al campo de concentración de Gumrak situado a 25 kilómetros al oeste de la ciudad y durante la travesía murieron nada menos que las dos terceras partes de los prisioneros.
Y de los 30.000 soldados que formaban lo que quedaba del 6º ejército, otros 25.000 encontrarían la muerte en aquel campo de concentración. Pero siempre hubo alguien encargado de la protección del pájaro que fue finalmente liberado sano y salvo al llegar la primavera. Una criatura frágil y delicada sobrevivió tras pasar por el propio corazón del más brutal de los escenarios. Posiblemente voló libre para encontrar pareja y establecer su nido en algún matorral de la gran cuenca del Volga.

Si esta impresionante historia fuese una fábula, podría prestarse a moralejas sobre la esperanza en momentos en los que absolutamente nada invita a ella. Precisamente a esa esperanza encarnada en el pájaro podrían haberse aferrado sus respectivos protectores. También puede prestarse a reflexiones sobre lo complejo y paradójico de nuestras reacciones aún – o sobre todo- en momentos extremos. Existen datos sobre historias parecidas con gatos, perros, canasteras, milanos negros, alcaravanes e incluso oseznos. Personas sumidas en lo más parecido al horror absoluto, que positivamente saben que morirán en breve, a los que es evidente que para sus superiores forman una masa humana totalmente sacrificable, que no tienen qué comer y qué beber, se organizan de forma tácita y espontánea para hacer algo que casi con toda seguridad no harían en sus vidas normales anteriores: Proteger a un indefenso animal.

(Esta historia, de la que me llegaron sólo unos retazos, ha sido desentrañada y dotada de estructura histórica gracias al amigo Luis Salguero, gran conocedor de la historia de Stalingrado y de la ornitología.)

12 comentarios:

  1. Vaya historia increíble. Para hacer una película. A veces en medio del horror hay algo que brilla con luz propia.

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  2. De este artículo se pueden sacar dos conclusiones contradictorias. Por un lado, cómo personas que no tenían garantizada su supervivencia inmediata podían preocuparse de la del petirrojo. Por otro, cómo personas lo suficientemente sensibles como para salvar a un ser tan frágil eran capaces de participar en horrores como los de aquella guerra.

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  3. Los humanos a veces nos comportamos de forma contradictoria. Los mismos que alimentaban primorosamente al peqieño petirrojo y lo colmaban de cuidados, no dudaban en disparar a sus semejantes y en participar en aquella carnicería. Muy bonita la historia, muy extraña y muy dada - como bien dices, Manolo- a todo tipo de moralejas. Que cada uno saque la suya.
    Un saludo
    Pedro García

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  4. Juan Pedro Viñuelaviernes, 10 septiembre, 2010

    La condición humana. Somos capaces del máximo mal y el máximo bien. Razones suficientes para el optimismo y el pesimismo.

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  5. A Anónimo y Pedro García, no creo que debamos de culpar a aquellas personas del horror y la brutalidad que se vivieron en aquellos momentos. En cierto modo no me parece justo achacarles un comportamiento inhumano diciendo que fueron capaces de lo mejor (cuidar al petirrojo) y de lo peor (participar en aquella carnicería y disparar contra sus semejantes). Aquellos soldados no tuvieron opción y se vieron empujados al infierno del que fueron las principales víctimas. Los artífices de aquel infierno eran los generales y altos mandos que curiosamente no sufrieron represalias tras la batalla. Ante el horror no tuvieron opción, aunque sí la tuvieron ante la disyutiva de cuidar al petirrojo o no. Y optaron por cuidarlo.

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  6. ¿No me digas Manolo, que ahora de repente y a la vejez vas a recuperar la fe en el género humano?

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  7. Vaya exageración, Anónimo. Una golondrina (o un petirrojo en este caso) no hace primavera.

