"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

domingo, 28 de noviembre de 2010

EL BOSQUE ANCESTRAL




En las mentes de quienes hemos nacido en la región Holártica -es decir, la franja que ocupa Europa, Norteamérica, Japón y Gran parte de Asia- existe un arquetipo de bosque primitivo que aún subyace en lo más hondo de nuestra memoria colectiva. Se trata de un bosque que jamás conoció el hacha, dominado por árboles de hoja caduca que alcanzan más de treinta metros, intercalándose los robles, tilos y fresnos milenarios con multitud de arbustos cargados de bayas. El umbroso suelo está tapizado por helechos y setas, y la hojarasca se incorpora lentamente a una capa de mantillo formada durante milenios y milenios de la que emana la fértil fragancia de la tierra. Sobre este suelo yacen árboles gigantes abatidos por muerte natural y que son devorados lentamente por los microbios para finalmente desaparecer, no sin antes devolver a la tierra una auténtica lluvia de nutrientes. Un brumoso bosque virgen atravesado por arroyos cristalinos, cuyo silencio sólo se ve rasgado por los saltos de agua, por el canto de los arrendajos, por el martilleo del pico picapinos y por el aullar de los lobos. Las cortezas de los árboles están cubiertas por siglos de musgo y en los huecos de los árboles más viejos vibran las colmenas repletas de miel aguardando sin saberlo la próxima visita del oso. Martas, zorros, azores, tejones, cárabos y linces intentan continuamente ejercer su superioridad trófica sobre lirones, ardillas, corzos, herrerillos y urogallos. Es un bosque primario que no es atravesado por ningún camino ni sendero y cuya pureza no se ha visto ajada por manos humanas. Cuyos ciclos naturales nunca fueron interrumpidos. Es el bosque cargado de mitos y de leyendas y el que evocamos cuando escuchamos los cuentos de hadas europeos. Es un bosque que no existe. O quizás sí.



Un bosque como este se extendía hace unos 12.000 años, tras la última glaciación, desde el cabo de San Vicente hasta las asiáticas orillas del índico y desde la costa pacífica del subcontinente norteamericano hasta la del Atlantico. En esa descomunal formación forestal vivieron durante milenios nuestros antepasados. No era homogénea pues, tanto en el centro del continente Euroasiático como en el Norteamericano, siempre hubo extensas estepas y, si en las tierras más septentrionales predominaban las coníferas, en las más meridionales lo hacían las quercíneas perennes. Pero se trataba del bosque ancestral, el que fue desapareciendo poco a poco, primero en las zonas pobladas desde más antiguo, como las orillas del Mediterráneo. La cada vez más intensa actividad humana, la incesable labor deforestadora de una población que aumentaba de forma aritmética, relegó paulatinamente los retazos que quedaban de este bosque a las zonas menos fértiles y más abruptas. Pero el proceso humanizador no paró ahí y hasta el último rincón de las zonas templadas del hemisferio norte se vieron profundamente alteradas con el paso de los siglos, no restando nada del antiguo bosque. Hasta en las zonas en apariencia más agrestes hace acto de forma más o menos intensa la mano del hombre. Incluso los que consideramos enclaves salvajes, se encuentran tremendamente modificados, siendo sólo lejanas emulaciones del pasado forestal holártico.
Pero en un rincón perdido de Europa, entre Polonia y Bielorrusia, existe lo que puede considerarse como el postrero fragmento del gran bosque. Milagrosamente el tiempo ha preservado esta reliquia, este último añico de la selva templada. Se llama Puszcza Bialowieza, término polaco que significa “Bosque primitivo”.


