"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

sábado, 8 de enero de 2011

Lobo vs Hombre


Lobo Ibérico (Canis lupus signatus)



A lo largo y ancho de las regiones templadas de Norteamérica y Eurasia, se repitió durante decenas de miles de años -posiblemente durante casi un millón de años- un choque entre dos especies excepcionales. Desde que a principios del cuaternario el hombre y el lobo comenzasen a compartir hábitat, se libró un formidable pulso que ninguna de las dos partes en absoluto tenía ganado de antemano. Dos animales con demasiadas cosas en común. Ambos mamíferos sociales, viviendo en clanes jerárquicos, formando familias, carnívoros y carroñeros, sumamente adaptables, inteligentes, capaces de organizarse para la caza, predadores de la mismas especies, territoriales a la vez que nómadas,… Excesivamente parecidos para tratarse de dos superpredadores que se disputaban la cúspide de las pirámides tróficas de buena parte del hemisferio norte. De hecho, desde que nuestros antepasados los Homo antecesor arribaron a Europa en el Pleistoceno no tenían a ninguna otra especie rival aparte del lobo. Otro tanto ocurría con el lobo, cuyo único enemigo directo era el hombre. El terror cundió durante muchos milenios en la manada de lobos ante el olor y el sonido de la lobada organizada por los humanos pobladores del valle. Del mismo modo que los aullidos lobunos erizarían el vello de nuestros antepasados en las largas noches de invierno neolíticas. El miedo atávico de aquellos hombres ante el cazador rival no era el miedo al oso, a la víbora o al uro enfurecido. No se trataba de una mera amenaza como estos. El lobo, además, era un competidor. Pero los hombres poseían una capacidad frente al lobo que, exceptuando al castor, al elefante africano y a las termitas, pocos animales poseen: La de modificar el paisaje en su beneficio. El pulso entre cánido y primate fue definiéndose y el primero comenzó a replegarse hacia los espacios más agrestes a medida que el resto de territorios se fueron domesticando y que las poblaciones del segundo comenzaban a crecer aritméticamente. Los humanos dejaron de ser eminentemente cazadores y los parches de los campos cultivados, los pueblos y las cicatrices de las vías de comunicación comenzaron a expandirse hasta no tener solución de continuidad: los reductos más o menos salvajes eran islas cada vez más reducidas y menos salvajes. Y a las herramientas humanas se sumaron las armas de fuego. Pese a que antes de su invención los cazadores humanos se las ingeniaron sobradamente para librar sin pólvora la batalla contra el lobo, la introducción de estas mortíferas armas supuso el punto de inflexión definitivo en aquel cruento conflicto milenario. A pesar de ello el gran cazador salvaje aprovechaba cualquier ocasión para cobrarle un tributo a los ganados humanos, llegando a adaptar su comportamiento a las nuevas circunstancias. Los ágiles y fuertes ungulados salvajes escaseaban cada vez más y eran sustituidos por rebaños de torpes y mansas reses fáciles de cazar, por lo que estaba claro cual era el cambio estratégico a seguir. Y, al mismo tiempo que estos cambios iban fraguándose, la mezcla de miedo y respeto que el hombre sentía por el lobo se fue mutando en odio con aires de revancha. Si para el hombre cazador-recolector el lobo era un competidor, para el agricultor-ganadero era una alimaña. El lobo encarnaba ahora todo lo malo y debía de ser exterminado. La visión antropocéntrica otorgaba a los animales cualidades humanas como valentía al león, bondad al cordero, astucia al zorro, nobleza al águila,… y el lobo se hizo acreedor de toda una sarta de vicios y defectos que nunca han dejado de pertenecernos, como cruel, sanguinario, perverso, vengativo, cobarde,…
Combatir al lobo se convirtió en el símbolo de luchar contra una naturaleza inhóspita a la que había que someter. Y a la que de hecho se sometió a base hachas, arados, incendios y arcabuces.



El lobo se llegó a convertir en la maligna representación de un cúmulo de defectos. Para el imaginario colectivo lobo era sinónimo de enemigo.



