"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

viernes, 30 de julio de 2010

Malaspina: Expedición al conocimiento

Lámina de la expedición Malaspina, de José del Pozo (1790)



El 30 de julio de 1789, tal día como hoy hace exactamente 221 años, dos flamantes corbetas se encontraban listas para partir del puerto de Cádiz hacia un largo periplo. No se trataba de un viaje al uso. Pese a ser una expedición auspiciada por la armada, las naves de nombre Atrevida y Descubierta, no cargaban municiones ni armas en sus bodegas, sino los más modernos instrumentos científicos de la época, traídos desde capitales de toda Europa. Y en lugar de por soldados, la tripulación estaba formada por botánicos, cartógrafos, geólogos, dibujantes y astrónomos. Nunca valorada en su justa medida, la expedición que comenzaba aquel día de verano recorrería durante cinco años el continente americano, desde Tierra de Fuego hasta Alaska, y el Océano Pacífico, desde Acapulco hasta Manila y Nueva Zelanda, trazando mapas y cartas marítimas, descubriendo especies, estudiando razas humanas y costumbres, midiendo ríos y montañas, recolectando plantas y describiendo territorios.

Ruta de Aljandro Malaspina por América y el Pacífico.


Montevideo, Río de la Plata, Buenos Aires, Malvinas, Chiloé, Cabo de Hornos, Talcahuano, Valparaíso, Juan Fernández, Coquimbo, Callao, Lima, Guayaquil, Galápagos, Gorgona, Nicoya, San Blas, Acapulco, Mulgrave, Marianas, Filipinas, Mindanao, Manila, Nueva Zelanda y Nueva Holanda fueron algunas de las escalas en la fascinante singladura de las dos corbetas convertidas en centros científicos flotantes. Pese a que uno de sus objetivos oficiales era “fijar los límites del imperio”, la misión real de la expedición capitaneada por Alejandro Malaspina, navegante de origen italiano perteneciente a la armada española, era investigar de forma enciclopédica la naturaleza de los dominios imperiales. Esto encajaba mejor en el espíritu de la ilustración, según el cual la búsqueda del conocimiento científico era de por sí una meta mucho más ambiciosa y provechosa que los fines políticos, y económicos.


Se da la curiosa circunstancia que la expedición Malaspina partió un año antes que nuestro naturalista de cabecera Humboldt partiese a su primer viaje científico y un año después del último viaje del navegante y explorador James Cook. Sin duda los valores de la ilustración se encontraban en su apogeo y el conocimiento era el catalizador de toda transformación social y política. Hombres con una inmensa sed de conocimientos y a cuya mirada curiosa nada escapaba, se repartieron por el planeta para comprender y describir los mecanismos de cuanto nos rodea.

El 18 de septiembre de 1794, las dos goletas regresaban al puerto de Cádiz desde Montevideo, cargadas con una tripulación extenuada y una cantidad ingente de información que supuso un auténtico hito para la ciencia europea y española. Sin embargo, mientras los científicos se habían dedicado a explorar el nuevo continente y el inmenso Océano Pacífico, en el solar patrio no pocas cosas habían cambiado y la política de Godoy poco tenía que ver con la que impulsó el viaje de Malaspina hacía un lustro. El científico explorador fue encarcelado acusado de conjura y su legado ignorado hasta hace poco. Mientras en Alemania ensalzaban la obra de Humboldt y en Inglaterra encumbraban la de James Cook, en España Malaspina y su herencia eran condenados al más injusto de los ostracismos.
El explorador inglés Apsley Cherry-Garrard realizó una durísima expedición para localizar las colonias de cría del pingüino emperador en la Antártida. En su libro El peor viaje del mundo decía que “La exploración es la expresión física de la pasión intelectual”. Sin duda esa frase refleja perfectamente el espíritu de los naturalistas y exploradores ilustrados que, abandonando sus cómodas existencias en Europa, partían hacia océanos enfurecidos y selvas remotas sólo impulsados por el anhelo insaciable de saber.
Cuando uno de estos científicos desentrañasen hechizados saberes nuevos en mundos nuevos, cuando confirmasen con su sextante que se encontraban en el Cabo de Hornos, el punto más septentrional de las Américas; cuando recolectasen decenas de muestras de plantas nuevas para la ciencia en una sola incursión por la selva amazónica; o cuando en los llanos venezolanos plasmasen con sus acuarelas la imagen de un roedor del tamaño de una oveja, comprenderían la trascendencia de su labor mejor que sus mecenas de las cortes de imperios decadentes en la vieja Europa. Un viejo continente más ávido de tesoros, territorios y especias que de conocimientos. Con el paso de los años y de los siglos, los imperios fueron perdiendo sus territorios de ultramar, las especias se esfumaron, el oro y la plata fueron dispendiados para sufragar guerras y la caoba y el ébano fueron pasto de las carcomas y termitas. Pero los tesoros que estos aventureros trajeron en sus cuadernos de campo perdurarán a lo largo del tiempo en los anales de la ciencia.