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  8. Francisco J. Blancodomingo, 12 septiembre, 2010

    Me parece impresionante la historia y tal como apuntas, existen casos parecidos en esa batalla y en situaciones parecidas de otras guerras. Tengo documentada una historia similar -salvando las distancias- en la batalla del Ebro de la guerra civil, en la que unos soldados adoptaron a un pequeño zorro herido que fue curado, cuidado y liberado en medio de la contienda.
    Sólo una puntualización al artículo. Revisa, Manolo, si los prisioneros alemanes fueron conducidos hasta Gumrak como pones o a Tashkent. Además creo que "campo de internamiento" se ajusta más fielmente que "campo de concentración" a lo que aquello era. Aunque finalmente se produjese un masivo exterminio de los prisioneros - debido sobre todo a las condiciones infrahumanas-, ambos términos están perfectamente definidos por los historiadores y en la URSS post Stalingrado no hubo campos de concentración como tales.
    Con tu permiso compartiré esta hermosa historia en algún foro.

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  9. Muchas gracias Francisco por tus interesantes aportaciones y correcciones. Y tan ecantado como agradecido de que compartas la historia.
    Un saludo.

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  10. Estimado Francisco,
    Hemos contrastado la información a la que haces referencia y parece ser que hay datos que indican que la mayoría de supervivientes del 6º Ejército alemán tras la batalla de Stalingrado fueron trasladados a Gumrak. Así aparece por ejemplo en los escritos del general soviético Vasili Chuikov. Según otras fuentes, algunos prisioneros alemanes antes de la rendición sí que fueron llevados a Tashkent. Y respecto si se trataba de campos de concentración o de internamiento, parece que se limita a una cuestión semántica, pero que a grandes rasgos y en lo que a la historia afecta, tuvieron idéntica finalidad. Aunque bien es cierto que hay que hablar (escribir) con propiedad y ser en lo que se dice todo lo riguroso que se pueda. Muchas gracias de nuevo por tus aportaciones y por invitarme con ellas a seguir tirando del hilo.
    Un saludo

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  11. Una historia en la ciudad del túmulo de Mamay (1)
    Historia curiosa esta del petirrojo de Stalingrado. Debió de tratarse de un ejemplar capturado posiblemente en su desplazamiento migratorio hacia el sur, tal vez sorprendido por las altas temperaturas imperantes en el área durante agosto y septiembre, provocando su agotamiento o herido, quien sabe.
    A lo largo de su recorrido buscando el sur, es posible que siguiera los cordones de vegetación que flanquean las orillas del gran río Volga en su parte alta, huyendo de las secas e inhóspitas estepas.
    Cuando llegó a Stalingrado se beneficiaría de las abundantes huertas presentes en las colonias obreras de Rynok al norte, o en Kuporosnoye hacia el sur. Los abundantes parques y avenidas con zonas ajardinadas próximas al centro de la ciudad debieron de ser lugares también visitados por nuestro pequeño pájaro.
    De migraciones anteriores conocería las bondades de la isla que formaba el Volga cerca del embarcadero oriental de Krasnaia Sloboda para pasar las cálidas noches estivales de Stalingrado, batidas durante el día por los recalentados vientos procedentes de la estepa Kalmuca.
    Después no sabemos que ocurrió – agotamiento, herido,...- Interrogantes de difícil aclaración pero en absoluto extraño en su comportamiento. En la abundante literatura que existe sobre la Segunda Guerra Mundial no faltan relatos de soldados que adoptaron mascotas de diversa naturaleza. Tampoco es extraño encontrar ornitólogos entre la masa de hombres que fueron movilizados y que el VI Ejército contara con algunos no debió de ser algo excepcional. Tal vez uno de estos soldados ornitólogos, rizando el rizo de las casualidades, fue quien encontró a nuestro pequeño y valiente viajero. De haber sido así, nuestro hombre en un intento de humanizarse en un lugar y circunstancia que lo deshumanizaba. Cuando lo tuvo que cruzar el río Don y adentrarse en la infinita estepa de sur, sus ojos acostumbrados a mirar de cerca y a la verde y exuberante Alemania se encontraban deseosos de adentrarse en la estepa de los Calmucos, que es el nombre con el que aparecía en los mapas. Era un lugar abrasador, con el suelo duro como el granito y tapizado de un pasto grueso. Allí observaría a las canasteras alinegras durante el breve tiempo que le permitiera la marcha. En los grandes barrancos producidos por las torrenciales lluvias encontraría abejarucos comunes y papirrojos. Las “balkas”, que es como se conocían estos barrancos, eran de tal proporción que algunos carros de combate cayeron en su interior obligando a sus conductores a conducir con unos ojos muy atentos. Durante la noche intentaba alejarse de las divagantes luces que proporcionaban las lámparas Hidenburg y contemplar la magnitud del cielo que se extendía ante él. Pensaría en los pueblos Calmucos y Sármatas, estos últimos con sus mujeres guerreras que cruzaron en la antigüedad aquellas llanuras rumbo a Europa, un viaje a la inversa al que él hacía. Y al igual que ella, formaba parte de un ejército que buscaba la expansión.
    La euforia por adentrarse en aquella basta extensión pronto dio paso a una desangelada sensación interior compartida por otros compañeros y provocada por la amplitud y dimensiones de aquellos parajes desprovistos de árboles o construcciones y carentes de cualquier cosa que constituyese un referente. En cambio solo existía el horizonte bajo un cielo azul e infinito donde nada parecía tener fin.
    Tras varios días de marcha cubierto de una gruesa capa de polvo y bajo un sol implacable, grandes columnas de humo negro que se elevaban hacia el este. Densas formaciones de aviones que de vuelta saludaban con maniobras aéreas a las interminables columnas de infantería que marchaban a pie a , aportaban un destino en el monótono paisaje. Era domingo 23 de agosto de 1942 y la IV flota aérea del general Richthofen comenzaba los primeros de sucesivos bombardeos sobre Stalingrado: La batalla había comenzado.
    (Sigue)

