"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

martes, 26 de octubre de 2010

El negocio de la Higuera y la Curruca



Uno de los dos miembros de la sociedad mide sólo 13 cms., recorre dos veces al año los 3.000 kilómetros que separan su fría Escandinavia natal de los campos ibéricos y por estas fechas se convierte en residente habitual de huertas, jardines, campos adehesados y zonas de matorral. Se trata de la Curruca capirotada (Sylvia atricapilla)
El segundo miembro puede alcanzar edades de varios siglos, vive con el hombre desde hace milenios y su querencia a la zona mediterránea lo ha convertido en uno de los prototipos vegetales de mediterraneidad. Es la Higuera o Ficus carica.
Ambos, pertenecientes a mundos tan distintos como los fríos campos de Noruega, Suecia y Finlandia, donde se intercalan prados rodeados por setos naturales con grandes bosques de coníferas y las soleadas campiñas del sur de la Península Ibérica, donde los olivares, viñas y huertas junto con los encinares aclarados, conforman un paisaje delimitado por paredes de piedra y caminos.
Pero una vez al año, en otoño, ambos se encuentran y renuevan un vínculo ancestral entre pájaro y árbol. La pequeña curruca, con un peso de sólo 15 grs., cuando llega al sur de Europa ha recorrido miles de kilómetros casi sin descanso y ha agotado prácticamente sus reservas energéticas. Y en el meridión ibérico le espera un extraordinario regalo. Se trata de la última camada de higos repletos de glucosa y fructosa – pura energía- que hacen que la curruca reponga fuerzas rápidamente. Esta, pese a tener una dieta eminentemente insectívora, hace una excepción con los frutos de la higuera. Aunque el regalo no es desinteresado, luego no es un regalo propiamente dicho, sino parte de un negocio. La generosa higuera, al ofrecer sus dulces frutos al pequeño viajero, también le da mezclados con la pulpa de los higos cientos de pequeñas semillas. Semillas que, por cierto, sólo pueden germinar tras su paso por los ácidos intestinales de un ave. Así, cuando complete la digestión de su feliz atracón de higos, la curruca - que estará con toda probabilidad bastante lejos de su árbol benefactor- , habrá contribuido sin proponérselo a dispersar todo lo posible la próxima generación de higueras. Higueras que, a su vez, serán el refugio energético de muchas generaciones de currucas allá en un lejano futuro.

Una relación simbiótica entre dos especies absolutamente distintas y de mundos distintos. Un negocio perfecto y sin contratos que viene llevándose a cabo cada otoño sin que se sepa que ninguna de las partes lo haya incumplido nunca.

2 comentarios:

  1. ¿Curruca cabecinegra, Sylvia melanocephala?.
    ¿O Curruca Capirotada, Sylvia atricapilla?

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  2. Pues si, Raquel... Me temo que he vuelto a cometer una pifia y se trata de la capirotada, ahora mismo lo corrijo. La foto está bien y la especie a la que se refiere la entrada es a la capirotada, solo que me he liado con los nombres... Mil gracias por la corrección y mil disculpas. Menos mal que siempre hay gente cualificada a la que no se le escapa una.
    Un abrazo!

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