"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

viernes, 1 de abril de 2011

Los vigías del árbol mágico.


Justo donde se mezclan el bosque domesticado más antiguo del mundo, la dehesa, y el alcornocal que crece en la ladera de umbría, permanece desde hace mucho tiempo el árbol mágico. Con hoja de encina, aunque no encina; porte de alcornoque, aunque tampoco alcornoque; corteza de roble y fruto de quejigo. Es el extraño Mesto ("misto" en castellano antiguo), el escaso cruce entre la encina y el alcornoque, dotado desde la noche de los tiempos de propiedades mágicas y curativas, considerado por las culturas prerromanas como árbol totémico y aún hoy, gozador de un profundo respeto por parte de las gentes del campo. Y precisamente en la horquilla del mesto, en el carcomido hueco dejado por la que fue una de las tres grandes ramas del árbol, se afianza una vieja amistad. Como cada primavera, el fantasma de los crepúsculos y amaneceres ibéricos, el Cárabo (Strix aluco sylvatica) ha convertido el hueco del árbol sagrado en su baluarte, en el que se da cita con su pareja y en el que vigilan su tesoro más valioso: 3 ó 4 huevos depositados sobre la capa de serrín descompuesto que, para mediados de este mes, habrán dado lugar a la pequeña prole cubierta de níveo plumón. La pareja está dispuesta a defender su tesoro hasta las últimas consecuencias, siendo legendaria la fiereza de los cárabos cuando se encuentran en el nido, no dudando en atacar a quien ose ultrajarlo, sea culebra, gineta o humano. El concierto vespertino de los cárabos ya delata cambios, delata que algo pasa en el viejo mesto, pues han cambiado su habitual y calmoso "uhuuú-uuúh", por una especie de seco y enérgico "kiuiík". Y es que, durante la época de amores y de nidificación, los habitantes del mesto cambian su reclamo, como queriendo dejar claro el torrente de energía que poseen para afrontar la dura etapa que les espera. Durante los próximos dos o tres meses el mesto será un frenético ir y venir de los dos silenciosos cazadores, llevando al tosco nido ranas, ratones, alacranes cebolleros, musarañas, escolopendras, gorriones,... y un sinfín de pequeños habitantes de los cazaderos que rodean al mesto y que harán posible que los pollos salgan adelante. A mediados de verano, aún sin su mimético plumaje de adultos, los pequeños cárabos abandonarán el árbol protector y poco después se convertirán, como sus padres, en silenciosos fantasmas de los encinares y alcornocales atardecidos.

Posiblemente alguna primavera, uno de ellos, herede la morada en la horquilla del árbol mágico

2 comentarios:

  1. Deliciosa imagen y mejor texto. Espero que nos presentes a los polluelos allá a mediados de verano "cuando las libélulas vuelen al estío" como en la canción En el río de Amaral.
    Felicidades por tu bitácora¡¡
    Carlos Suarez

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  2. Hacía tiempo que el mágico Mesto clamaba por un hueco en la Bitácora...por fin llegó ese día!
    Preciosa entrada..

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