"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Alanceamiento del toro de la Vega el 14 de septiembre de 2010 (s.XXI)


"Pero ¿qué placer puede causar a un hombre de cultura...
el que una espléndida bestia sea atravesada con una lanza de caza?"


Marcus Tullius Cicero (Orador, filósofo, jurista, político y escritor romano. 106-43 a.C. - s.I aC.)

lunes, 27 de septiembre de 2010

El pájaro serpiente


En estos días de septiembre en los que el verano aún se resiste a partir, pero en los que, gracias a las frías mañanas y a las cada vez más menguadas tardes se barrunta ya la estación otoñal, una extraña criatura atraviesa de norte a sur la Península Ibérica en dirección a los trópicos africanos. Es el Tocecuellos (Jynx torquilla), insólito pájaro más oído que visto y tan discreto que, a menudo, su presencia en un lugar pasa totalmente desapercibida por lo que su observación constituye un regalo para cualquier naturalista. Parte de esta discreción se debe que efectúa sus movimientos migratorios siempre durante la noche y a que durante el día permanece perfectamente mimetizado en las cortezas de los árboles gracias a su plumaje.


A pesar de que a simple vista se asemeja a un paseriforme, se trata de un minúsculo miembro de la familia de los picos y pájaros carpinteros. El moteado e intrincado diseño de su pardo plumaje dorsal recuerda al de los chotacabras y el barrado del plumaje frontal, al de un gavilán en miniatura. Es un ave eminentemente trepadora especializada en la captura de hormigas y de sus larvas, para lo que utiliza su larga lengua. Para nidificar ocupa agujeros en árboles, no dudando para ello en desalojar a los inquilinos que los hubiesen utilizado antes y ni en destruir sus nidos. Pero lo más extraordinario del torcecuellos es el comportamiento que le da nombre. Cuando es sorprendido en el nido eriza las plumas de la cabeza y comienza a contonear el cuello lentamente, estirándose y encogiéndose, mientras emite un sonido similar al de una serpiente. Entonces, en el costado y la parte trasera del cuello le aparecen unas franjas longitudinales oscuras que acaban de completar la representación, dando la sensación al intruso de tener que enfrentarse a una culebra. Actitud parecida muestra antes de entrar en el agujero de algún tocón mientras busca lugar para su nido o cuando es capturado, llegando a voltear 180º la cabeza.


Antaño abundante en sus zonas de cría, ha sufrido una drástica disminución durante las últimas décadas, llegando a ser considerada una especie rara. A pesar de ello, con cada inicio de otoño, enigmáticos pájaros serpiente siguen utilizando discretamente nuestros campos y jardines como áreas de descanso en su periplo migratorio, dejándose ver solo por los naturalistas más observadores y afortunados.

viernes, 24 de septiembre de 2010



"Vivir en el mundo sin conocer las leyes ocultas de la naturaleza
es como ignorar la lengua del país en el que uno ha nacido"

Hazrat Inayat Khan (Místico musulmán sufí)

jueves, 23 de septiembre de 2010

¿Saben contar los animales?


Una fábula cuenta que un cuervo construyó su nido en lo alto de una torre. El propietario quería atrapar a cuervo, para lo que subía a la torre y, escondido, lo esperaba pacientemente. Pero el cuervo, que veía al hombre entrar y no salir, siempre esperaba hasta que este se marchase para volver al nido. Al hombre se le ocurrió una idea: Subiría acompañado de otra persona que, al poco, abandonaría la torre, haciendo creer al cuervo que ya no quedaba nadie en esta (Idea que, por cierto, es frecuentemente utilizada para la observación de aves en hides). Pero el astuto pájaro se percató de que entraban dos personas y sólo salía una, por lo que tampoco se acercó al nido hasta que el cazador hubo abandonado el lugar. Este entonces, repitió la experiencia pero siendo esta vez tres personas las que subiesen a la torre, pensando que así despistaría al pájaro. El resultado fue idéntico, pues el pájaro supo distinguir entre las tres personas que entraban en la torre y las dos que la abandonaban. Lo mismo ocurrió cuando fueron cuatro las personas que entraron en la torre y sólo cuando fueron cinco, el cuervo cayó en la trampa y fue capturado. Comprobando de paso cómo los cuervos saben contar hasta cinco.

La fábula nos introduce de lleno en una apasionante cuestión: ¿Saben los animales contar? La respuesta a la pregunta va más allá de la etología y entraña claves relacionadas con lo similar o disímil que el funcionamiento de nuestro intelecto es al de otros animales. El acto de contar supone un ejercicio totalmente simbólico para el que es necesario manejar mentalmente elementos netamente abstractos como son los números. Este proceso depende de conceptos y procesos cognitivos complejos relacionados con la adquisición de un lenguaje, aunque también depende de mecanismos innatos.

