"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

sábado, 30 de octubre de 2010

Las fuentes de Darwin



Con una humildad aleccionadora, Charles Darwin relata en su autobiografía - que no ha sido traducida al castellano hasta 2008, 126 años después de su muerte- su afán por contribuir de alguna forma al conocimiento científico de la naturaleza. Como buen sabio que se precie, la modestia y sencillez marcaban su carácter y quizás nunca llegó a sospechar hasta que punto sus postulados supondrían el acta fundacional de la biología como tal, ni que sus teorías darían un vuelco sin precedentes a la relación entre el ser humano y el resto de seres vivos, dando de paso un contundente varapalo a la vanidad de nuestra especie. En esta autobiografía Darwin hace mención a la obra de Alexander Von Humboldt, nuestro naturalista de cabecera, y a la huella que dejó esta en él.

"Durante mi último año en Cambridge leí con atención y hondo interés el Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente de Humboldt. Esta obra y la Introduction on the Study of Natural Philosophy, de sir J. Herschel, suscitaron en mí un empeño ardiente por añadir alguna aportación, aunque fuese la más modesta, a la noble estructura de la ciencia de la naturaleza. Ningún libro, ni siquiera una docena de ellos, me influyó ni de lejos tanto como esos dos."

viernes, 29 de octubre de 2010

Detalle del hongo Xerocomus subtomentosus

"La alegría de ver y entender es el más perfecto don de la Naturaleza"

Albert Einstein

martes, 26 de octubre de 2010

El negocio de la Higuera y la Curruca



Uno de los dos miembros de la sociedad mide sólo 13 cms., recorre dos veces al año los 3.000 kilómetros que separan su fría Escandinavia natal de los campos ibéricos y por estas fechas se convierte en residente habitual de huertas, jardines, campos adehesados y zonas de matorral. Se trata de la Curruca capirotada (Sylvia atricapilla)
El segundo miembro puede alcanzar edades de varios siglos, vive con el hombre desde hace milenios y su querencia a la zona mediterránea lo ha convertido en uno de los prototipos vegetales de mediterraneidad. Es la Higuera o Ficus carica.
Ambos, pertenecientes a mundos tan distintos como los fríos campos de Noruega, Suecia y Finlandia, donde se intercalan prados rodeados por setos naturales con grandes bosques de coníferas y las soleadas campiñas del sur de la Península Ibérica, donde los olivares, viñas y huertas junto con los encinares aclarados, conforman un paisaje delimitado por paredes de piedra y caminos.
Pero una vez al año, en otoño, ambos se encuentran y renuevan un vínculo ancestral entre pájaro y árbol. La pequeña curruca, con un peso de sólo 15 grs., cuando llega al sur de Europa ha recorrido miles de kilómetros casi sin descanso y ha agotado prácticamente sus reservas energéticas. Y en el meridión ibérico le espera un extraordinario regalo. Se trata de la última camada de higos repletos de glucosa y fructosa – pura energía- que hacen que la curruca reponga fuerzas rápidamente. Esta, pese a tener una dieta eminentemente insectívora, hace una excepción con los frutos de la higuera. Aunque el regalo no es desinteresado, luego no es un regalo propiamente dicho, sino parte de un negocio. La generosa higuera, al ofrecer sus dulces frutos al pequeño viajero, también le da mezclados con la pulpa de los higos cientos de pequeñas semillas. Semillas que, por cierto, sólo pueden germinar tras su paso por los ácidos intestinales de un ave. Así, cuando complete la digestión de su feliz atracón de higos, la curruca - que estará con toda probabilidad bastante lejos de su árbol benefactor- , habrá contribuido sin proponérselo a dispersar todo lo posible la próxima generación de higueras. Higueras que, a su vez, serán el refugio energético de muchas generaciones de currucas allá en un lejano futuro.

Una relación simbiótica entre dos especies absolutamente distintas y de mundos distintos. Un negocio perfecto y sin contratos que viene llevándose a cabo cada otoño sin que se sepa que ninguna de las partes lo haya incumplido nunca.

sábado, 23 de octubre de 2010

¿Un alien entre la hojarasca?