Orden de arresto de Alejandro Malaspina, así como de registro y embargo de sus papeles










lunes, 26 de julio de 2010

LUNA LLENA


Uno, que echando mano de una cuenta rápida lleva vistas del orden de 432 lunas llenas, sabe que el día que deje de estremecerse ante el espectáculo de una como la de hoy, ese día, no estará vivo.

lunes, 19 de julio de 2010


"Si un ser sufre, no puede existir justificación moral para rehusar tomar ese sufrimiento en consideración. No importa la naturaleza del ser, el principio de igualdad requiere que su sufrimiento se considere igual al sufrimiento semejante de cualquier otro ser... Es probable que llegue el día en que el resto de la creación animal pueda adquirir aquellos derechos que jamás se le podrían haber negado a no ser por obra de la tiranía."

Jeremy Bentham
Pensador Inglés (1748-1832)

Playa de Taiji, Japón, durante la matanza anual de delfines.

sábado, 17 de julio de 2010

YAGUARUNDI


Sólo fue una huidiza sombra azabache visible entre la espesura durante un brevísimo instante. Desapareció velozmente en la selva igual que apareció, de una forma asombrosamente silenciosa. Tan silenciosa, que por un instante hubiese dudado de la certeza del momento, sólo avalado durante unos segundos por el sentido de la vista. Poco aval sin duda, si no hubiese sido porque en su carrera por aquella rama cubierta de bromelias, musgos y helechos a unos diez metros de donde me encontraba, tuvo tiempo para detenerse unas décimas de segundo y clavarme su impresionante mirada. De no ser por esas largas décimas de segundo, hubiese preferido haber contado con algún testigo, para corroborar el breve encuentro, pero la soberbia mirada ambarina del Yaguarundi clavada sobre mí, admitía pocas dudas acerca de lo que estaba viendo era real.
Me sentí aún más afortunado por lo que podía considerar como un regalo de la Pacha Mama cuando después escuché que, a muchos lugareños de aquella región, no se les presenta nunca en su vida la oportunidad de cruzarse con el mítico habitante de las más inexpugnables selvas de bruma.
Posee el pelaje de color café oscuro casi negro y el tamaño entre un gato doméstico y un lince, pero con una complexión totalmente distinta a la de cualquier félido. Sus cortas patas contrastan con una desproporcionadamente larga cola y una cara con una extraña expresión dominada por unos grandes ojos dorados -adaptados a la visión en el eternamente oscuro sotobosque selvático, donde jamás llega la luz del sol- completan la extraña fisonomía del animal de leyenda.
A alimentar el hálito de misterio que rodea al Yaguarundi también contribuye la escasez de datos fehacientes sobre su distribución, biología y ecología, así como la casi ausencia de fotografías del animal vivo en libertad. Su propio nombre científico hasta finales del s.XX (posteriormente fue incluido en el género Puma), Herpailurus, ya es revelador: Herpa (latín) es extraño, desconocido y ailorus (griego), gato. Gato extraño, gato desconocido. Los indígenas Sionas lo conocen como Nea biayai, “Puma-pájaro negro”, pero no lo consideran un animal, sino un espíritu de la selva.

Mucho después de mi encuentro, tuve conocimiento de una tradición Siona que asegura que, el que Yaguarundi detenga su vagar por la selva y mire fijamente a alguien, supone un fatal augurio que presagia la inminente muerte de la persona. Hecho que no pudo consumarse en mi caso, dado que yo, cuando el espíritu "Puma-pájaro negro" me clavó su mirada, afortunadamente era desconocedor de tal agüero.

