"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

domingo, 15 de agosto de 2010

Filosofía de un pastor. Simón "el Segureño"

Cuando Catalina Bellido, esposa y amada de Simón "el Segureño," despidió un año mas a su marido, junto a su numerosa prole en el descansadero de Charco Hondo, no pudo mas que suspirar ante la tenue mirada de las primeras luces vernales de la mañana. Simón "el pastor", partía una vez mas hacia las tierras del norte peninsular, en busca de los agostaderos cantábricos del Bierzo........ de Bavia......o de los frescos valles de la Liébana.
Catalina Bellido, vivía entre encinas y viejas merinas en el cortijo de Culebrera, donde le aguardaba el largo y caluroso verano de nuestras tierras extremeñas. Vivía sin mas respiro que la calma de la dehesa, el retorno de su marido y la algarabía de sus vástagos corriendo a las gallinas y pavos en los atardedeceres estivales de la Sierra de la Martela. Mujer de mirada serena, le gustaban los quehaceres cotidianos, aquellos que forjan poco a poco el temperamento, el carácter y la "filosofía de las personas sencillas."
En cierta ocasión, un día cualquiera de la segunda primavera y bajo las hojas marchitas del árbol Fresno en el arroyo Astillero, me preguntó que si había leído la Biblia, sacó de su zamarra un libro de lomo raído y me lo ofreció, invitándome a leer la dedicatoria de su primera página que decía así......La naturaleza de los hombres es experta en complicar las cosas.......inventemos un verbo........!Descomplicar! Me aclaró seguidamente, que aquel libro, se lo regaló un pastor foramontano, una noche de estrellada pureza al amparo de la lumbre en las brañas del Puerto de los Sejos. Le contesté a Simón diciéndole que no, que sólo había leído algunos versículos en las clases de religión de mi infancia escolar. De nuevo, tomó la palabra y me dijo con tono pausado y seguro........! He aprendido mucho de este libro sabio, a pesar de haber leído sólo su dedicatoria!.
Aquella tarde, al volver a casa después de la jornada campestre, consulté en los diccionarios si el verbo "Descomplicar" existía en algun lugar de los anaqueles de la Real Academia de la Lengua, y para mi grata sorpresa resultó ser que no.

sábado, 14 de agosto de 2010

Dignidad indígena


<...Durante demasiado tiempo hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...>

(Proclama insurreccional de la Junta Tuitiva en la ciudad de La Paz, 16 de julio de 1809)

(Foto: Indígena ecuatoriano durante una revuelta en Quito como protesta por la ley que privatizaba el agua y otorgaba más derechos a las petroleras)

Las lágrimas de Perseo



La constelación del semidios Perseo - nada menos que vencedor de Medusa, amigo de las Náyades y creador de Pegaso- domina su parcela al noreste del firmamento, entre Taurus y Casiopea. Desde allí nos llega la lluvia de estrellas fugaces, de perseidas, pues como cada año por estas fechas, la Tierra atraviesa la cola del cometa Swift-Tuttlem, que actualmente se encuentra más allá de la órbita de Urano. El espectáculo, que en esta ocasión ha sido mayor gracias a la oportuna luna nueva, se produce al rozar los escombros del cometa con nuestra atmósfera.
Estos fragmentos - de hielo y roca básicamente-, tras un largo periplo por el universo, recorriendo de un extremo a otro el sistema solar miles de veces, tras desprenderse del cometa y tras pulverizarse al entrar en contacto con la capa gaseosa de nuestro planeta - consiguiendo su segundo de gloria incandescente-, pasan a formar parte de la atmósfera convertidos en polvo cósmico. En el medievo se bautizó a estas estrellas fugaces como lágrimas de San Lorenzo, pues la onomástica del santo cristiano coincide con su aparición. Actualmente, haciendo de nuevo honor al hijo de Zeus, son más conocidas como Perseidas.