Al principio, un pequeño huevo blanco rosado comienza a emerger del suelo. Su tamaño va aumentando progresivamente, poco a poco, hasta que un día comienza a romperse desde dentro la cutícula superior y las puntas de unos carnosos apéndices rojos comienzan a asomar por las grietas. Paulatinamente se ven surgir del interior lo que ya se perciben como unos viscosos tentáculos que van extendiéndose, desenrollándose y desperezándose mientras lo inundan todo de un fétido olor a carne putrefacta. Una vez desplegados los tentáculos, el aspecto de la criatura es el de una fantástica estrella de mar de color rojo intenso.



El escenario no es ninguna película de ciencia ficción, sino la mullida cubierta de hojarasca de un bosque caducifolio y el protagonista -aunque la historia real de esta criatura se no queda atrás en cuanto a insólita- no es ningún extraño alienígena. Se trata del Clathrus archeri un asombroso hongo que, aunque difícil de onservar, es cada vez más frecuente en nuestras latitudes.
Esta especie proviene nada menos que de las antípodas, concretamente de Tasmania, de donde se extendió a Australia y Nueva Zelanda para llegar hace unas décadas a Europa. La primera cita en el viejo continente data de 1914 y se cree que sus esporas llegaron de polizones en los cargamentos de madera procedentes de Australia y Nueva Zelanda que se utilizaban para las infraestructuras militares. Otras teorías afirman que llegó en la lana de ovejas procedentes de Nueva Zelanda, en las botas de los soldados o en el heno de los caballos. En España se localizó en 1963 por primera vez, en un monte de Guipúzcoa y todos los años son vistos algunos ejemplares en la península, principalmente en la zona norte, aunque se haya citado también en los territorios meridionales y personalmente los haya podido observar en la Sierra Norte de Sevilla.

Si extraordinarios son su origen y su abordaje a Europa, no menos lo es su biología. Cuando la valva – la corteza del “huevo”- se rompe para que emerjan los tentáculos, libera la parte fértil del hongo – la gleba-, una masa negra y gelatinosa que permanece adherida a los apéndices. Estos, debido a su color rojo vivo y al olor a carne putrefacta que desprenden, atraen a insectos, moscas principalmente, que se posan sobre ellos llevándose consigo adherida a sus patas parte de la sustancia pegajosa repleta de esporas. Estos insectos se convierten así en involuntarios aliados del hongo para esparcir las esporas.



Ejemplar de Clathrus semi maduro junto a otro aún en fase de huevo

El Clathrus se ha convertido pues en una estrella invitada de pleno derecho en nuestro maravilloso repertorio micológico. Sea gracias a las ovejas neozelandesas, a los soldados australianos o a los cargamentos de madera transoceánicos, en nuestros campos de otoño, por si hubiese pocas, existe una razón más para sentirnos maravillados.


Clathrus emergiendo entre la hojarasca

martes, 19 de octubre de 2010

El pueblo de Sirio y el Sol de las mujeres

Primera fotografía realizada a Sirius B orbitando alrededor de Sirius, su hermana mayor.


Sirio, Sirius o Alfa Canis Majoris. Es la estrella más brillante vista desde nuestro planeta (exceptuando al Sol) y pertenece a la constelación Can Mayor que sigue fielmente en su recorrido por el firmamento al gran cazador, Orión. Su presencia en el cielo es tan notable que es conocida desde la antigüedad por numerosas culturas. Para los egipcios, la salida helíaca de Sirio - su primera aparición por el horizonte este después de un período de invisibilidad de seis meses- anunciaba la inminente crecida del Nilo.