Una de las escasas fotografías existentes del Yaguarundi en libertad.

martes, 13 de julio de 2010

Historia de la ignominia humana. (Enésimo capítulo)


Desde hace miles de años, los ecosistemas vienen sufriendo el impacto depredador de las sociedades humanas, viendo a lo largo de los siglos como sus paisajes son alterados, sus especies esquilmadas, sus bosques arrasados y sus equilibrios naturales trastocados. Pero no en todos los rincones del planeta la velocidad de destrucción ha sido la misma. Mientras que la actividad humana tardó más de 3.000 años en convertir la salvaje Europa en el continente humanizado que hoy conocemos, en Norteamérica se llevó a cabo el mismo proceso de forma brutal en menos de 200 años. En poco más de un siglo, en un proceso de devastación sin precedentes que avanzó desde el Atlántico hasta el Pacífico, se roturaron doscientos millones de hectáreas de pradera, se talaron cuatrocientos millones de hectáreas de bosques, se aniquilaron sesenta millones de bisontes, se exterminaron dieciocho millones de indígenas y se cambió para siempre la faz del inmenso subcontinente. Un proceso tan violento y vertiginoso que dejó innumerables víctimas en su camino. Una de ellas se ha convertido en un caso paradigmático de la acción depredadora humana, a la par que sin duda pasará a formar parte de la historia de la ignominia de nuestra especie. Se trata de uno de los episodios más bochornosos e impresionantes del libro de las extinciones causadas por el hombre.

Palomas migratorias (Ectopistes migratorius), en una acuarela del ornitólogo Audubon


La paloma migratoria (Ectopistes migratorius) era un ave similar al resto de palomas, aunque con una librea más llamativa y con una fisonomía más estilizada, adaptada a sus largas migraciones. El rasgo más llamativo de la especie eran sus maravillosos desplazamientos en gigantescas bandadas de cientos de millones de ejemplares, un caso único en el reino animal. En 1810, Alexander Wilson observó un bando de 380 km2 de extensión compuesto por más de 2.000 millones de palomas. Estas colosales bandadas oscurecían el sol, creaban una brisa que hacía mecerse las copas de los árboles y tardaban días en pasar por una zona. Según recientes estudios, la paloma migratoria era el ave más abundante del planeta. Migraban desde sus zonas de cría, en el noroeste de Estados Unidos, hasta sus zonas de invernada, en el noreste. En estas últimas zonas, los indios habían utilizado desde tiempos inmemoriales los dormideros, que abarcaban muchos kilómetros cuadrados de bosques, para capturar palomas con las que complementaban su dieta.