Perseo

viernes, 13 de agosto de 2010

El número mágico


El número Φ (Phi), también conocido como la proporción áurea, número áureo, razón dorada, divina proporción o media áurea, es un algoritmo matemático perfecto que se esconde en los patrones de infinidad de manifestaciones naturales. A lo largo de los siglos, desde el 3000 a.C., Φ ha sido descubierto y redescubierto en numerosas ocasiones por distintas culturas y siempre ha despertado una gran admiración y desconcierto. Euclides la describió con exactitud por primera vez y definió el teorema para hallar lo que el llamó “la media y extrema razón” de una línea, es decir, su proporción áurea. Las extraordinarias propiedades de este algoritmo hicieron a muchos observadores atribuir su existencia a la evidencia de la existencia de una mente divina. Resulta fascinante que, tanto los cánones estéticos y artísticos de todos los tiempos como los patrones de crecimiento de los seres vivos, el proceso de cristalización de muchos químicos y la conformación de galaxias y nebulosas, obedezcan a un mismo código.

En la historia de la búsqueda humana de la perfección artística ha sido utilizado en el Partenón, en estelas fenicias, en las pirámides, en los templos romanos, en las dimensiones de las catedrales góticas, en las proporciones de los lienzos, etc.,… considerándose la fórmula estética perfecta y la proporción más armónica posible. Actualmente encontramos la proporción áurea en las tarjetas de crédito, carnet de identidad, paquetes de tabaco, pantallas de televisor, estadios deportivos, tipos de letra de imprenta,…

La proporción áurea equivale al número 1,61803398… (Seguido de infinitos números que se van acercando indefinidamente a la perfección) y describiéndola de forma muy simple, podríamos decir que es la relación perfectamente proporcional del conjunto con sus partes. En una línea, dicha proporción podría explicarse de la siguiente forma: La proporción entre A-B y B-C es la misma que existe entre A-C y A-B






La misma proporción trasladada a un rectángulo







Y a una espiral


Phi se encuentra oculto en numerosas obras de arte de todos los tiempos a las que dota inadvertidamente de equilibrio.



Secciones áureas sobrepuestas a la Gran Ola de Kanawaga de Hokusai





Repetición de la proporción áurea en las proporciones faciales de la Gioconda


Pero donde resulta más increíble la constante aparición de la proporción sagrada es en la naturaleza, donde una y otra vez hace acto de presencia codicionando formas, estructuras y patrones, tanto en el mundo de lo vivo como en el de lo inorgánico.




Concha del Nautilus, cefalópodo marino considerado como el arquetipo de la espiral áurea perfecta.




La misma espiral áurea en el limbo de las hojas de una Begonia rex



Inflorescencia de Brócoli romanesco, con patrón de crecimiento en espirales áureas cruzadas.





El mismo patrón en una piña





En la flor de un girasol






En una planta de aloe






Las proporciones perfectas del cuerpo humano también esconden el número mágico. En el Hombre de Vitrubio, de Leonardo, se puede apreciar claramente el pentagrama cuyas longitudes en sus segmentos (A, B, C, D,…) son sucesivamente decrecientes en una proporción de 1,618.., es decir, Φ.


El mismo pentagrama áureo aparece en innumerables patrones vegetales, como en el corazón de la manzana.



También en cristalizaciones dodecaédricas, como esta de pirita, se basan en la proporción de Phi.





Y estructuras muy complejas como la doble hélice del adn, basan su ordenación en la proporción áurea.



Incluso en las estructuras más grandes del universo, como las galaxias espirales, se enmascara el número sagrado Φ, el código que hace posible el orden en el caos del cosmos.