Como el cuervo de la fábula, los macacos y los delfines son capaces de contar hasta cinco, según se ha conseguido demostrar en laboratorio. Se ha constatado que distinguen claramente entre grupos de 1 y 2, de 2 y 3, de 3 y 4 y de 4 y 5 elementos. Además son capaces de ordenarlos de mayor a menor, para lo cual es necesaria una alta capacidad mental de asociación y de interpretación de conceptos abstractos. Cinco puede no parecernos una cifra demasiado meritoria, aunque podemos situarla un poco en contexto si tenemos en cuenta que un niño de cinco años sólo puede diferenciar hasta cuatro. En la clase de las aves, está constatado que los avestruces, fochas y las anátidas perciben cuando les falta un huevo o un pollo, incluso cuando forman parte de un grupo relativamente numeroso. Se trata de habilidades matemáticas muy rudimentarias pero que denotan la capacidad para desarrollar el proceso mental de contar.


El avestruz es una de las aves que ha demostrado saber contar y distinguir cantidades muy parecidas de elementos.

Más sorprendente resultan datos como los que nos hablan de peces con estas capacidades. Según se ha demostrado en la Universidad de Padua, la gambusia – pequeño pez originario de zonas pantanosas de Centroamérica y Norteamérica- es capaz de contar hasta cuatro. Las hembras de esta especie, cuando son acosadas por un macho, tienen la costumbre de escabullirse en medio de un cardumen de otras gambusias. Puesto que la hembra pasará más desapercibida en un grupo mayor que en otro menor, siempre tiende a optar por el conformado por el mayor número de gambusias. Los científicos fueron reduciendo la cantidad de ejemplares de los grupos a elegir y la diferencia entre estos, llegando a una sorprendente conclusión: La gambusia hembra es capaz de diferenciar entre uno y dos peces, entre dos y tres peces e incluso, entre tres y cuatro peces. Sin embargo, no es capaz de diferenciar entre cuatro y cinco peces ni entre cardúmenes más grandes.

Gambusia o Pez Mosquito


Se han hecho experimentos parecidos con ratas, primates, gallinas, lémures, loros y anfibios, demostrando que, de una u otra forma, poseen la capacidad para discernir y utilizar “el sistema aproximado de número”. Este sistema sería el que permitiría a los bebés de más de seis meses evaluar el número de objetos de una forma aproximada y sería el rudimento cognitivo que nos serviría de “antesala” para aprender a contar de forma simbólica. Recientemente el Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva de la Universidad de Valencia, ha demostrado que incluso un insecto como el Escarabajo de la harina (Tenebrio molitor) es capaz de evaluar de forma aproximada la cantidad de objetos en un conjunto.

Si tenemos en cuenta que nuestra propia mente, a pesar de lo evolucionada que nos pueda parecer, es incapaz de interpretar la magnitud real de estos símbolos numéricos cuando de cifras elevadas se trata, nos encontramos una vez más que las diferencias entre nuestra especie y el resto de las del reino animal, se reducen a una mera cuestión de grado.




miércoles, 22 de septiembre de 2010

Los herederos de Adán. Dando nombre a lo vivo.



Estatua de Carl von Linné en el jardín Botánico de Chicago



Hasta el siglo XVIII, cualquier intento de la ciencia de saber con relativa exactitud cuales eran las formas de vida conocidas, se topaba con un escollo insalvable: En cada zona las especies eran denominadas con uno o varios nombres vernáculos, haciendo imposible la tarea de catalogar los seres vivos o de distinguirlos de una forma concisa. No existía un sistema de clasificación universal que pusiese un poco de luz en una maraña de los infinitos nombres comunes con los que a lo largo del tiempo se habían ido denominando a las especies en los distintos idiomas y dialectos del mundo.
Esta caótica situación comenzó a ver su fin en 1753, cuando el naturalista sueco Carlos Linneo publicó su Species Plantarum, trabajo monumental de dos volúmenes que supuso el comienzo de la nomenclatura botánica moderna, en el que se clasificaban 7.300 especies de plantas. Con su Nomenclatura binomial, Linneo denominaba a una especie en latín mediante un nombre compuesto por el género seguido de la especie. A lo largo de su vida llevó a cabo una hercúlea labor taxonómica en la que, ejerciendo de moderno Adán y siguiendo ese sistema, dotó de nombre científico a miles de especies de todas las partes del mundo. Desde entonces la ciencia ha adoptado su sistema de clasificación taxonómica, en apariencia tan simple como perfecto, para ordenar y catalogar las formas de vida del planeta.