Situación de Sirius en la constelación Canis Major



Pero los conocimientos astronómicos que sobre esta estrella han tenido desde hace siglos algunas culturas menos evolucionadas técnicamente, van mucho más allá de lo que pueda considerarse como normal. Tal es el caso de los Dogon, una diminuta y remota etnia del Sahel, en África Oriental (entre la actual República de Malí y el antiguo Alto Volta). Su territorio se encuentra entre las tierras áridas del Sahara, al norte, y las zonas con influencia húmeda del centro del continente, al sur. Colinas con secas sabanas cubiertas de altos pastos y matorrales, conforman el paisaje de los Dogon. Este pueblo agrícola es poseedor de una mitología extremadamente rica y compleja, basando su cosmogonía en los ciclos del sistema estelar de Sirio, en lugar de en los ciclos solares, tal como ocurre en la inmensa mayoría de los pueblos del planeta. Pero lo realmente sorprendente se ha ido desvelando a medida que se han contrastado sus milenarios mitos con el conocimiento científico actual. Uno de esos mitos nos habla de una pequeña estrella que acompañaría a Sirius girando en torno suyo. Sorprendentemente, los astrónomos sospecharon la existencia de tal estrella en 1844 y la descubrieron en 1862 gracias al mayor telescopio de la época: Se trata de Sirio B, una enana blanca totalmente invisible a simple vista debid a su débil magnitud. Los mismos mitos describen detalles como el período de rotación de esta, que sería de 50 años y que utilizan como patrón cronológico para sus rituales. Recientemente los astrónomos han logrado calcular el período orbital de Sirius B y es de 50,04 años. Los Dogon, a día de hoy, tienen registrados históricamente cien de dichos ciclos, por lo que su conocimiento se remontaría al 3000 a.C. El mito describe a Po Tolo, como denominan a Sirius B, como una estrella de luz blanca formada por “sagala” un metal denso que sería el material más pesado del universo y que “ni entre todos los seres de la Tierra juntos podrían siquiera levantarlo”. La realidad coincide de forma inquietante con el mito pues tales características son propias de una enana blanca. Los Dogon afirman por otro lado que Po Tolo tarda un año en realizar un movimiento rotatorio sobre su propio eje, aspecto que, según apuntan todos los datos que aporta la ciencia moderna, cada día está más cerca de corroborarse como exacto. Otra estrella de la mitología dogon es el “Sol de las mujeres”, mucho mayor que Po Tolo pero cuatro veces más liviana, también con una órbita alrededor de Sirius, aunque a una distancia mucho mayor. La astronomía moderna confirmaría en 1995 la existencia de una tercera estrella, mayor que Sirius B aunque más ligera, orbitando en una trayectoria alejada de la estrella central .

La cosmogonía ancestral de los Dogon es tremendamente compleja y ofrece a los investigadores
numerosas incógnitas que aún no han encontrado respuesta

Según algunos investigadores – y teorías sobre contactos con civilizaciones alienígenas aparte- el saber de los Dogon podría proceder de una tradición milenaria, rastreable hasta las antiguas civilizaciones de Egipto y Sumer, mucho más avanzadas tecnológicamente, y cuyas nociones astronómicas se irían diluyendo con el paso de los siglos, quedando preservadas en una cosmogonía tan esquematizada y sistematizada como la de esta etnia africana. Algunas hipótesis hablan de una posible conexión con los griegos de Lemnos (descendientes de los Argonautas). Estos habrían tomado el saber astronómico de Egipto – que a su vez lo habría tomado de los sumerios- y habrían emigrado a Libia, penetrando hacia el oeste y, siglos más tarde, avanzando hacia el sur, hacia las riberas del Níger, de donde proviene originariamente el pueblo Dogon. De ser ciertas estas hipótesis, seguiría siendo inexplicable que los sumerios o egipcios poseyesen el conocimiento sobre fenómenos astronómicos que no han sido descubiertos por la ciencia occidental hasta recientemente.
Y dejando a un lado explicaciones más o menos plausibles, el conocimiento sobre el cosmos de este pueblo regido por los ciclos de Sirio da una impresionante lección a nuestra mentalidad occidental, cargada de complejos de superioridad y que frivoliza sistemáticamente todo aquello que provenga de las culturas ancestrales, mal llamadas "primitivas".