jueves, 12 de agosto de 2010

La bien escondida Poza de la Acebuchosa


Las referencias en el pueblo eran constantes y aquel lugar se había convertido para nosotros en algo así a lo que debieron de ser las fuentes del Nilo para James Bruce. Según los viejos, hasta aquel sitio a varios kilómetros del pueblo acudían los mozos y mozas en verano para bañarse. Se trataba de una poza en el Arroyo de las Perdices, para nosotros desconocida, que se ocultaba entre las formaciones graníticas de la zona pasando totalmente desapercibida para quien no conociese el territorio. Y es que aquel secarral de lentiscos y acebuches no parecía la ubicación más idónea para un lugar tan sugerente que hiciese a los jóvenes de hace décadas atravesar fincas, caminos y trochas para darse un chapuzón. Sin embargo, campo a través por aquellos parajes, el sonido inconfundible de un salto de agua audible a una gran distancia, nos llevó hasta el lugar exacto.
Allí estaba el rincón secreto de los baños estivales de tantas generaciones. Ahí estaba, protegida entre moles de granito, adelfas y fresnos, alimentada con una cascada de agua cristalina, la poza antaño concurrida cuya ruta de acceso sólo se mantenía en la endeble memoria de un puñado de ancianos que hacía tres cuartos de siglo que se dieron el último baño allí. No es difícil imaginar las tardes de verano en aquella poza, en la que se vivirían amores, desamores, peleas, encuentros,... Aquellos muchachos y muchachas sin duda tenían en la poza un trocito del paraíso en el que zambullirse y hacer un hueco en lo que no debieron ser nada cómodas infancias y juventudes. Uno vendría de cavar el huerto, otro de aventar en la era, aquella de hacer la casa y aquel de guardar las vacas... Pero olvidarían sus cansancios y a cada atardecida romperían el silencio de aquellos campos con sus gritos y chillos. Cuando estos jóvenes, hoy octogenarios, vean pasar a la chavalería camino de la piscina municipal, posiblemente piensen que cuando aquello, cuando la Poza de la Acebuchosa, ni había piscina ni falta que les hacía.
Habitualmente, recorriendo paisajes y territorios naturales, se acaba asociando casi indefectiblemente la presencia humana a un retroceso de lo vivo y de lo natural. La magia salvaje de un enclave suele ser inversamente proporcional a la influencia que sobre este ha ejercido la mano del hombre. Pero muy de cuando en cuando, se encuentra uno con rincones en los que se intuye que, con la marcha de las personas que disfrutaron en aquel lugar, también se perdió parte de su magia.

martes, 10 de agosto de 2010


"Es asombroso lo que uno puede ver cuando se sienta a mirar"

Calpurnia Virginia Tate

lunes, 9 de agosto de 2010

Tierra quemada


Desde finales de la última glaciación, hace unos 12.000 años, en todo el entorno mediterráneo el fuego ha sido un elemento natural transformador del paisaje al que se han ido adaptando las especies. Los incendios causados por tormentas u otras causas naturales han sido agentes que, no sólo eran tolerados por los ecosistemas mediterráneos, sino que formaban parte de él, igual que los monzones forman parte de los ecosistemas tropicales o las sequías de lustros de las sabanas africanas. Las superficies quemadas por incendios que, aunque cíclicos, debían de ser escasos, no tardaban en regenerarse influenciadas por los inmensos territorios forestales que los rodeaban. Así, el sur de Europa en lugar de estar conformado por un monótono bosque de quercíneas, estaría salpicado por áreas en distintos grados de regeneración, en los que se darían cita múltiples estadios de vegetación que aportarían una gran diversidad biológica a los ecosistemas. Este equilibrado escenario, en el que la destrucción causada por el fuego era insignificante en comparación con la capacidad de recuperación de una naturaleza salvaje y sin trabas, cambió radicalmente hace unos 4.000 años. Las aún incipientes agricultura y ganadería eran de carácter itinerante y, como aún hoy sucede en la amazonía y en las selvas del África central, necesitaba cada pocos años de nuevas extensiones que eran robadas al bosque mediante el fuego.
La primera referencia histórica de un incendio en nuestro suelo nos la ofrece Diódoros, cuando explica el origen del nombre de los Pirineos. Según él, derivaría de Pyros – fuego- debido a los colosales incendios que causaron los primeros colonizadores en esta cordillera. Al parecer, pretendían que el fuego fundiese las menas argentíferas que escondían estos montes y que la plata manase líquida al exterior. Al margen de tan fantasioso objetivo, Diódoros cuenta que el incendio duró años, arrasando la práctica totalidad de los bosques pirenaicos desde el Mediterráneo hasta el Cantábrico.
Los episodios bélicos también jugaron un importante papel histórico a la hora de convertir en cenizas los bosques ibéricos. Durante la romanización, los colonizadores consideraron la foresta un intrincado escondite más apropiado para la guerrilla indígena que para las tácticas bélicas de la legión. Una vez romanizada la península, la riqueza forestal no gozó de mayor aprecio por parte de unos colonizadores más interesados en obtener rendimientos agrícolas, ganaderos y mineros que silvícolas, produciéndose la que quizá fuese la mayor deforestación sufrida nunca en el entorno ibérico.