En el 2008, dos siglos y medio después, el Jardín Botánico de Misuri (EEUU) junto con los Reales Jardines Botánicos Kew (Reino Unido), emprendieron la tarea de unificar los distintos catálogos que los botánicos han realizado con las especies vegetales de todo el mundo. El ambicioso objetivo era crear un exhaustivo catálogo unificado con todas las especies vegetales conocidas del planeta, para lo que recopilaron 301.000 especies diferentes clasificadas. La sorpresa surgió al comprobar cómo para denominar a estas especies se utilizaban 781.000 nombres científicos, es decir, que seis de cada diez especies clasificadas están repetidas. Y aún quedan por cotejar unas 240.000 especies, sin contar con los helechos (10.000 especies) ni con las algas (30.000), que no estarían incluidas en el catálogo.
Los errores humanos acumulados a lo largo de doscientos cincuenta años, unidos a la falta de comunicación entre instituciones científicas y a la dificultad para el flujo de información científica en épocas pasadas, han propiciado que en un sistema de clasificación diseñado para ser exacto y universal, se den casos como que existan plantas con dos, tres e incluso doce nombres científicos distintos. En nuestra flora ibérica, podemos encontrar por ejemplo al Codeso, leguminosa arbustiva de flores amarillas cuyos nombres en latín son Adenocarpus complicatus, Adenocarpus anisochilus, Adenocarpus aureus, Adenocarpus desertorum, Adenocarpus gibbisianus y Adenocarpus lainzii. Es decir, seis nombres científicos, cuando en teoría una especie sólo puede contar con un único nombre. Otro caso, sin salirnos de las leguminosas ibéricas, es el de una especie de Tojo típico del Algarve portugués, que no sólo es que esté denominado como diferentes especies, sino que está clasificado en cuatro géneros y cinco especies distintas (Stauracanthus lusitanicus, Genista lusitanica, Echinospartum lusitanicum, Stauracanthus genistoides y Ulex genistoides) También se dan circunstancias como que existan 20 catálogos mundiales de flora distintos.




El Codeso, una especie con seis nombres científicos


El Tojo chamusco, especie incluida en cuatro géneros distintos


Para el próximo otoño se prevé que esté finalizado el nuevo Catalogo unificado de plantas. Con él se avanzará en el sueño de Carlos Linneo de tener clasificadas de la forma más exhaustiva posible a todas las especies conocidas de nuestro planeta. Y la misión de saber realmente cuales y cuantas son las especies que nos rodean, hoy – que somos conscientes de estar inmersos en la sexta gran extinción de la historia de la Tierra- resulta mucho más perentoria que en tiempos de Linneo.

viernes, 17 de septiembre de 2010



"¡Vergüenza de la moral que es digna de parias, y que falla en reconocer la esencia eterna que existe en cada cosa viva, y que brilla con inescrutable significado desde todos los ojos que ven el sol!"

Arthur Schopenhauer (filósofo)

jueves, 16 de septiembre de 2010

MANDRÁGORA: LA MANZANA DE SATÁN





Grabado en el que se representa a la "Mandrágora hembra" y a la "Mandrágora macho"

Manzana de Satán, Planta de Cícer o Mandrágora. Sin duda la especie vegetal que más influencia ha ejercido sobre los mitos europeos del medioevo y una de las que más carga legendaria posee. Era elemento indispensable de muchos untos y brebajes de brujas y hechiceras que desde tiempos inmemoriales supieron sacar partido de la escopolamina y la atropina, los alcaloides más abundantes en la planta. Estuvo siempre vinculada con la magia y posee un aura de misterio que generó durante siglos innumerables leyendas y tradiciones. A ello contribuyó sin duda, además de sus propiedades alucinógenas, la presunta forma humana de su raíz - con brazos, piernas, tronco y cabeza humanos- a la que se otorgaban propiedades sobrenaturales. Cosechar su raíz era un auténtico ritual pues se creía que al arrancarla de la tierra la plante emitía un chillido que hacía morir o enloquecer al que lo oyese. Por ello, después de cavar la tierra alrededor de la raiz, se encomendaba la labor de tirar de ella a una perra negra a la que se ataba a la base de la planta. Mientras se le fustigaba al animal con una vara para que tirase, otra persona hacía sonar un cuerno para evitar escuchar el chillido de la mandrágora. Otra tradición aseguraba que una raíz de mandrágora en una cajita de madera, a la que periódicamente se suministrase agua y alimento, garantizaba la buena fortuna del hogar en el que se encontrase. En la Edad Media estas raíces llegaron a convertirse en un artículo bastante demandado que alcanzaron altos precios, dándose lugar a falsificaciones con raíces de otras plantas.