Anciano de la etnia Dogon

lunes, 18 de octubre de 2010

Viviendo sobre una duna: En el límite de la vida



Fructificaciones de Pancratuim maritimum en una duna costera (Foto: Ana Retamero Olmos)


Pocos lugares de la Tierra pueden llegar a ser tan inhóspitos para la vida vegetal como una duna costera. El suelo se encuentra en continuo movimiento y no existe un substrato fijo, pudiendo quedar tan pronto las plantas enterradas por la arena como con sus raíces desenterradas y expuestas al aire y al sol abrasador. Los granos de arena en suspensión arrastrados por los fuertes vientos costeros poseen un tremendo poder abrasivo sobre todo lo que encuentran a su paso. Los mismos vientos poseen una acción desecadora arrastrando cualquier resto de humedad y elevando enormemente los índices de transpiración de las plantas. La estructura de la arena drena rápidamente cualquier resto de humedad aprovechable por las raíces y posee una altísima tasa de evaporación, por lo que la sequedad del substrato es extrema durante la mayor parte del año. Esa estructura granular de la arena, por otro lado, impide la retención de nutrientes dando lugar a un suelo yermo, a lo que se unen unos elevados índices de salinidad. Pero la sal, además de en el suelo también está en el aire: Se trata de la sal eólica, formada por las partículas arrastradas por el viento – provenientes del agua pulverizada de las olas y también conocida como maresía o hálito marino- y que se deposita sobre la superficies de las plantas destruyendo células y tejidos.
Todo un cúmulo de adversidades que, sin embargo, no impiden que un puñado de especies dotadas de increíbles adaptaciones hayan colonizado un ambiente tan hostil.

(Pancratium maritimum en la Duna de Bolonia)


El Pancratium maritimum tiene sus órganos reproductores más sensibles protegidos de la arena y la sal por una gran corola. Como muchas de las especies de dunas costeras, florece en pleno verano, cuando los efectos del hálito marino son menos acentuados.
Esta planta ha adoptado un insólito mecanismo de dispersión, convirtiendo un problema en una ventaja: Cuando sus bulbos son desenterrados por el viento, estos se sumen en un letargo y mediante una proceso de deshidratación pierden gran parte de su masa manteniendo su volumen. De esa forma son fácilmente arrastrados por el viento hasta que encuentran con algún obstáculo. Entonces esperan a ser enterrados de nuevo por el mismo viento para salir de su letargo y llevar a cabo su ciclo en un nuevo lugar.


(Medicago Marina en la Duna de Bolonia)


Especies como la Medicago marina han desarrollado una densa capa de tricomas en hojas y tallos que les protege de la salinidad transportada por el viento, de la desecación y del efecto abrasivo de la arena en suspensión. Su porte postrado también es una adaptación frente al viento.


La Calystegia soldanella es otra especie que con su crecimiento a ras de suelo evita el azote del viento.

(Ammophila arenaria en la Duna de Bolonia)


El Barrón o Ammophila arenaria es una gramínea que ha desarrollado una gruesa cutícula que le protege de la sal marina y de la desecación del viento. Sus poderosos y profundos rizomas la anclan al suelo y permiten la acumulación de la arena transportada por el viento, modificando en ocasiones la morfología de las dunas móviles. En otras ocasiones, se limita a desplazarse “a lomos” de las estas: Como la arena transportada por el viento es obstaculizada por sus tallos, se deposita en el lado de sotavento de la duna. En respuesta al continuo desplazamiento de ésta se producen nuevos tallos al lado contrario, de manera que la planta se mueve en la misma dirección y velocidad que la duna. Esta especie es tan característica en este ecosistema que da nombre a la Comunidad vegetal de las dunas (Alianza Ammophilion australis; que tienen su óptimo dentro de los ecosistemas dunares)


La Salsola kali, otra curiosa planta adaptada a sobrevivir en las dunas, posee la sorprendente costumbre de, una vez finalizado su rápido y breve ciclo vital, dejarse arrastrar por el viento dispersando así sus semillas por amplias extensiones. La estampa de esta planta rodando por terrenos arenosos batidos por el viento es inherente de innumerables películas del western.



La Euphorbia peplis o Tártago marino posee una curiosa cutícula hidófoba que repele las gotitas de sal marina.



(Eryngium Maritimum en Duna de Bolonia)

El cardo marino o Eryngium maritimum, también posee una cutícula hidrófoba.



Poca agua, escasísimos nutrientes, fuerte viento, sol abrasador, sustrato inestable, altas concentraciones de sal en el suelo y en el aire,… este es el hostil panorama al que se deben de enfrentar las plantas dunares.

lunes, 11 de octubre de 2010

Cielo de otoño



Cada estación del año tiene sus propias constelaciones. Mientras que la Tierra con su movimiento es la que establece la visibilidad de estas a distintas horas de la noche, el movimiento del Sol es el que determina qué estrellas son visibles en cada estación.