Pero todo cambió a principios del siglo XIX, cuando esta especie fue considerada por el hombre blanco como un recurso barato y extremadamente fácil de obtener. Se las utilizó como alimento fresco o en conserva, como fuente de grasa para combustible, como pienso para ganado y como abono. Los métodos de caza en los dormideros eran diversos e iban desde redes y armas de fuego hasta prender los árboles con líquidos inflamables para recoger después las aves chamuscadas. La saña con la que se explotó a la paloma migratoria da una idea de hasta qué punto se la consideraba como un recurso infinito y auténticos ejércitos de cazadores se apostaban cada tarde en los dormideros. Tras la matanza, cientos de miles de aves cubrían el suelo. El ornitólogo y acuarelista Audubon, relatando una de estas cacerías decía que “cada uno cogió las que quiso y después soltaron a los cerdos para que acabasen con el resto”. La bacanal se repetía en las zonas de cría, donde además existía el aliciente de los pollos – cada pareja criaba un único pollo al año-, ricos en grasa y fácilmente conservables. De hecho, varias factorías industriales de conserva de palomas surgieron a lo largo de las zonas de cría. La carne de paloma llegó a convertirse en la más económica en todo el territorio estadounidense, pasando a formar parte de la dieta de las clases menos pudientes. Existe documentación de la época que nos habla de trenes cargados con dos millones de palomas semanales y de comerciantes minoristas que vendían 18.000 aves al día.
En 1850, el número de palomas había descendido considerablemente, no siendo ya tan frecuentes ni inmensas sus bandadas, pero las técnicas para su caza contaron con la impagable ayuda del telégrafo, que permitía saber a qué zonas se desplazaban cada día las aves. Llegó un momento en el que las palomas no tenían ningún lugar en el que dormir o criar que no fuese tiroteado día y noche. Incluso se citaron casos de prácticas de tiro con artillería del ejército contra colonias de cría. Al mismo tiempo, los bosques de roble que constituían el hábitat de la especie, iban siendo sustituidos por grandes plantaciones de cereales.
En 1978, la mayoría de las palomas migratorias que sobrevivían, lo hacían en una gran colonia de Michigan, lo que atrajo a todos los cazadores del resto del territorio.
En 1880 se capturaron algunos ejemplares para intentar criarlos en cautividad, iniciativa que resultó totalmente infructuosa.
En 1896 el telégrafo alertó de la presencia de un bando en Ohio, de las que se recolectaron 200.000 palomas y otras 100.000 quedaron inservibles y desechadas. Se trataba del último gran bando de palomas migratorias. El tren que transportaba en botín se averió a mitad de camino de la factoría, por lo que el fruto de la cacería entró en descomposición y fue arrojado a un barranco.
En 1890 un par de centenares de palomas vagaban fantasmalmente de un lugar a otro.
En 1900 se reconoció que las palomas migratorias en estado libre habían desaparecido.
En 1908 quedaban siete palomas en distintos zoológicos.
En 1910 sólo quedaba un ejemplar, llamado Martha, en el zoológico de Cincinatti.
En 1914, al mediodía del 1 de septiembre, apareció muerta en su jaula la última representante de la estirpe que oscureció los cielos de Norteamérica. Pero, aunque la muerte del desdichado y solitario animal de Cincinatti fue el punto y final de su especie, la extinción estaba dictada mucho antes. La mezcla de avaricia, imprevisión, ignorancia, cortedad de miras, ruindad y codicia, resultó letal para una especie que, al menos en términos numéricos, aparentaba ser imbatible. Esa destructiva combinación empujó a la desaparición para siempre jamás a una increíble especie en tiempo récord, contra todos los pronósticos de quienes no querían hacer pronósticos. Y nada hace suponer que esa destructiva combinación no sea la que sigue rigiendo nuestra relación con el planeta.
Hoy, la última paloma migratoria se conserva disecada en una vitrina del Smithsonian Institution en Washington D.C., como polvoriento y descolorido símbolo de la estupidez humana.


La última paloma migratoria viva

domingo, 11 de julio de 2010

De las cosas que aprendí en la Sierra de Alconera

Jacinto estrellado (Scilla peruviana)

El orégano, o mejor el zurriégano - como allí se le conoce-, ha de ser recogido allá por San Lorenzo, pues si se coge antes no está granado y si se coge después, o ya está mondo o, simplemente, no lo hay. Eso lo aprendí de la gente que vive en aquel valle, el de Alconera y La Lapa. También aprendí de ellos, y por mí mismo, que el zurriégano que se da en esos calerizos tiene un aroma que poco tiene que ver con el de otros sitios. Una historia cuenta que un comendador de paso por Zafra se quedó prendado cuando le dieron a probar medio tomate con aceite de oliva y un poco de zurriégano de Alconera. La tan sencilla como sublime receta pasó a la posteridad como "tomates del comendador".

Otra cosa que aprendí por aquellos predios es que existe una orquídea parásita allá en lo más humbrío e impenetrable del maquis. Una orquídea púrpura, sin clorofila ni hojas y que llaman Orquídea abortiva, pues antaño se utilizó para purgar la mancillada honra de más de una moza soltera. También existe una extraña flor azul cielo, el jacinto estrellado, que está presente en muy contados lugares, entre ellos la Sierra de Grazalema y la de Alconera, en la que un puñado de ejemplares se refugian de los siglos entre las grietas de la caliza. Se trata de un vestigio de épocas mucho más lluviosas de hace cientos de miles de años, cuando Iberia estaba cubierta por húmedas selvas de laureles, loros y madroños.

En lo más profundo de los sistemas karsticos de cavernas de aquella sierra aprendí, aunque sólo fuera por unos instantes, a ver el universo tal y como lo viesen nuestros antepasados hace trescientos mil años, cuando buscaban en esas sagradas simas una protección que les hiciese fuertes ante un ecosistema que, aunque generoso, también era adverso. Al penetrar en esas cavidades lo hacían en la matriz gaiana del planeta y posiblemente lo harían con un profundo respeto difícil de comprender para nosotros.