Raíces antropomorfas de Mandrágora


Además de por sus connotaciones mágicas, desde tiempos de Plinio se utilizó por sus propiedades medicinales, considerándola un supuesto remedio para la impotencia, además de como analgésico (por sus propiedades narcóticas y soporíferas), como antiinfeccioso y como hemético. En su Herbarium, Apuleius prescribe "para la idiotez, que es enfermedad del diablo o posesión demoníaca, tomar del cuerpo de la planta llamada mandrágora el peso de tres peniques, administrarla para beber en agua caliente... el enfermo pronto se curará."

Pero cualquier atisbo de normalidad en la relación entre los usos humanos y la mandrágora se esfumó cuando comenzó a intensificarse la persecución de la herejía por parte de la Iglesia Católica, en concreto de la Santa inquisición. Las plantas mágicas, entre las que ocupaba un lugar predominante la mandrágora, eran uno de los elementos inherentes a los usos brujeriles, por lo que según el dogma, su uso era sinónimo de vinculación con las prácticas heréticas y había de ser combatido y perseguido. Ello no hizo sino acrecentar la leyenda de la planta, pasando de ser considerada benigna y medicinal a maligna y diabólica. Numerosos Autos de Fe juzgaron a personas acusadas de utilizar mandrágora, lo que servía como prueba ineludible de mantener tratos con el diablo o de llevar a cabo prácticas de brujería. En uno de los mas famosos, el celebrado contra cuarenta supuestas brujas de la localidad navarra de Zugarramurdi - de las cuales doce perecieron en la hoguera-, se acusó a dos de ellas por poseer la receta de una maceración alcohólica de hierbas entre cuyos ingredientes se encontraba la mandrágora. El que las dos jóvenes formasen pareja y viviesen bajo el mismo techo es un detalle en el que se intuye que el objetivo de la Santa Inquisición no eran sólo las brujas, sino los que con sus hechos o con su modo de vida, plantasen cara al orden establecido. La receta en cuestión era la copia de un documento elaborado por el alquimista Paracelso y que, como tantas otras cosas, estuvo a punto de desaparecer en las purificadoras llamas de la Inquisición, aunque milagrosamente se salvó y ha llegado a nuestros días. No se puede decir que corriera la misma suerte la ingente cantidad de información sobre farmacopea clásica y bajomedieval que en forma de tradición oral atesoraban las curanderas y que durante aquellas épocas de persecución desapareció para siempre.


Mandrágora en plena floración otoñal

Ajenas a nuestros avatares históricos, a nuestras supersticiones y a nuestras persecuciones religiosas, las plantas de Mandrágora (Mandragora autumnalis), esperan como cada año en las riberas frescas en las que habitan a que pase el verano. En poco tiempo, una vez caigan las primeras lluvias otoñales y las temperaturas bajen, de las antropomorfas raíces mágicas que pasaron aletargadas todo el estío, emergerán unas brillantes hojas seguidas de flores violáceas. Estas a su vez darán lugar a unas bayas anaranjadas que fueron las que dieron el nombre de Manzana de Satán a la planta mágica de las brujas.

Bayas de la Mandrágora.

lunes, 13 de septiembre de 2010

El gato del farero


No hace mucho dedicaba una entrada del blog a la extinción de la paloma migratoria, impresionante ejemplo del impacto humano sobre las especies con las que compartimos planeta. Pero no todas las extinciones causadas por la mano del hombre son tan espectaculares como la de aquella paloma. Precisamente cuando las antaño gigantescas poblaciones de palomas migratorias daban sus útimos estertores, en el otro extremo del mundo tuvo lugar un episodio de características totalmente distintas pero cuyo final fue el mismo: La extinción para siempre de una especie por parte del hombre - aunque en este caso de forma indirecta-. El desencadenante esta vez, lejos de ser una brutal campaña sistemática de caza y explotación, fue un acontecimiento absolutamente trivial y la víctima, en lugar de una super abundante especie, fue una modesta y discreta ave de pequeñísimas poblaciones que ni siquiera había sido descubierta por la ciencia.
La historia es tan sorprendente como breve y se desarrolló en la Isla de Stephens, un pequeño islote rocoso situado entre las dos islas mayores de Nueva Zelanda.





Isla de Stephens, en Nueva Zelanda


La isla está situada en un paso peligroso para los navíos por la abundancia de escollos, por lo que se instaló un faro, al que en otoño de 1895 fue a vivir un farero llamado David Lyall con su familia. Y como parte de la familia también arribaba a la isla su mascota, un gato llamado Tibbles. El gato no tardó en descubrir en la isla a unos pequeños pájaros nocturnos no voladores sumamente fáciles de atrapar. Se trataba del Xénico de Lyall (Xenicus lyalli), especie entonces no descubierta por la ciencia, aunque sí por el felino, a cuya caza se aficionó rápidamente. Era una especie parecida a los chochines europeos que, ante la falta de predadores en la isla, había perdido la facultad de vuelo y cuya población era sumamente reducida limitándose su distribución mundial a aquel islote.


