"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

miércoles, 2 de febrero de 2011

El país de la canela

Río Napo en la amazonía ecuatoriana.

"Nosotros en la selva necesitamos armaduras, cascos, viseras y miles de cuidados, para protegernos de los insectos, de las plagas, del agua y del aire. Vemos amenazas en todo: serpientes, peces, púas del tronco de los árboles, ponzoña de las orugas vellosas, y hasta el color de los sapos diminutos de los estanques; pero a la vez comprobamos que los indios se mueven desnudos por esa misma selva, se lanzan a sus ríos devoradores y salen intactos de ellos, parecen tener el secreto para que la selva los respete y los salve.
No es que la selva los ame, no es que la selva sepa que existen, más bien lo contrario: que todos procuran no ser sentidos por ella. Se desplazan de un sitio a otro, no derriban los árboles, no construyen ciudades, no luchan contra la poderosa voluntad de la selva sino que se acomodan, respiran a su ritmo, son ramas entre las ramas y peces entre los peces, son plumas en el aire y pericos ligeros en la maraña, son lagartos voladores, jaguares que hablan y dantas que ríen.
La selva los acepta porque son la selva, pero nosotros no podremos ser la selva jamás".

Fragmento de "El país de la canela", obra del colombiano William Ospina en el que, por boca de uno de los participantes en la expedición, se relata la increíble odisea de Francisco de Orellana (nacido en Trujillo hace hoy 500 años) al descubrir y recorrer el río Amazonas, aventura que jamás había realizado ningún hombre blanco.

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