"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

domingo, 24 de abril de 2011

ANTROPOCENO


Cuando el Nobel Paul Crutzen acuñó en el año 2000 la palabra Antropoceno para denominar el actual peródo geológico, numerosos científicos lo tacharon de antropocentrista, por suponer que nuestra especie puede, por sí sola, dar lugar a un período geológico. Pero poco a poco el término fue siendo aceptado y hoy el fin del Holoceno y el inicio del Antropoceno ya se estudia en las universidades como algo poco susceptible de ser discutido.
La justificación del nuevo término y del cambio de período vienen dados por el gigantesco cambio ambiental producido en la Tierra debido a la actividad humana. Algunos autores consideran como el comienzo del Antropoceno las oleadas de extinciones de fauna que tuvieron lugar hace 8.000 años (Antropoceno antiguo) cuando el hombre neolítico, en plena expansión agrícola, comenzó a dispersarse por los continentes. Estas desapariciones de especies fueron quizá el primer gran impacto a escala planetaria que nuestra especie proporcionaba a la biosfera. Una población humana que se multiplicaba a un ritmo vertiginoso, exterminó a numerosas especies, bien por la caza directa, bien por las alteraciones que estaba efectuando en los ecosistemas al cambiar bosques y estepas por campos de cultivo. Otros autores, en cambio, prefieren situar el inicio del Antropoceno en el momento en que los impactos se multiplicaron en número y potencia hasta límites inimaginables hasta entonces. Es decir, el comienzo de la revolución industrial en el s. XVIII. Desde ese momento de la historia los impactos de nuestra especie, no sólo sobre la biosfera, sino sobre la geología del planeta, han sido de tal calado que, a pesar del escasísimo lapso de tiempo transcurrido desde sus inicios – 8 milenios en la más generosa de las hipótesis, frente a las decenas de millones de años de cualquiera de los subperíodos geológicos- el fenómeno ha adquirido entidad propia como para motivar el cambio de período. Una de las principales alteraciones humanas de la biosfera han sido las mencionadas oleadas de extinciones. El colapso biológico que ha provocado la actividad humana en la ecosfera ha supuesto una pérdida del 30% de la biodiversidad entre 1970 y 2005. Según algunas estimaciones – y no las más pesimistas, precisamente-, el 50% de las especies que habitaban el planeta antes de la revolución industrial habrán desaparecido para siempre a finales del siglo XXI. Este porcentaje no tiene nada que ver con lo ocurrido, por ejemplo, en el Pérmico cuando el 95% de todo lo vivo del planeta desapareció. Pero tampoco son comparables los ritmos, pues la gran extinción del Pérmico tuvo lugar a lo largo de un millón o un millón y medio de años, mientras en que la actual estamos hablando de sólo trescientos años, un período que, en términos geológicos es escalofriantemente ínfimo.


El extinto Dodo de Mauricio puede considerarse como un caso paradigmático de especie aniquilada directamente por la mano del hombre.



Pero aparte del impacto directo sobre la biodiversidad, la acción humana se ha convertido en una fuerza geo-morfológiclógica planetaria de primerísimo orden. El actual sistema industrial de las sociedades del primer mundo pone en movimiento cada año un tonelaje de materias primas muy superior al de cualquier fuerza geológica (Ramón Fernández Durán “Antropoceno” 2011). El comercio mundial mueve por sí solo – con un incesante intercambio de materias primas de un lugar a otro del mundo- un tonelaje superior al que arrastran los aluviones de todos los ríos del mundo juntos. Nunca en la historia de la Tierra la corteza terrestre se vio sometida a fuerzas de cambio tan rápidas, si exceptuamos el período posterior a la formación del planeta hace 4.600 millones de años, en el que el manto y la cortezas aún no se habían estabilizado. Actualmente, cada habitante del primer mundo necesita 19 toneladas de materias primas anuales – incluidos cemento, petróleo, metales,…- . Al contrario de lo que ocurría en las sociedades agrarias, en las que el grueso de estos materiales eran biomasa generada en un radio de distancia relativamente corto, en nuestro caso se trata en gran parte de materias primas extraídas de algún lugar de la corteza terrestre, transformadas y transportadas frecuentemente a lo largo de miles de kilómetros.



En Tenessee, Virginia y Kentucky se lleva a cabo desde los 70 una actividad extractiva que provoca desproporcionados cambios sobre la corteza terrestre. Se trata de una modalidad extraordinariamente agresiva de minería de carbón a cielo abierto, que elimina literalmente las colinas en cuyas entrañas existen los yacimientos y, con los materiales de desecho, sepulta valles, ríos y cuencas enteros. Pese a los radicales y desastrosos efectos de esta actividad, resulta tan económica y es tan creciente la demanda de carbón a nivel mundial,que no parece que su puesta en práctica vaya a ser reconsiderada a corto plazo.