El Xenicus lially era una pequeña ave nocturna no voladora que evolucionó en un ecosistema aislado y sin predadores.



El gato llevó a su dueño algunos de sus trofeos, 13 en concreto, dándose la circunstancia de que este era aficionado a la ornitología. Al no poder identificar a las presas de su mascota disecó ocho de ellos y los envió al Museo de Wellington, al famoso ornitólogo y banquero Lionel Walter Rothschild, quien se percató de que se trataba de una nueva especie, la describrió para la ciencia y la bautizó como Xenicus lyalli en honor al apellido del farero. Pero para entonces, la pequeñísima población de la especie había sido exterminada por Tibbles. Bastaron sólo los últimos meses de 1895 y la acción predadora de un sólo gato doméstico para que aquella especie pasase de estar absolutamente intacta, como había estado cientos de miles de años, a estar extinta para siempre. Nadie llegó a ver jamás un ejemplar vivo se este ave y, por supuesto nada se supo acerca de su biología, costumbres o reproducción. El hecho está considerado como la extinción más rápida que se conoce en la historia de la humanidad y muestra la extrema fragilidad de los equilibrios naturales así como los potenciales peligros de las especies foráneas en los ecosistemas. De forma parecida a como finalizó la historia de la paloma migratoria, como único recuerdo de esta extraña ave quedan unos restos disecados - mal disecados, por cierto- en varios museos de Inglaterra y Estados Unidos.



Lo que queda de la especie víctima del "gato exterminador". O del farero que lo llevó a la isla.





La combinación nefasta entre especies que han evolucionado en el aislamiento de ecosistemas insulares y predadores introducidos por el hombre, en este caso de gatos, se vivió mucho tiempo antes en las Islas Canarias. La introducción hace unos 2.000 años de los primeros felinos domésticos en el archipiélago supuso la rápida extinción de, al menos, cinco especies isleñas: La codorniz gomera (Coturnix gomerae), el escribano patilargo (Emberiza alcoveri), dos roedores gigantes de Tenerife y Gran Canaria (Canariomys bravoi) y (Canariomys tamarani) y el lagarto gigante de La Palma (Gallotia auaritae).

domingo, 12 de septiembre de 2010

Perico ligero y su antepasado gigante

Normalmente suponemos que las cualidades de las que suele dotar la carrera evolutiva a una especie para su supervivencia son velocidad, agilidad, fuerza, inteligencia, etc.,... Pero en las selvas sudamericanas existe una especie que ha ignorado totalmente esta suposición y ha evolucionado en dirección contraria, haciendo de la lentitud y ausencia de actividad su estrategia de supervivencia. Cuando los conquistadores españoles se encontraron con este insólito animal lo bautizaron - resulta obvio que de forma irónica- con el nombre de Perico ligero, con el que aún se le conoce en gran parte de su área de distribución y poco después los biólogos europeos lo llamaron perezoso.

Perezoso con su cría.

Para entender hasta qué punto le es eficaz al perezoso su extremada falta de movilidad y su aparente indolencia, nada como observarlo en su hábitat, las altas copas de las cecropias de cuyos brotes se alimenta. Su inmovilidad le hace pasar casi totalmente inadvertido y una vez localizado tan sólo se advierte lo que parece una masa informe e inmóvil de materia vegetal. A aumentar esa sensación le ayuda su largo pelaje en el que crecen algas y cianobacterias que le otorgan un color pardo verduzco y entre el que crían varias especies de polillas especializadas en tan peculiar hábitat.
Con sus grandes uñas se aferra a las ramas por las que se desplaza lentamente, tan lentamente que sus movimientos pasan desapercibidos a los predadores, que sólo suelen percibir los movimientos rápidos. Se trata del vertebrado superior más lento del mundo y toda su actividad se centra en cinco horas diarias, durmiendo las diecinueve restantes. Su digestión dura más de un mes y otro dato que evidencia su lento metabolismo es, además, un fenómeno único entre los mamíferos: Mientras el resto de mamíferos poseemos la capacidad de autorregular nuestra temperatura corporal para manenera dentro de unos estrechos márgenes vitales, el perezoso puede variar su temperatura corporal en función de la ambiental, pudiendo situarse entre los 24 y 33 grados centígrados.

Pero no todos los miembros de la familia podían pasar tan desapercibidos. Hasta hace 8.000 años por las tierras sudamericanas deambulaba otro tipo de perezosos, los Megaterios, que al contrario que sus parientes actuales - totalmente arborícolas- eran terrestres y que alcanzaban el tamaño de un elefante, llegando a los seis metros de altura cuando se erguían en posición bípeda. Al igual que otras muchas especies sudamericanas, los gigantescos megaterios se extinguieron con la llegada del hombre al subcontinente. Los primeros restos de esta especie fueron descubiertos por Darwin en Argentina y recompuestos en el Museo de Ciencas Naturales de Madrid, donde aún se exponen.