En el mes de octubre el firmamento del hemisferio norte tiene como protagonista el llamado "cuadrilátero del otoño", formado por las constelaciones de Pegaso y Andrómeda que en esta fecha se sitúan exactamente el cénit.

Pegaso es una constelación enorme, aunque formada por pocas estrellas o cuerpos celestes relevantes. Tras esta constelación se oculta el fabuloso caballo volador surgido de la cabeza cortada de Medusa por Perseo. Despues de realizar numerosas heroicidades encargadas por los dioses, Pegaso se posó en la isla de Helión y del agujero que hicieron sus pezuñas en la tierra brotó la fuente de la sabiduría. Por ello se le consideró protector de poetas y pensadores.


Óleo de Rubens en el que aparecen Perseo, Andrómeda y Pegaso

Andrómeda, al contrario que Pegaso, es una constelación con cuerpos celestes importantes, entre ellos la propia galaxia de Andrómeda, una de las pocas visibles a simple vista. A la galaxia y a la constelación les da nombre la hija de Casiopea y de Cefeo. Condenada a casarse con el monstruo Ceto, fue liberada por Perseo con quien finalmente se desposó. Cuando murió, Atenea la situó entre las constelaciones del cielo del norte, junto a su esposo y su madre.


Galaxia de Andrómeda, también conocida como M31 por ser el trigésimo primer registro del catálogo realizado por el astrónomo Charles Messier en el s. XVIII


jueves, 7 de octubre de 2010

Mensajeras del invierno



Ayer miércoles seis de octubre, dos pequeños grupos de grullas - 14 aves en total - atravesaron los Pirineos y penetraron en la Península Ibérica. Se trata de la primera avanzadilla de la que posiblemente sea la migración de fauna salvaje más epectacular del viejo continente. A lo largo del próximo mes y medio, unas 150.000 grullas procedentes del centro y norte de Europa seguirán los pasos de estas pioneras para repartirse por las dehesas y siembras del Suroeste de Iberia.
Ayer miércoles quedó pues inaugurada la estación fría.

miércoles, 6 de octubre de 2010




"Uno no se conoce a sí mismo hasta que atrapa el reflejo de otros ojos que no sean humanos".

Loren Eiseley (antropólogo)

martes, 5 de octubre de 2010

La señal de las hormigas


Un chubasco veraniego es la señal



Normalmente son las tormentas veraniegas las que desatan el acontecimiento, pero en esta ocasión han sido las primeras lluvias otoñales. Un generoso chubasco sobre la tierra reseca y sobre el pasto agostado es la señal necesaria, el pistoletazo de salida del fascinante fenómeno.


Ejemplares alados de Messor barbarus, una de nuestras especies de hormigas granívoras más comunes, saliendo del hormiguero



La entrada del hormiguero que durante el verano ha vivido una actividad incesante de trajín de obreras haciendo acopio de comida y de soldados patrullando ha cambiado de aspecto radicalmente y cientos de hormigas aladas se agolpan saliendo al exterior por primera vez en sus vidas y emprendiendo el vuelo. La presión atmosférica y la humedad ambiental son las perfectas para acometer la aventura de iniciar una nueva colonia. El espectáculo es explosivo y efímero pues en menos de una hora todas habrán volado y la tranquilidad volverá al hormiguero. De mucho mayor tamaño que sus compañeras que vemos habitualmente, estas hormigas dotadas de alas son toda una generación de individuos (machos y hembras) fértiles – al contrario que las obreras y soldados, ambos estériles- que han permanecido a la espera de este momento en el interior del hormiguero. Con una coordinación asombrosa, miles de hormigas de todos los hormigueros de alrededor se van esparciendo con su torpe y corto vuelo por el aire. Los machos se apostan en lugares altos y visibles, como una brizna de hierba, y comienzan a segregar feromonas que atraerán a las hembras que, tras el apareamiento, inician el segundo y último vuelo de su vida, esta vez en busca del lugar apropiado para formar una nueva colonia.