En la ladera de la solana, cerca de Sierra Gorda, aprendí que el agateador, cuando entra a cebar a los pollos en el nido, nunca lo hace en línea recta, sino que realiza una especie de caprichoso bucle en su recorrido, pasando de largo por el nido antes de entrar directamente. De esa forma evita la visita al nido de un eventual saqueador.

Cerca del Puerto de Santo Domingo, en la zona meridional de la sierra, puede ver las canteras de mármol gris azulado, de donde hace ya más de 2.000 años se extrayeron las columnas del teatro romano de Mérida. Y entre las milenarias cinceladas de esclavo pude ver los fósiles de cefalópodos antediluvianos que los romanos llamaban "piedras de rayo", pues pensaban que formaban con la caída de un rayo.

Un día en el que diluviaba, aprendí resguardado en el cortijo de La Hoya, que en la Sierra de Alconera, por mucho que llueva nunca salen charcos "porque esta tierra se lo chupa tó", en palabras de Manolo el guarda. Y no sólo pude contemplar cómo la tierra absorbía el agua, sino que también pude ver cómo la expulsaba. En la Fuente de la Canal ví el agua salir de las entrañas de la tierra con una fuerza brutal como nunca he vuelto a ver en ningún sitio. Aquel potente chorro de agua rompió la plácida imagen que asociaba a la palabra manantial. Al noreste de la sierra, entre las ruinas del convento de San Onofre, en el que escribió y dicen que levitó San Pedro de Alcántara, contemplé otro insólito venero, el de la piedra que crece. Bajo un centenario mirto manaba el manantial que antaño regó la huerta y el jardín de los monjes alcantarinos. Y mientras manaba, el hilo de agua, gracias a su alta concentración de carbonato cálcico, hacía crecer a la piedra caliza, el travertino, que se encontraba en la boca del manantial.

Ruinas del convento de San Onofre

Otra cosa que aprendí en los alcornocales de la umbría del camino de Burguillos es que la gineta recorre cada noche una distancia que puede llegar a ser considerable para depositar sus excrementos en el mismo sitio de siempre. En su letrina, en el límite de su reino. Y José, el encargado de la finca de la Hoya me contó que el cárabo, es un animal tranquilo que pasa desapercibido todo el año, pero que cuando está criando, es capaz de atacar a cualquiera que se acerque a su nido, incluyendo a adversarios como zorros y perros.

Un cabrero me llevó hasta el soberbio mesto de las Aguzaeras, ese mágico árbol mitad encina, mitad alcornoque, con la propiedad de hacer sanar de sus dolores de cabeza a quien lleve una crucecita hecha con sus ramas en el bolsillo.

Pero no todo el monte es zurriégano y en la Sierra de Alconera también aprendí otras cosas. Como que, además de ladrones de bancos, de gallinas o de peras, también hay ladrones de paisajes y que, a estos últimos, al contrario que al resto, no se les persigue. También aprendí que la patológica sed de poder del opulento sólo es comparable a la patológica sed de riqueza del poderoso. Que los agatadores, las ginetas, los manantiales y los mestos no son en absoluto obstáculo alguno para sus planes. Y que eso de que hay veces en que las leyes son papel mojado es algo más que una frase hecha.

Hace casi diez años, una tarde de julio, sentado en el chozo del Matacán, en los Barciales, pensaba que aquel maravilloso rincón de Exremadura todavía tenía muchas cosas que enseñarme y que era absurdo el suponer que las leyes y el sentido común pudiesen permitir que todo aquello se perdiese para siempre.
Pero el absurdo se cumplió hasta las últimas consecuencias, y hoy (11 de julio de 2010) he vuelto a estar en en chozo y lo que queda de la sierra está cubierto por un sudario de polvo marrón. Desde el valle se ve a las máquinas que rodean su cadáver como si fuesen escarabajos carroñeros. Pero están todas paradas. Aquel universo fue inmolado para parir un absurdo complejo cementero, a su vez ideado para alimentar un espejismo de la construcción que ya no existe. Produce escalofrío cómo, en menos de una década se puede cambiar tan drásticamente la historia natural de un territorio.
Hoy todo aquello es pasado.
Pero, al menos me quedan las cosas que allí aprendí.