Esqueleto reconstruído de Megatherium americanum, localizado por Darwin y expuesto en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid

Curiosamente, en distintas etinas amazónicas existe el mito del Mapinguari, ser con la forma de un perezoso gigante que se desplaza por los enclaves más recónditos en las que ejerce de guardián de la selva. Los amantes de la criptozoología han encontrado en estos mitos la prueba de la supuesta existencia de supervivientes por descubrir del género extinto de perezosos. Los antropólogos y zoólogos en cambio, los interpretan como restos de tradiciones antiquísimas originadas cuando los antepasados de estas comunidades indígenas convivieron con estos formidables animales.









viernes, 10 de septiembre de 2010

LAS MATEMÁTICAS DE LA COLMENA


Desde que la teoría de la evolución fue aceptada, la ciencia se encontró con algunos hechos biológicos que parecían no cuadrar en absoluto con la lógica darwinista y que constituían auténticos rompecabezas para los científicos. El caso más emblemático es el de los insectos sociales, en el que la mayoría de los individuos renuncian a su capacidad reproductora y dedican su vida a trabajar para la colonia, dejando que sean algunos escasos individuos los que procreen y perpetúen sus genes al amparo del trabajo colectivo. Se trataría de un comportamiento “altruista” que no encaja con el “egoísmo” que subyace en la selección natural. Esta afecta al individuo y es este el que debe de perpetuar su carga genética en función de las aptitudes que para ello tenga. El propio Darwin postuló diversas posibles soluciones - como que la selección puede aplicarse tanto a la familia como al individuo-, aunque el problema siguió desconcertándolo toda su vida, al igual que al resto de biólogos y genetistas que estudiaron el asunto. No fue hasta el siglo XX cuando el genetista inglés John Burdon Sanderson Haldane, fundador de la genética de poblaciones, propuso una teoría que solucionaba el nudo gordiano. Y se trataba de una solución abrumadoramente simple emanada directamente de las matemáticas.
Según Haldanem el altruismo de un individuo con otro es directamente proporcional a su grado de cercanía genética (o grado de parentesco). A más cercanía genética, más altruismo manifestará el individuo. Si con nuestros hermanos, padres e hijos compartimos de media el 50% de nuestros genes, con nuestros tíos y sobrinos compartimos el 25% y el 12,5% con nuestros primos hermanos. En términos genéticos, la vida de un individuo vale lo mismo que la de dos de sus hermanos. Del mismo modo, un hermano posee el mismo valor que dos tíos o que cuatro primos. Siguiendo esta regla de tres se llega a una conclusión tan simple como asombrosa: existe más carga genética “mía” en tres hermanos míos que en mí propio organismo. Un acto altruista suicida en el que se salve la vida de un hijo no sería rentable genéticamente pues se perdería más información genética propia de la que se salva, aunque sí lo sería si se salva a tres hijos (o a cinco tíos o nueve primos).
Volvamos ahora a las colonias de insectos sociales, donde dejamos el problema de los ejemplares neutros que, en apariencia deciden mantenerse al margen la evolución, sacrificando su capacidad reproductiva en beneficio de los ejemplares que sí se reproducen. En una colmena, todas las obreras poseen un código genético extraordinariamente parecido. Su sistema de herencia genética hace que las hermanas posean una cercanía genética mucho mayor que los hermanos humanos, por ejemplo. De ese modo a una obrera, en términos genéticos, le es mucho más rentable cooperar con la colonia para que la abeja reina se reproduzca lo máximo posible y produzca el mayor número posible de hermanas, que intentar propagar sus propios genes a través de la producción de hijos propios. La ecuación de la rentabilidad genética del altruismo en los animales sería rxb/c>0 (Donde "r" es el coeficiente de parentesco, "b" el beneficio de la acción y "c" el coste de la acción). El cociente entre el beneficio de la acción para el otro y el coste propio de la acción multiplicado por el coeficiente de parentesco tiene que superar a cero. Para que una acción altruista que hiciésemos con nuestro hermano (con un 50% de nuestra carga genética) fuese rentable en términos genéticos, el beneficio que él obtuviese debería de ser mayor del doble de nuestro coste al realizar tal acción. En el caso de las abejas, que lugar de compartir el 50% de sus genes con sus hermanas comparten el 82% y en lugar de tener un hermano tienen hasta 80.000 hermanas, queda rotundamente claro que hacen mucho más por perpetuar sus propios genes ayudando a la reina que reproduciéndose.

