"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

viernes, 26 de noviembre de 2010

Telarañas y rocío




El ambiente es de otoño avanzado aunque, en la mayoría de los campos ibéricos, aún no son excesivamente bajas las temperaturas. Los frecuentes chubascos, la - hasta a hora- escasez de viento, y los cada vez más menguados y menos cálidos días, hacen que una generosa capa de humedad lo envuelva todo. Y si los días van acompañados de una espesa niebla matutina, el espectáculo está servido.


Estaban ahí aunque nadie las viese. Las pequeñas y perfectas telarañas -con las que las diminutas arañas, eclosionadas durante los últimos días de buen tiempo, pretenden atrapar alguna pequeña presa incauta que les reporte energías para pasar el invierno- han proliferado en las últimas semanas por doquier, permaneciendo aferradas a cada planta seca, a cada rama y a cada cardo. Las arañitas tienen poco más de un milímetro pero se han afanado en su labor pues de ella y de su maña para tejer las invisibles trampas depende su oportunidad para alimentarse antes de que lleguen los fríos. Pero sus trampas fueron invisibles sólo hasta hoy: La niebla a acariciado los paisajes dejando a su paso un tapiz de rocío. Y delatando a los hilos de las arañas que se han convertido en fantásticos rosarios de gotitas de agua. Cada telaraña se ha transformado en una frágil joya formada con seda y agua pura. Perfectas, minúsculas y efímeras obras de arte que desaparecerán en cuanto los rayos de sol calienten sólo un poco, lo suficiente como para evaporar las pequeñísimas gotas de rocío.

Semejante espectáculo estético hace sentir a quien lo observa que, en la naturaleza, para sentirse afortunado por estar en el sitio adecuado en el momento exacto, no es necesario toparse con cóndores andinos, manadas de lobos o auroras boreales.



















No hay comentarios:

Publicar un comentario