"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

martes, 1 de marzo de 2011

Las manzanas de oro de las Hespérides




Las leyendas griegas hacen mención de forma recurrente a un legendario lugar similar a un paraíso terrenal. Se trata del maravilloso Jardín de las Hespérides, un mítico país habitado por las ninfas del atardecer, en que reinaba la felicidad y la primavera era eterna. Pese a tratarse de un país mítico, antiguos autores como Plinio lo sitúan con gran precisión geográfica junto al océano, en el confín occidental del mundo conocido. Es decir, junto a las Columnas de Hércules, al final del Mare Nostrum, cerca de Gades

En este legendario jardín, que a la vez era el huerto de Hera - diosa de las mujeres-, crecía un fabuloso árbol de manzanas doradas que había sido ofrecido como regalo de bodas a la diosa por Gea en sus nupcias con Zeus. Este árbol, al contrario que los manzanos comunes, jamás perdía su follaje y producía su dorado y delicioso fruto, que proporcionaba la inmortalidad a quien lo probase, incluso mientras en el resto del mundo era invierno (¡Qué diferente al pérfido Árbol de la Ciencia, del Bien y del Mal de la mitología judeocristiana!). Pese a que las manzanas eran vigiladas por un dragón de cien cabezas, Hércules consiguió robarlas por lo que, las tres Hespérides, desesperadas, se convirtieron en un olmo, un sauce y un álamo. Por su parte, el dragón huyó avergonzado al cielo del norte, donde aún hoy podemos contemplarlo formando la gigantesca constelación "Draco" o "Sierpe". Finalmente, gracias a Atenea, las manzanas doradas volvieron al jardín donde deberían de permanecer hasta el final de los tiempos.


Hoy, mucho tiempo después de que el mito de aquel paradisíaco vergel dejase de ser tomado en serio por nadie, cada invierno, cuando Draco se ve más brillante, en el confín de poniente, en el extremo oeste del Mediterráneo, precisamente donde moraban las ninfas del ocaso, árboles con lujuriosas copas perennes se muestran repletos de extraordinarios frutos dorados. La ciencia y la historia nos aseguran que es materialmente imposible que el naranjo fuese el árbol de manzanas de oro de las Hespérides, entre otras cosas, porque fue introducido en esta zona por los árabes muchos siglos después. Aún así, la idea resulta tan sugerente que el propio Linneo otorgó la denominación botánica de "hesperidio" a los frutos de los cítricos.






Las hespérides bajo el árbol de las manzanas de oro. El jardín de las Hespérides de Frederic Leighton (1892).