Ya en el s. VIII, en plena reconquista, Alfonso I lleva a cabo un plan para Yermar los campos góticos hasta el Duero y extender el reyno de los cristianos. El objetivo era crear una franja estéril que impidieses a los árabes volver a lo reconquistado y para ello se incendiaron la práctica totalidad de los montes de la cuenca del Duero. Sin duda se trataría de una oleada de incendios provocados con pocos precedentes.
Con el paso de los siglos, los procesos de degradación fueron acelerándose con progresión aritmética, mientras que a los de regeneración les surgieron cada vez más trabas.
Un hito que aparece en los anales como causante de gran parte de los incendios que deforestaron gran parte de la península en el s. XIX fue la aparición del ferrocarril. Locomotoras que expulsaban partículas incandescentes y que provocaban chispas con sus ruedas, incendiaban sistemáticamente los bosques y montes cada vez más frecuentemente atravesados por vías de ferrocarril. Por si fuera poco, la práctica totalidad de los planes forestales, pasaba por reforestar con especies foráneas de crecimiento rápido (Eucaliptos, pino insigne,…), rentabilidad a corto plazo y gran inflamabilidad. Esto no hizo sino agravar exponencialmente la condición de superficies potencialmente incendiables de nuestros bosques.

Hasta llegar al panorama actual, en el que la riqueza forestal ibérica está representada por escasas y pequeñas islas de bosque inconexas y diseminadas, con una tremendamente menguada cuando no nula, capacidad de regeneración, y diezmadas verano tras verano por tal cantidad de incendios que la propia existencia de zonas forestales más o menos extensas en la Península Ibérica en unas décadas es más que dudosa. Sin embargo los grandes incendios son cada vez menos frecuentes, sencillamente porque no van quedando grandes extensiones de bosque que puedan arder. Como estremecedor ejemplo, el de la gigantesca ola de incendios que azotó hace seis años el territorio portugués y en el que se calcinó el 23% de sus bosques. Desde entonces, los grandes incendios en Portugal han disminuido un 25%.
Las soluciones son tan conocidas como poco llevadas a la práctica, como repoblación con autóctonas, impedir que se especule con la madera y los territorios quemados, etc.,...
Pero independientemente de la dificultad o facilidad para llevar a cabo estas medidas, el problema esencial que hace que nuestros bosques ardan verano tras verano, cada vez con más virulencia, es el hecho de que estos no se consideren como algo prioritario que haya que conservar a toda costa. Probablemente cuando la sociedad y las administraciones comiencen a entender la verdadera importancia del bosque, el problema de los incendios se haya resuelto por sí solo, pues no quede ya nada por arder.

viernes, 6 de agosto de 2010

Susurros en la Cañada del Madroño


Cuando apareció José el Zahinero con sus cabras retintas, encaramadas todas ellas en las fragosas y afiladas pizarras de la Cañada del Madroño, solo los campanillos con sus badajos, sonaban inmersos en un eco sordo en el profundo valle agostado por las altas temperaturas del estío. La cañada es uno de los últimos lugares de la Baja Extremadura, donde el paisaje todavía se conserva con cierto encanto bucólico, donde se funden la silueta del pastor entre las charnecas , el ulular del búho en el roquedo y el contraluz de la luna escondida tras el follaje de la encina centenaria.
Fue territorio de lobos, los últimos fueron abatidos allá por el año 1974, lo confirman así los nombres de las sierras que la jalonan, Matalobos, el Lobero......son algunos de los muchos topónimos que dejaron como impronta los pobladores que antaño habitaron entre pizarras y jarales en estas escarpadas riberas del río Ardila.
Pero este tramo del río se caracteriza por guardar con receloso encanto algo de magia ambiental. Fue paso de contrabandistas, de pastores, de hombres fugitivos como nuestros últimos lobos, que vadearon el Ardila por este lugar de ensueño en su huída de las leyes portuguesas y españolas. En esta soledad aparente, el río se confiesa de forma eterna y sincera, haciendo testigos de su singladura a nutrias y garduñas........ a garzas y oropéndolas.......a espinos y acebuches, y como no, a la grácil libélula escarlata que se mece con la serena brisa de la mañana.