Tras su primer vuelo, la hormiga alada se dirige a un lugar visible y alto


Cuando eligen el lugar, pierden automáticamente las alas y sin pausa comienzan a excavar una galería en la tierra humedecida por el recién amainado chaparrón. Su trabajo de zapa finalizará cuando excave al final del túnel una cámara de donde ya no se moverá el resto de sus días. Allí, la hembra convertida en solitaria reina, comenzará a expulsar de su abultado abdomen multitud de pequeños huevos que darán lugar a las hormigas encargadas de iniciar la colonia.




La reina, una vez desprendida de sus alas se dispone a excavar la primera galería de lo que será el hormiguero


Pero estos huevos no son los fecundados por el macho y las hormigas que de ellos nazcan serán haploides, individuos estériles condenados a trabajar el resto de su vida como obreras o soldados sin reproducirse. Esta primera generación de hormigas, alimentada con las reservas que la reina almacena en su cuerpo se entrega de inmediato, una vez alcanzada la madurez, a las tareas de alimentar a la reina, cuidar y alimentar a las próximas generaciones de hermanas y a ampliar el hormiguero. Paulatinamente la colonia va ampliándose y volviéndose más compleja. El hormiguero comienza a tener despensas, cámaras para los huevos, cámaras para las distintas fases de larvas y pupas, galerías de ventilación, etc.,…




Individuos de distintas castas de Messor barbarus


Un número cada vez mayor de obreras sale a diario a explorar un territorio cada vez más amplio en busca de alimento y un numeroso grupo de hormigas soldados, con sus desproporcionadas cabezas y fuertes mandíbulas, protegen a la colonia de intrusos. Ya por el mes de marzo, cuando la sociedad de las hormigas está perfectamente establecida y organizada, llegando a tener decenas de miles de miembros, la reina – cautiva en la cámara real que excavó el primer día y de la que debido a su abultado abdomen repleto de huevos ya no podría salir- comienza a poner otro tipo de huevos. Se trata de los que fertilizó el macho en aquella lejana y tormentosa tarde sobre la brizna de hierba y que desde entonces la hembra fundadora ha atesorado en su abdomen. De estos nacerán las larvas diploides que serán alimentadas con esmero por sus hermanas obreras con un alimento especial segregado por sus cuerpos y que contiene sustancias inductoras de las hormonas sexuales. En poco tiempo se convertirán en hormigas fértiles y provistas de alas que esperarán pacientemente su momento en lo más profundo del hormiguero. Su momento llegará cuando reciban la señal que recibió su madre y como ella sus antepasados durante miles de generaciones desde hace 130 millones de años. Cuando las gotas del chaparrón veraniego o de principios de otoño golpeen la polvorienta superficie del suelo, se prepararán para esparcirse por el aire y fundar nuevas colonias repitiendo el ciclo de las hormigas.

viernes, 1 de octubre de 2010

OJOS


El ojo humano, un prodigio evolutivo.


Uno de los órganos más eficientes y complejos a los que ha dado lugar la evolución es el ojo humano. Una máquina perfecta compuesta por más de dos mil millones de piezas, con una capacidad de captación y procesado de la luz que lo convierte en un extraordinario logro evolutivo. Cada ojo produce al día el equivalente a un millón de fotografías y si calculásemos su resolución tal y como haríamos con una cámara digital – es decir entendiendo resolución como el número de “puntos” de captación de luz o píxels- obtenemos la descomunal cifra de 576 megapíxeles (o 576 millones de píxeles). Gran parte de la información que recibe nuestro cerebro del exterior lo hace a través nuestros ojos, estando la percepción humana del mundo basada en un 70% en estímulos visuales, frente al 10% de los cánidos, por ejemplo. La complejidad de este órgano ha sido utilizado en ocasiones como argumento por los creacionistas para negar la teoría de la evolución, pues resulta complicado el seguir la pista evolutiva de un hipotético órgano primitivo predecesor del ojo hasta llegar al prodigioso globo ocular humano. Pero por desgracia para quienes se valen de interpretaciones erróneas de la ciencia, complicado no es sinónimo de imposible y hoy se conoce de forma más o menos precisa el maravilloso periplo evolutivo de este super órgano.
Aunque el ojo de nuestra especie es el mejor estudiado, existen animales cuya desarrollada capacidad de visión les da una merecida fama, como las rapaces nocturnas, los felinos o las rapaces diurnas. No obstante, en la mayoría de los casos se trata de especies altamente especializadas en un tipo determinado de visión y con una baja capacidad de adaptación a otras circunstancias. Así, las rapaces poseen una alta capacidad para poder ver a largas distancias pues poseen retina es muy rica en células fotorreceptoras, del mismo modo que algunos mamíferos, como los felinos, están dotados de bastones en la retina, lo que les permite ver en condiciones de baja luminosidad. Pero ninguno de los órganos de visión de estos animales posee la versatilidad y amplio espectro de percepción del ojo humano.