Vista satélite de la mina de diamantes de Mima en Rusia, una de las minas a cielo abierto más grandes del mundo. En el extremo superior se puede ver la meseta generada por los desechos de la explotación.


La presa de las Tres Gargantas es una de las mayores obras hidráulicas del mundo y, por consiguiente, una de las más lesivas sobre los ciclos del planeta. La devastación causada por proyectos de esta envergadura supera con creces la capacidad de asimilación y amortiguación de la biosfera.



De cómo hemos cambiado el aspecto y las características de la corteza terrestre, nos hablan dos datos: El 3% de los territorios emergidos se encuentran asfaltados o cubiertos de cemento y el 20,9% ocupado por cultivos. Aunque no sólo se cambian materiales de lugar y se altera el aspecto del planeta, sino que también se interrumpen las fuerzas geológicas que siempre modelaron el paisaje. Actualmente existen 160.000 presas en todo el mundo interceptando el flujo de agua y de materiales desde las tierras altas a los océanos y plataformas continentales. Pero este gigantesco metabolismo que excava, transporta, transforma, asfalta, hormigona y rotura, también engulle de forma desmesurada energía y el alimento que ha hecho psible su crecimiento y expansión es el petróleo. Sin él serían inconcebibles la inmensa mayoría de sistemas productivos, extractivos y transformadores de las sociedades actuales. Un petróleo acumulado durante millones de años en las capas medias y superiores de la corteza terrestre y sometido en cantidades ingentes a una combustión que- en un plazo también extraordinariamente corto- devolverá a la atmósfera el CO2 que, durante millones y millones de años fueron atrapando las criaturas de eras pasadas en sus tejidos. Es decir, dado que este metabolismo engulle de forma desbordada, también excreta de forma desbordada. Y esa es otra de las alteraciones de mayor trascendencia que nuestra actividad ha generado y está generando en la biosfera.




Los plásticos están formadas por moléculas de polímeros sintéticos prácticamente indestructibles que los sistemas del planeta no pueden asimilar y que, con toda probabilidad superarán en longevidad a cualquier civilización humana.



Por un lado, estamos inundando literalmente cada rincón del planeta de sustacias, como los polímeros, que los sistemas del planeta no son capaces de asimilar y que pemanecerán en los estratos geológicos millones de años después de que el último ser humano haya dejado de existir. Por otro, actualmente hemos alcanzado unos niveles de CO2 en la atmósfera de 387 partes por millón, como no se habían dado desde hace 650.000 años. Esta cantidad supone un 60% más de dióxido de carbono en la atmósfera que antes de la revolución industrial. Y este cambio, a su vez, genera otros, en las condiciones climáticas del planeta, de mucha mayor escala y de imprevisibles consecuencias, que a su vez se recombinarán con los elementos de cambio ya mencionados para dar mayor aún mayor magnitud a la huella generada por nuestra especie sobre el planeta.



Posiblemente a escala meramente temporal, parezca presuntuoso dedicarnos a nosotros mismos el génesis nada menos que de una nueva era geológica, pues la singladura de la especie humana es mínima para el reloj geológico. Pero analizando la profundidad y la perdurabilidad de la huella que en esa breve singladura hemos creado, el concepto no parece en absoluto descabellado.





Las penínsulas en forma de palmera de Dubai permanecerán en la morfología de nuestro planeta como una de las excentricidades de la especie que menos se cohibió a la hora de dejar su huella en el entorno.




El divulgador Alan Weisman cuenta en una de sus obras ("El mundo sin nosotros", 2007) cómo el paleobiólogo Doug Erwin le explicaba parte de la historia de la vida en nuestro planeta a través de un pedazo de caliza estratificada encontrada en una mina de fosfatos del río Yangtsé. Le señaló la franja inferior, repleta de pequeños fósiles de plancton, bivalvos y cefalópodos. “Aquí la vida era buena”. Se trataba de los sedimentos del Cámbrico. “Aquí la vida fue realmente mal”, dijo señalando otro estrato que correspondía con el Ordovícico. “Después la vida necesito mucho tiempo para mejorar”, explicaba mientras señalaba los sucesivos estratos. “¿Y esto?” Preguntó Weisman señalando la última capa, formada por una amalgama de color negro. “Esto… Esto es el antropoceno”. (La capa negra era un fragmento del asfalto de la carretera de la mina)



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