jueves, 8 de julio de 2010

Sex simbol


"El pulgo no hace ostentación. No alza altos mástiles, torres, obeliscos ni rascacielos. Tampoco fabrica largos fusiles, cañones ni misiles.
El pulgo, amante de la pulga, no necesita inventar ningún símbolo fálico, porque lo lleva puesto: mide nada menos que una tercera parte de su cuerpo, el tamaño más impresionante de todo el reino de este mundo, y está adornado con plumitas.
Los machos humanos, mandones y matones, llevan miles de años ocultando esta humillante información."
Eduardo Galeano. Bocas del tiempo

lunes, 5 de julio de 2010


"A los niños les encanta maravillarse. Esta es la semilla de la ciencia"
Ralph Waldo Emerson (1803-1882) Poeta y pensador estadounidense

sábado, 3 de julio de 2010

El dilema del prisionero y el comportamiento animal


Como dilema del prisionero se conoce un problema matemático aparentemente sencillo pero con importantes implicaciones filosóficas y sobre el que se ha escrito y debatido extensamente. La exposición más conocida del problema puede ser la siguiente:

Dos sospechosos son detenidos sin pruebas suficientes para condenarlos y son aislados en celdas distintas. A ambos se les hace una oferta: Si tú confiesas y tu cómplice no, él será condenado a diez años y tú serás liberado como recompensa a tu colaboración. Si tú callas y tu cómplice confiesa ocurrirá a la inversa. Si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años. Si ninguno confiesa, no hay pruebas suficientes y ambos cumpliréis una pena de seis meses por cargos menores.

Existen muchas más formulaciones del mismo dilema, pero en todos, la elección racional lleva a los jugadores a enfrentarse, cuando el beneficio individual sería mayor si ambos cooperasen. La solución más rentable al conflicto sería fácil y el dilema no sería tal, de conocer de antemano la actitud que adoptará el otro jugador, cosa que evidentemente no ocurre.
Una de las variables es el Dilema del prisionero iterado, en el cual el juego se repite indefinidamente, pudiéndose adoptar la actitud de castigo ante un jugador no cooperador en ocasiones anteriores. De ese modo el incentivo egoísta puede verse superado por la amenaza del castigo, pudiendo llegar a un resultado de equilibrio cooperativo.

Otra fórmula típica del problema es la llamada “Tragedia de los comunes”. Se refiere a los pastos comunes de un condado de Escocia, en los que todos los lugareños tenían derecho a mantener sus ovejas. En estos terrenos había pasto suficiente para que cada pastor tuviese hasta 20 ovejas. Pero podría darse el caso de un pastor egoísta que incrementase su rebaño hasta, por ejemplo, 40 ovejas, pues ninguna ley se lo impedía. En tal caso, y teniendo en cuenta que el resto de pastores no hiciesen lo mismo, los pastos se verían ligeramente mermados pero el pastor egoísta obtendría bastante más beneficio que los que se mantienen con 20 ovejas. La cosa cambiaría si, en un intento de obtener mayores beneficios, todos los pastores optan por incrementar su rebaño hasta 40 ovejas, lo que supondría unos pastos esquilmados y la ruina para todos los ganaderos.


Este juego ha suscitado, desde que se formuló en los años 50, teorías e intensos debates entre psicólogos, sociólogos, financieros, politólogos, filósofos, juristas, ecólogos y matemáticos. Numerosos libros se han escrito al respecto y anualmente se celebra en la Universidad de Southampton una competición sobre el dilema del prisionero iterado, con varios cientos de competidores de todo el mundo, entre los que abundan catedráticos de distintas materias. También se han establecido numerosas conexiones entre este dilema y las tesis marxistas, el materialismo histórico o el capitalismo. Existen también infinitos ejemplos en la vida diaria, como un atasco en la cola de la caja rápida de un supermercado, la sobreexplotación de los recursos naturales, la superpoblación en los países subdesarrollados o la usurpación de las vías pecuarias de dominio público, cuyos mecanismos obedecen al dilema del prisionero.