En términos genéticos y a la hora de llevar a cabo acciones altruistas, un hermano, padre o hijo valen la mitad que uno mismo, un tío o sobrino la cuarta parte y un primo hermano la octava. (Foto: Familia real do Brasil)

jueves, 9 de septiembre de 2010

Un petirrojo en el infierno




La de un pequeño pájaro herido adoptado por una persona y cuidado hasta que este se recupera y es liberado, es una historia que, aunque hermosa, en principio tiene poco de extraordinaria. Pero la que de forma difusa llegó a mis manos y he tratado de recomponer, no tiene nada de vulgar aunque sí mucho de épica y bastante de extraordinaria. Se trata de un relato real que rezuma belleza y que convierte, una vez más, en sorprendentes a los mecanismos que modulan la condición humana.

Alguien encuentra un pájaro herido, un petirrojo en este caso, y decide adoptarlo e intentar curarlo. Lo especial de esta historia es que ese alguien es un soldado perteneciente al 6º Ejército alemán que combate en la segunda guerra mundial. Corre el mes de junio de 1942 y el 6º Ejército, tras cruzar las fronteras de la Unión Soviética atraviesa la estepa rusa en dirección a Stalingrado donde espera el grueso del Ejército Rojo para evitar su toma. A primeros de septiembre llegan las tropas alemanas la ciudad del Volga y con los primeros combates comienza un episodio de la historia que acabaría convertido en una auténtica masacre. Durante seis meses se libra la que está considerada como la batalla más sangrienta de la historia de la humanidad, en la que perecieron más de cuatro millones de personas. Los soldados de ambos bandos eran enviados al frente a una muerte segura, pues los generales alemanes y soviéticos eran conscientes de que la victoria de cualquiera de las partes sólo era posible a base de ingentes cantidades de muertos. Los combatientes se dirigían hacia las tropas enemigas incluso sin armas, para tomar las de sus compañeros muertos que avanzaban antes que ellos y en las retaguardias líneas de soldados de sus propios ejércitos disparaban a todo aquel que osase retroceder. Y el petirrojo pasaba de mano en mano cada vez que su eventual protector era enviado a una muerte segura hacia las filas enemigas. Se fue recuperando gracias a los esmerados cuidados de sus sucesivos padres adoptivos, pero el invierno se había acercado demasiado y sus congéneres ya habían emigrado hacia latitudes más meridionales, por lo que no podía ser liberado.
A mediados de noviembre las tropas alemanas quedaron cercadas por las soviéticas en Stalingrado. El ejército asediado sufría no sólo las elevadas bajas del cruento combate, sino unas condiciones infrahumanas en las que enfermedades como la disentería o el tifus se sumaban a la falta de víveres y agua potable así como a un excepcionalmente crudo invierno en el que se alcanzaban temperaturas de -25 Cº. Pero incluso en esas circunstancias, en medio de todo el horror de la peor batalla en la peor de las guerras, el pequeño pájaro siempre tuvo a alguien que asumiese la responsabilidad de darle comida, agua, calor y protección.



Las condiciones de las tropas alemanas asediadas en Stalingrado no propiciaban a simple vista el que aquellas personas se preocupasen de algo que no fuese su supervivencia.

En la mañana del 2 de febrero de 1943, tras 154 días que fueron un auténtico infierno de sangre y destrucción, los últimos soldados alemanes se rinden en los escombros de la fábrica de tractores Octubre Rojo. Del millón doscientos mil soldados que componían el 6º Ejército alemán, en aquel momento sólo sobrevivían 93.000. Y entre esos famélicos, agotados, desmoralizados, ateridos y enfermos hombres, uno de ellos portaba, seguramente en un confortable bolsillo de su casaca, al afortunado petirrojo.
Pero a pesar de haber finalizado el infierno de Stalingrado, la pesadilla no había llegado a su fin para aquellos soldados. Fueron conducidos a pie al campo de concentración de Gumrak situado a 25 kilómetros al oeste de la ciudad y durante la travesía murieron nada menos que las dos terceras partes de los prisioneros.
Y de los 30.000 soldados que formaban lo que quedaba del 6º ejército, otros 25.000 encontrarían la muerte en aquel campo de concentración. Pero siempre hubo alguien encargado de la protección del pájaro que fue finalmente liberado sano y salvo al llegar la primavera. Una criatura frágil y delicada sobrevivió tras pasar por el propio corazón del más brutal de los escenarios. Posiblemente voló libre para encontrar pareja y establecer su nido en algún matorral de la gran cuenca del Volga.