Increíblemente, existen criaturas que, en un ejemplo fascinante de convergencia evolutiva, aún estando – en términos evolutivos y taxonómicos- a años luz de nuestra especie, han desarrollado unos ojos tremendamente similares a los humanos. Se trata de los cefalópodos – calamares, sepias y pulpos- que, mediante un proceso evolutivo diferente han obtenido exactamente la misma solución adaptativa que nosotros para percibir el mundo a través de la luz. El ojo de los cefalópodos posee – como el nuestro- cristalino, córnea, iris, retina, humor cristalino, esclerótica, coroides y nervios ópticos, percibiendo un universo óptico muy similar al nuestro.

Gracias a los increíbles bucles de la evolución, los ojos de criaturas tan distantes taxonómicamente como los cefalópodos y los seres humanos son estructuralmente y morfológicamente casi idénticos.


Pero más allá de los órganos oculares más o menos eficientes o más o menos similares a los nuestros que tengan unas especies u otras, existe una criatura que en el campo de la visión es simplemente imbatible. Desde que hace dos décadas comenzaron a estudiarse sus ojos, los científicos fueron descartando la idea en más de una ocasión sugerida de que los ojos humanos eran la obra maestra de la evolución.
Se trata de la Mantis marina o Galera (Squilla mantis) un extraño crustáceo marino emparentado con las cigalas que, sin tratarse de un objeto de pesca excesivamente codiciado por el hombre, ha formado y forma parte de la culinaria mediterránea litoral. Y hasta hace unos años, pocos sospechaban que este invitado a su pesar en caldos, arroces y guisos de pescado, posee el honor de tener los ojos más complejos del reino animal.
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Mantis marina del género Squilla


Se trata del único ser vivo que es capaz de detectar Luz Circular Polarizada (CPL), al igual que hacen los lectores de CD y DVD o los transmisores de satélites. Sin embargo, estos detectan pocos colores, mientras que la Squilla los detecta todos. Es el único organismo conocido que puede detectar simultáneamente los cuatro componentes lineales y los dos circulares de la polarización requeridos por los parámetros de Stokes, que dan una descripción completa de la polarización. Por lo tanto, se cree que poseen una visión polarizada óptima. Poseen además 16 tipos distintos de fotorreceptores, mientras que los humanos tenemos 4. Son capaces de distinguir 100.000 colores distintos, cuando nosotros distinguimos menos de cien. Pueden ver un espectro entre el infrarrojo y el ultravioleta, ambos inclusive. Si midiésemos su resolución como la de una cámara digital, tendría 38.000 megapíxeles en cada ojo (frente a los, ya de por sí extraordinarios, 576 del ojo humano). Cada ojo está compuesto por tres bandas, cada una especializada en un tipo de visión distinta, teniendo receptores especializados en la forma y otros en el color. Las mantis marítimas pueden así ver el mismo objeto hasta con tres formas diferentes, poseyendo visión trinocular y percepción de la profundidad. A este prodigio ocular hemos de sumar los pedúnculos móviles sobre los que se asienta cada ojo, que le permiten cubrir completamente todo el ángulo de visión posible del animal, sin mantener zonas ciegas.

Los complejísimos ojos de la Mantis marina dan a esta la capacidad de recibir una información visual del entorno más completa que ningún otro ser vivo.

Este impresionante cúmulo de récords hacen que la Mantis marina, pese a tratarse de un invertebrado de pequeño cerebro y sistema nervioso relativamente rudimentario, sea sin duda el ser que de forma más perfecta perciba el universo a través de sus ojos.