Bosque primario de Puszcza Bialowieza

Unas 200.000 hectáreas que providencialmente fueron declaradas coto real en el siglo XIV- cuando ya eran escasísimos los fragmentos de bosque intacto- y que se han preservado a lo largo de los siglos gracias a una serie de afortunados acontecimientos. Cuando Polonia y Lituania fueron asimiladas por Rusia, Bialowieza fue declarada coto de los zares; durante la primera guerra mundial fue declarada parque nacional; tras la invasión nazi, un general alemán con inquietudes naturalistas la declaró territorio vedado a cualquier uso y tras la 2ª Guerra Mundial, Stalin aceptó que Polonia conservara parte del bosque. En épocas más cercanas, un entonces joven estudiante de silvicultura de Cracovia – Andrzej Bobiec- , se convirtió en el defensor de Bialowieza. El bosque estaba amenazado por tecnócratas y silvicultores que sólo veían en él una gran fuente de madera que había que rentabilizar y “poner en valor” (maldito palabro) pero, gracias a sus esfuerzos, hoy es considerado un santuario único en el planeta. Hizo valer la importancia del enclave gracias a indicadores ecológicos como el de los pájaros carpinteros: En ningún otro lugar del hemisferio norte, hizo saber Bobiec, convivían 9 especies de pájaros carpinteros, lo cual hablaba de la salud y madurez insólitos de aquel ecosistema. Pero el emblema del santuario de Bialowieza no serían los picos picapinos. Su símbolo vivo es otra reliquia, un imponente ungulado que recorrió todos los bosques de la Europa neolítica y cuya estampa nuestros antepasados plasmaron magistralmente con hollín y hematites en las paredes de sus cuevas: El bisonte europeo (Bison bonasus), el mamífero salvaje terrestre más grande de Europa. Sólo 600 ejemplares sobreviven en estado salvaje en el planeta y todos en Bialowieza. El más magnífico emblema de la fauna más atávica sólo podía sobrevivir en lo más intacto que queda del bosque antiguo. Aunque lo hace dividido en dos poblaciones por una línea infranqueable que parte en dos al bosque primigenio. Este sólo es atravesado por una obra humana: una valla metálica, vestigio de la guerra fría. Se trata de la frontera entre la antigua URSS y Polonia, que nadie ha desmantelado aún y que permanece como una cicatriz en la única instantánea que nos queda de la naturaleza del cuaternario. Esta divisoria, que actualmente marca la frontera de la UE, limita el paso y el intercambio genético de los mamíferos y convierte en imposible cualquier intento de unidad de criterios a la hora de proteger Bialowieza.


Los Bisontes de Bialowieza, además de ser los últimos supervivientes de su estirpe, son los auténticos descendientes de los que hicieron inmortales nuestros antepasados del paleolítico en las paredes de sus cuevas.

Resultaría imperdonable que un tesoro que se ha mantenido asombrosamente indemne e intacto durante milenios, prácticamente desde el cuaternario, sin que nadie fuese consciente de su importancia, se viese alterado en el siglo XXI, cuando se supone que su increíble valor es unánimemente admitido. Y cuando los habitantes de la macrorregión más humanizada del planeta deberíamos reconocer en él al bosque ancestral que persiste en lo más hondo de nuestro imaginario y en el que aún se percibe la fragancia del Edén de nuestros antepasados.

4 comentarios:

  1. La última foto es increíble. Esa sí es una foto de un instante en el Edén. La fugaz aparición de un animal que representa todo lo que se ha perdido. Y que se pierde enseguida entre la espesura. Tan fugaz la aparición, que casi no sale ni en la foto. Aparece tan sólo por una décima de segundo. Esa imagen sí que evoca en nuestra memoria genética muchas cosas.
    Extraordinario artículo y excelente el blog. enhorabuena y un saludo.

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  2. Espectacular como lo describes. Estaba buscando este bosque para hacerlo real en mis escritos y veo que ya lo has hecho real tú.
    Mis felicitaciones.

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  3. Muchas gracias por tus palabras Pablo. Ese bosque es el que todos buscamos y que, sea real o no, todos queremos que exista. Afortunadamente existe aún en algún lugar, pero aunque no fuese así, estoy convencido que lo evocaríamos - incluso lo añoraríamos- gracias a la huella que dejó en la memoria genética que heredamos de nuestros antepasados, los que vivieron durante milenios de y en aquel bosque protector. Con el tiempo se impuso una visión antropocéntrica que consideraba los espacios salvajes y al bosque como algo a lo que había que doblegar en nombre de la civilización y el progreso. Surgió la imagen del bosque como medio hostil, algo que debía de dar miedo y que sólo servía para dar cobijo a alimañas, fieras y proscritos. Basándose en esas premisas, a las sociedades del hemisferio norte de los últimos dos milenios no les causó demasiado remordimiento de conciencia deforestar sistemáticamente la inmensa mayoría de territorios a su alcance. Sin embargo, ahí quedó en algún lugar de alguno de los lóbulos cerebrales encargados de la memoria, algo de la huella de aquel bosque ancestral.
    Muchas gracias de nuevo por tu comentario y un saludo.

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