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  12. Una historia en la ciudad del túmulo de Mamay (2)

    La batalla que sigue posteriormente ya es conocida y existe abundante documentación sobre su desarrollo. Ambos bandos se enzarzaron en sangrientos combates desarrollados entre las zonas de la ciudad que pronto perdió el esplendor que la llevó a ser conocida como la Acrópolis del Caspio. Sus blancos edificios pasaban de bando varias veces en un mismo día, obligando a los soldados a extenuantes combates cuerpo a cuerpo.
    Combates por la posesión del silo, las encarnizadas luchas en las laderas del Mamayen Kurgan por su dominio, los combates por controlar el muelle de Kramslardadores detrás de la estación ferroviaria número 1, el avance hacia el centro urbano a través de la calle Mogol y los esfuerzos por controlar los distritos fabriles ya en el mes de octubre.
    Todo un esfuerzo en vano. Los alemanes jamás consiguieron llegar a la ansiada orilla del Volga, sólo un pequeño destacamento lo logró y en seguida los rusos se percataron y fueron desalojados.
    La historia del IV Ejército es la historia del cazador cazado tras el vano intento de conquistar la ciudad y debilitado en toda su dimensión fue cercado en un doble anillo hasta conseguir su aniquilación total. Sometidos a toda clase de privaciones y bajo temperaturas de -25Cº y en ocasiones cercanas a -40Cº el estado de la mayoría de los soldados que consiguieron sobrevivir a la batalla era dantesco, envueltos en miserables prendas de vestir, enfermos de tifus, víctimas de una sed aterradora, repletos de piojos infectados, con síntomas de congelación en algunos de sus miembros amenazaban con engangrenarse, afectados de disentería y bajo la indiferencia brutal de los soldados y autoridades rusas. Cualquier manifestación de humanidad en aquellos momentos era inmediatamente borrada.
    91.000 prisioneros después de la lucha fueron conducidos a los primeros campos de concentración, 1.200 de ellos se dirigieron al norte mientras que el resto los trasladaban, primero al destruido aeropuerto de Gunrak para ubicarlos después en el poblado de Beketoura, al sur del área, empleando para ello cinco días de marcha bajo unas terribles condiciones atmosféricas. En Beketoura permanecerán hasta la llegada de la primavera, cuando de nuevo fueron trasladados en una diáspora que los llevó a dispersarse por campos repartidos por toda la Unión Soviética. Algunos volvieron a Stalingrado para trabajar en la reconstrucción de la ciudad, 20.000 fueron enviados al campo de concentración de Bekabad, 2.500 a Volsk, 5.000 a Astrakan, 2.000 a Usman y el resto a Basianoski, Oranki y Karaganda, que se conviertieron en los últimos destinos del VI Ejército.
    Sólo la voluntad de vivir mostrada por todos los que sobrevivieron, civiles y militares de todas las naciones que se vieron envueltas en la Segunda Guerra Mundial, aporta esperanza y deseo para convertir en realidad una historia como la del petirrojo en el infierno de Stalingrado.

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