Y, por supuesto, también existen vínculos con la biología. De hecho, existe una disciplina científica que, sorprendentemente, ha obtenido reveladoras conclusiones gracias a este rompecabezas. Se trata de la etología. Por increíble que parezca, aplicando el fascinante problema se han interpretado numerosos fenómenos del comportamiento animal. Richard Dawkings (autor de El Gen Egoísta) glosó varios casos de la etología en los que se descubren los principios fundamentales del dilema. Un caso paradigmático es de los chimpancés gregarios que se desparasitan mutuamente. Al ser desparasitados por otros miembros del grupo, estos primates se ven libres de garrapatas y piojos en zonas de su cuerpo a las que ellos no llegarían, por lo que es indiscutible que el ser desparasitado por otro mono, aumenta la calidad de vida y la salud de estos. Pero para ello, cada animal depende del impulso altruista de otro individuo que, sin obtener ningún beneficio aparente, se disponga a gastar su energía y tiempo en desparasitarle. Supongamos que uno de los individuos adopta un comportamiento nuevo y deja de desparasitar al resto: El chimpancé seguirá siendo pacientemente escrutado por sus congéneres y él se beneficiará de un considerable ahorro de tiempo y esfuerzo, por lo que con su actitud egoísta, saldrá claramente beneficiado. Este animal tiene más posibilidades de reproducirse que el resto de sus compañeros con un balance neto de tiempo y energías más desfavorable. Pero si esta actitud se extiende en el grupo – cosa bien probable dado que los descendientes pueden adoptar su modus operandi y puesto que hay muchas posibilidades de que en varias generaciones los genes y el comportamiento del mono egoísta sean mayoritarios-, las ventajas de la actitud no cooperante se irán diluyendo rápidamente y desembocarán en un gran perjuicio global para el grupo. Cuando los egoístas superen en número a los altruistas, el sistema de desparasitación mutua se colapsará, existiendo un estresado grupo de monos desparasitadotes con pocas posibilidades de triunfar frente al grupo de perezosos desparasitados. El que el primer grupo desaparezca es sólo cuestión de tiempo, lo que dará lugar a una manada de chimpancés infestados de pulgas y garrapatas en aquellas zonas a las que no lleguen ellos mismos, con lo que las consecuencias negativas afectarán a todos los miembros del grupo, independientemente de su altruismo o egoísmo. Afortunadamente, al tratarse de la variable del dilema del prisionero iterado y haberse repetido durante miles de generaciones, el balance de resultados tiende al equilibrio cooperativo, como ya predijeron los matemáticos que ocurriría. Con la particularidad de que en este caso, en lugar de un jugador con mayor o menor agudeza, quien juega sus cartas es la propia selección natural.


Ejemplos similares se manifiestan, por ejemplo, en los peces marinos que se desparasitan y en las cornejas, que hacen lo propio; en numerosos aspectos del comportamiento del grupos en animales gregarios, en las relaciones simbióticas, en las colonias de insectos sociales,…
El dilema del prisionero, originariamente ideado como un problema de la teoría de juegos, ha trascendido de forma asombrosa a otras disciplinas, llegando a hacer interpretables fenómenos del mundo de la biología. Se trata de un ejemplo más de lo fascinantes que nos pueden llegar a resultar aquellos vasos comunicantes existentes entre conceptos en apariencia inconexos. Y de lo fascinantes que nos pueden llegar a resultar las increíbles conexiones matemáticas ocultas en cada rincón de la naturaleza.

viernes, 2 de julio de 2010

Libélula emperador: Mensaje desde el carbonífero.

La soberbia Anax imperator.

A estas alturas del año patrulla las charcas y remansos veraniegos en los que ha fijado su territorio. Con sus 110 milímetros de envergadura, la Anax imperator o Libélula emperador, la titán de nuestras libélulas, nos evoca a los odonatos gigantes del carbonífero, algunos de los cuales se acercaban al metro. De hecho, estos insectos coetáneos de los dinosarios e incluso anteriores a ellos, poseían unas características morfológicas extraordinariamente idénticas a las de sus parientes actuales, difiriendo básicamente en el tamaño. Ello denota que estas especies alcanzaron hace tiempo fórmulas evolutivas altísimamente eficientes y exitosas que no precisan de demasiados cambios a lo largo de millones de años. Si un tipo de seres vivos evoluciona rápidamente evidencia que no ha alcanzado el diseño óptimo para perpetuar sus genes. Pero si logra un diseño altamente eficaz, las especies se vuelven genéticamente estables y la selección evolutiva no necesitará añadir muchos más cambios. Para percibir las distintas velocidades en la evolución de los organismos, qué mejor manera que bajar unas ramas del árbol darwiniano de las especies y comparar las semejanzas entre la libélula emperador, la centella de nuestras charcas, con sus antepasados carboníferos, y hacer lo mismo con nosotros y nuestros ancestros de aquella época. Que, por cierto, eran unos pequeños anfibios recién llegados a tierra firme, que darían lugar con el paso de millones de años a los reptiles de los que evolucionarían los primeros mamíferos y de ellos, nosotros los primates.
Las libélulas, con su mirada facetada y sin necesidad de dejar de ser como son, han contemplado cambios brutales en la faz del planeta, han vivido eras geológicas, han presenciado cómo surgían los reptiles, como dominaban el mundo y como casi desaparecían; cómo surgían las primeras plantas con flores y cómo triunfaban cubriendo todo el planeta; cómo aparecían los mamíferos y cómo de entre ellos una ingenua y prolífica especie recién llegada, creyó que había alcanzado la cúspide de la evolución.