Y en todas las guerras hay quien se cambia de bando, especialmente al ganador. Hace unos treinta milenios algunos lobos optaron por asociarse a sus enemigos más acérrimos, los humanos. Fruto de esa alianza surgió el perro, un lobo en el mundo de los humanos, que fue utilizado durante siglos como una de las defensas más eficaces contra sus propios primos salvajes. En la foto un mastín extremeño -con carlanca al cuello-, raza cuya razón de ser es precisamente la defensa de los ganados ante el lobo. De la importancia que el imponente perro tuvo para los ganaderos nos hablan, por ejemplo, las ordenanzas del s.XVI que asignaban a los mastines la misma cantidad de alimento que a los pastores y que penaban con multas "de cinco ovejas en adelante" a quien les hiciera algún daño.


El Foyo do Lobos, en Camariñas, A Coruña. Los Fosos, Loberas, Cortellos, Chorcos o Caleyos eran trampas utilizadas desde el neolítico en la que el lobo es conducido entre dos muros de piedra - a veces de kilómetros de largo- que van cerrándose en forma de "V". En el vértice, un foso o pozo - en el que a veces se colocaba un animal vivo de cebo- sirve para atrapar al lobo. Posiblemente este tipo de trampas fuesen las obras humanas de mayor envergadura en la prehistoria europea. El enemigo a batir merecía el esfuerzo.



Hoy, cuando la mayoría de la población humana del hemisferio norte habita lejos del medio rural y la brecha que le separa de un medio natural que le es totalmente ajeno es de proporciones abismales, la mentalidad del hombre urbanita ha idealizado y edulcorado la imagen del lobo. Si del respeto y el miedo se pasó al odio, actualmente se tiende hacia la frivolización y hemos convertido al lobo en un amable y moderno emblema de la belleza salvaje. Tan alejado de la realidad y tan devirtuado como el sanguinario asesino que pretendían nuestros abuelos.

¿Podrá el magnífico lobo, nuestro antiguo competidor ecológico, el superpredador con el que un día compartimos hábitat, mantener su magia tras convertirse en objeto de consumo y de entretenimiento para urbanitas ansiosos de revivir la naturaleza perdida durante un fin de semana?

Huellas de lobo


Lejos queda la época en la que la distribución del lobo ocupaba prácticamente toda la tierra firme situada entre el paralelo 30 y el Círculo Polar Ártico y hoy representa una minúsculas y dispersas manchitas en el mapa coincidentes con algunos de los espacios mejor conservados y menos poblados de Eurasia y Norteamérica. Y lejos queda cuando a nuestros antepasados del cuaternario se les helaba la sangre al escuchar al aullido de su enemigo ancestral. Pero algo debe de haber quedado grabado de forma indeleble en nuestro código genético durante tantos miles de años temiendo y respetando al gran cazador. El estremecimiento que recorre a quien escucha el aullido del más extraordinario de los mamíferos del viejo continente.


5 comentarios:

  1. Beatriz Ramos Peñadomingo, 09 enero, 2011

    Preciosa entrada Manuel. Y dejas en el aire una reflexión interesante Como al lobo, hemos pasado de combatir con saña a algunas especies a convertirlas en símbolos de lo salvaje, en márketing, en objetos de consumo,... Por un lado se siguen cazando lobos y por otro los criamos para hacernos fotos con ellos en un parque temático (Qué fuerte el recorte que pones en la entrada)¿No puede haber un equilibrio entre los dos extremos?

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  2. Izaskun Urmenetadomingo, 09 enero, 2011

    Buen artículo para empezar el año

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  3. Juan Pedro Viñueladomingo, 09 enero, 2011

    Hay un libro extraordinario, no recuerdo el autor, que creo que ya te comenté, que se llama "El filósofo y el lobo". Narra la relación entre el filósofo y un lobo que adquiere desde cachorro hasta el final de su vida y lo que de él aprendió. Interesantísimo.

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  4. Juan José Romerolunes, 10 enero, 2011

    Magnífica entrada sobre un animal extraordinario. Y la noticia del periódico, sencillamente patética.

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  5. Interesante artículo para reflexionar. Quizás no sirva sacar conclusiones.
    Un saludo

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