Si esta impresionante historia fuese una fábula, podría prestarse a moralejas sobre la esperanza en momentos en los que absolutamente nada invita a ella. Precisamente a esa esperanza encarnada en el pájaro podrían haberse aferrado sus respectivos protectores. También puede prestarse a reflexiones sobre lo complejo y paradójico de nuestras reacciones aún – o sobre todo- en momentos extremos. Existen datos sobre historias parecidas con gatos, perros, canasteras, milanos negros, alcaravanes e incluso oseznos. Personas sumidas en lo más parecido al horror absoluto, que positivamente saben que morirán en breve, a los que es evidente que para sus superiores forman una masa humana totalmente sacrificable, que no tienen qué comer y qué beber, se organizan de forma tácita y espontánea para hacer algo que casi con toda seguridad no harían en sus vidas normales anteriores: Proteger a un indefenso animal.

(Esta historia, de la que me llegaron sólo unos retazos, ha sido desentrañada y dotada de estructura histórica gracias al amigo Luis Salguero, gran conocedor de la historia de Stalingrado y de la ornitología.)

miércoles, 8 de septiembre de 2010

La galaxia perfecta


Impresionante imagen de la galaxia NGC 300, realizada por el Observatorio Europeo astral (ESO) desde el obsevatorio de La silla (Chile)


Se la conoce como "NGC 300" y es una galaxia perteneciente a la constelación Sculptor, visible desde el hemisferio sur. Es tan brillante que puede ser observada a simple vista y, aunque fue descubierta y catalogada en 1826, hasta ahora no se han realizado fotografías con alto grado de precisión. Lo más curioso de esta galaxia espiral relativamente cercana a nosotros es que, a decir de los astrónomos, es "más normal de lo habitual" o "inusualmente común". Dicho de otra forma, su estructura, forma y constitución se acerca de manera increíble a lo que sería el prototipo perfecto de galaxia espiral, lo que la convierte en ideal para su estudio. Al margen de las posibilidades de investigación que estas imágenes alberguen para la ciencia, los no astrónomos podemos quedarnos con el disfrute de su imponente belleza.

martes, 7 de septiembre de 2010

La especie que alcanzó la inmortalidad


Desde la noche de los tiempos, desde que el día en que el estepario homínido erguido dejó de serlo para ser humano, fue consciente de lo perecedera de su existencia distinguiéndose así de la mayoría del resto de criaturas. A partir de ese lejano punto de inflexión los homo sapiens hemos intentado esquivar el terror a la muerte, a la nada, con distintos mecanismos como las religiones, los mitos sobre vida después de la muerte, el paso a la posteridad mediante obras y monumentos, etc… En ninguna cultura, en ningún rincón del planeta y en ningún momento de la historia de nuestra especie, la humanidad se ha librado del anhelo de la inmortalidad. Anhelo frustrado por la “lógica biológica” que, sin embargo ahora, nos descubre que tal inmortalidad no sólo es posible, sino que se trata de algo habitual, aunque evidentemente no en nuestra especie.


Turrutopsis nutricula


Mide entre 4 y 5 milímetros y su cuerpo en forma de delicada campana con tentáculos es prácticamente transparente, con un enorme estómago rojo en su centro. Se trata de la pequeña medusa Turrutopsis nutricula, la criatura que, desafiando todas las bases de la cordura y tal como se ha descubierto recientemente, es inmortal. Procede de los mares templados aunque se está extendiendo por todo el planeta, moviéndose en las masas de plancton oceánico arrastrado por las corrientes marinas y transportada de un océano a otro en el agua de lastre de los grandes buques.
Esta preciosa medusa cuando llega a su estado adulto y cumple su ciclo reproductivo no envejece y muere, como sería lo habitual en otras especies de medusa. Por el contrario, comienza a modificar las células de su cuerpo – ya especializadas y diferenciadas- y las hace retroceder a una fase anterior a su especialización, hasta que forman de nuevo un ejemplar joven. En un caso único entre los seres vivos, la compleja medusa se transforma en un pólipo colonial y fijado al suelo semejante a los que forman los corales, con un organismo mucho más sencillo e idéntico al que tuviese en su juventud. En otras palabras, invierte su ciclo biológico para acabar convertida de nuevo en un individuo absolutamente joven, en el inicio de su etapa vital en el que no existen tejidos viejos ni información genética que “informe” sobre su edad real. Este mecanismo puede ser repetido una y otra vez, en teoría hasta el infinito, no existiendo en esta especie la muerte natural y convirtiéndola en la única realmente inmortal.

La Turrutopsis rejuvenece formando pólipos juveniles de un aspecto similar al de estas hydras

Por maravilloso y fascinante que nos pueda parecer el proceso de la Turrutopsis nutricula, es fácil imaginar lo humillante que podría resultar este fenómeno a quienes en épocas pasadas pensaban que, si había una especie merecedora de la inmortalidad, era sin duda la humana.