A José el cabrero.
Publicado por Seicoya

miércoles, 4 de agosto de 2010

Sin papeles



Trithemis annulata, una espectacular libélula africana que está ampliando progresivamente su área de distribución colonizando la orilla septentrional del Mediterráneo, según los científicos, debido al cambio climático. En la Península Ibérica fue citada por primera vez en 1981 y hace unos días fue el feliz hallazgo en nuestra incursión por el agreste Ardila fronterizo extremeño-portugués. Esta especie recién llegada a nuestra fauna, posee unas características que la hacen inconfundible con otras libélulas, como el color escarlata intenso del tórax y la cabeza, el rojo malváceo del abdomen y las venaciones rojas de las alas. Para soportar las horas de máxima insolación, al igual que otras especies africanas, adopta la llamada “postura en obelisco”, posándose con el abdomen paralelo a los rayos de sol, minimizando así la superficie de su cuerpo expuesta.
Recién venida del continente vecino, marca su territorio de caza y de cría a su antojo entre las orillas lusa y española del río Ardila. Se burla de las fronteras humanas, ella que puede, pues las libélulas sí que caben por la alambrada del estrecho .

martes, 3 de agosto de 2010

El insecto erudito


Aunque se trata del insecto más primitivo del planeta, el lepisma sabe más por lepisma que por viejo. Gracias al alarde lírico de algún taxónomo también se le conoce como pececillo de plata, aunque lo más sorprendente de este pequeño artrópodo son su alimentación y su hábitat, que vienen a ser ambos los libros. Se desconoce donde habitaba y de qué se alimentaba antes de la aparición de los libros, pero el caso es que sólo vive entre ellos, con un aplanado y escurridizo cuerpo escamoso que parece diseñado para desenvolverse entre sus páginas, de las cuales se alimenta. Pero este erudito del reino animal también posee exigencias propias de un gourmet y no se conforma con la degustación de cualquier obra: Se sabe que, con buen criterio, prefiere los ejemplares antiguos a los modernos (la pasta de celulosa moderna suele estar clorada, lo que no le resulta demasiado apetitoso) y los libros manuscritos a los impresos (la tinta orgánica de los primeros debe de ser un bocatto di cardinale frente a la química de los segundos). Otros tabúes gastronómicos del lepisma son los papeles satinados o las fotografías en color. Salvando estas aprensiones no se ha descubierto ninguna preferencia en cuanto a generos o autores y nada escapa a su apetito. Incunables, cómics, clásicos griegos, novelas eróticas, bets seller sobre templarios, libros de contabilidad, diccionarios, cuadernos de viaje, breviarios, compendios de farmacopea, poemarios, vidas ejemplares, cancioneros regionales, biografías no autorizadas, epítomes filosóficos, manuales de socialismo libertario, directorios de empresas, cuentos de Pío Moa, tratados mercantiles, obras satíricas, ensayos de psicología, biblias, protocolos de diplomacia, refraneros, atlas geográficos, narraciones de realismo mágico sudamericano, guías de teléfono,... Todo puede pasar por sus mandíbulas. Ninguno de los asiduos de las bibliotecas puede presumir de devorar los libros tan literalmente como el pececillo de plata.

Pese a su humildísimo aspecto, la cultura gastronómica de este minúsculo habitante de los anaqueles más venerables y antiguos, es enciclopédica. Aunque sólo fuera por eso, tan insólito animal debería de estar estrictamente protegido -medida que contaría con sus detractores entre los gremios de los bibliotecarios, archiveros y bibliófilos- así como su hábitat. Este último frente a posibles cambios futuros pues, según los estudiosos, parece que el lepisma no consigue adaptarse a medrar entre las páginas de ningún eBook.

"Es preciso estar mentalmente enfermo o ser el lógico enfermo de una ignorancia tenebrosa para disfrutar con la práctica de la crueldad, pero utilizar el instrumento de la retórica para que esa práctica perdure, convertida en derecho humano, es el acto demoníaco por excelencia".

Jorge Roos