Comparativa entre el tamaño de una libélula actual de tamaño medio (Sympetrum sanguineum), con la libélula emperador y con una especie gigante del carbonífero.

jueves, 1 de julio de 2010

La playa

Recién entra el verano y, por no ser menos que el resto del respetable allá que nos lanzamos rumbo a la playa. Pero esta ha de ser una playa poco concurrida o, siendo más exactos, nada concurrida. Y antes de volvernos a casa nos sumergiremos en un arrecife coralino de aguas tropicales. Ya puestos a pedir, llevaremos a cabo toda nuestra excursión sin salir de una comarca del interior de la Península Ibérica.

Playa fosilizada o "rippels"


En las inmediaciones de la localidad pacense de Los Santos de Maimona, los cortes del terreno de una carretera dejan al descubierto un secreto que permaneció oculto durante los últimos quinientos millones de años. En ese lugar, las aguas del mar de Tetis lamieron una vez suavemente el litoral del supercontinente Pangea, formando unas ondulaciones paralelas en la arena. Las huellas de aquella playa quedaron sepultadas por los sedimentos y perfectamente conservadas, petrificándose en forma de margas calizas a lo largo de las eras geológicas en las que Pangea se dividía dando lugar a nuevos continentes y océanos. Hoy, a la playa cámbrica de Los Santos le da de nuevo el sol y las ondulaciones formadas por olas de tiempos pretéritos, se mantienen increíblemente intactas, como si la bajamar las acabase de dejar al descubierto. Se trata de una impresionante instantánea de hace 500 millones de años, cuando la Tierra era un silencioso planeta poblado por poco más que medusas y esponjas.

Pero la vida siguió evolucionando y, tras varias grandes extinciones, algunas explosiones biológicas y unos 150 millones de años después, el aspecto del planeta era totalmente distinto. La tierra firme estaba cubierta por densos bosques de helechos gigantes y lepidodendron surcados por libélulas del tamaño de una gaviota y poblados por anfibios, además de por los primeros reptiles. La impresionante vegetación y la altísima concentración de algas marinas hizo posible que la cantidad de oxígeno en la atmósfera alcanzase límites desconocidos hasta entonces y que no se han vuelto a repetir. Los mares eran auténticos hervideros de vida y en algunas zonas de aguas someras, el clima tropical hace que la vida marina alcance su apogeo. Peces, braquiópodos, bivalvos, foraminíferos, lirios de mar, corales, trilobites, etc,… se dan cita en un grupo de atolones coralinos cubiertos en su parte emergida por exuberantes bosques. Pero nos encontramos en el carbonífero, una era geológica de gran actividad volcánica, y sucesivas erupciones y coladas magmáticas, unidos a varios maremotos, sepultan repetidamente aquel paraíso. La catástrofe es absoluta, pero permite que, de nuevo, un trozo del remoto pasado se congele en el tiempo y se perpetúe a lo largo de millones de años, conservando perfectamente todos sus detalles. Con el paso de los miles de milenios, las formidables fuerzas tectónicas pliegan, elevan y quiebran los estratos de aquella época y hacen que una falla haga emerger de nuevo aquellos arrecifes coralinos en todo su esplendor.
Puede parecer increíble pero ahí están aún. Entre los acebuches, coscojas y almendros del Cerro de Los Santos, en una seca comarca del interior de la Península Ibérica y a sólo unos kilómetros de la plácida playa cámbrica, los trilobites, lirios de mar, esponjas y corales nos hablan de una época remota y radicalmente distinta de la que fueron testigos.




Arriba, arrecife coralino de tipo atolón. Abajo, Sierra de Los Santos.
Dos paisajes separados por 350 millones de años.