"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

martes, 28 de junio de 2011

Las selvas secretas de la Antártida

El capitán Robert Falcon Scott.


Era el 7 de febrero de 1912 y hacía veinte días que aquellos cinco hombres habían experimentado una de las decepciones más monumentales en la historia de la exploración de nuestro planeta. Tras casi dos durísimos meses internándose en el continente más inhóspito de la Tierra, la Antártida, la expedición británica liderada por el Capitán Robert Falcon Scott se topó de bruces con una dolorosa evidencia.
Una bandera noruega atestiguaba que otra expedición, la de Amundsen, había logrado llegar hasta el polo sur geográfico unos días antes que ellos, siendo los primeros humanos en pisarlo.







La denominada "Expedición Terranova" junto a la bandera noruega.





La expedición británica al completo. De izquierda a derecha, el capitán Oates, Browers, el capitán Scott, el Doctor Wilson y Evans.







Las condiciones climáticas - tan extraordinariamente severas como sólo se dan una vez cada siglo en la Antártida-, con temperaturas de hasta -40 Cº, pusieron aún más difícil el viaje de retorno de la fracasada expedición. Se encontraban exhaustos y enfermos, a una latitud de 82º Sur, dispuestos a atravesar el glaciar Beardmore, en la Cordillera Transantártica, cuando Scott econtró un curioso fragmento de roca que llamó su atención y que no dudó en añadir a la copiosa colección de muestras geológicas que portaban.




Glaciar de Beardmore, donde Scott encontró el fósil.







Fósil de Glossopteris




La avidez de datos científicos no se vio ensombrecida ni en aquellos duros momentos y en la hercúlea lucha por la supervivencia había siempre un hueco para la recogida de muestras, para medir temperaturas o para determinar latitudes. Cuando el 9 de marzo instalaron su último campamento, en el que perecerían, cargaban entre el equipaje más de 14 kilos de muestras geológicas que estuvieron recolectando prácticamente hasta el final. Esa era quizás la diferencia fundamental entre la expedición Británica y la Noruega. Mientras que para la segunda llegar al polo consistía en un reto competitivo, patriótico y estratégico, para la primera, además y sobre todo se trataba de un reto científico.



Hasta años después el fragmento que Scott encontró en el glaciar Bearmore fue estudiado desvelando su verdadera importancia. Se trataba de un pedazo de hulla con fósiles de Glossopteris, una especie de helecho arborescente con semillas común en el Paleozoico, hace unos 240 millones de años. Era la primera prueba que demostraba que en la Antártida, cubierta hoy por una capa de hielo de hasta tres kilómetros, hubo un tiempo en el que había bosques subtropicales, posibles gracias a un intenso efecto invernadero. Las selvas antárticas serían climatológicamente semejantes a los actuales bosques de helechos arborescentes de Nueva Zelanda. Hasta que hace relativamente poco, unos 14 millones de años, la temperatura bajó bruscamente y el continente quedó cubierto con la capa de hielo que lo conocemos hoy.





Los boques subtropicales antárticos debieron de ser similares a los de helechos arborescentes que actualmente existen en Nueva Zelanda.





Pero el pasado forestal de la Antártida posee un condicionante que lo hace aún más increíble: En aquel continente, al igual que hoy, los ciclos de luz solar se sucedían con días de seis meses y noches de la misma duración. Ello supuso un enigma a la comunidad científica que jamás se había planteado la posibilidad de la existencia plantas, incluso bosques, que estuviesen adaptados a vivir durante seis meses seguidos al año en la más absoluta oscuridad. Del mismo modo, actualmente no existe ninguna especie vegetal en el planeta que realice la fotosíntesis durante 24 horas al día. El profesor David Beerling, de la Universidad de Sheffield, ha llevado a cabo experimentos con una de las especies que se supone que convivieron con los extintos Glossopteris: El Ginkgo biloba. Para recrear las condiciones de la antigua Antártida, mantuvieron a los Ginkgos en invernaderos con una atmósfera en la que se habían elevado los niveles de dióxido de carbono y en los que se simulaban días y noches de seis meses de duración. Las plantas desarrollaron un desconocido mecanismo mediante el cual realizaban ininterrumpidamente la fotosíntesis durante los meses con luz, acumulando reservas en sus tejidos. En los meses de oscuridad, las plantas se nutrían de estas reservas y sobrevivían sin problemas. Quedaba pues demostrado que en la memoria genética de una especie tan antigua aún se conservaba latente una adaptación que le hizo posible sobrevivir en unas extremas condiciones hoy inexistentes. Otro fascinante enigma era el modo en el que sobrevivían los animales en aquellos bosques. Sucesivas expediciones posteriores a la de Scott han encontrado numerosos fósiles que evidencian la existencia de dinosaurios antárticos. ¿Realizaban migraciones hacia el norte en busca de la luz a la llegada del otoño? ¿O poseían adaptaciones que les hiciesen posible desenvolverse en aquellas largas noches? La respuesta fue a darla un fósil encontrado en el sur de Australia, que en aquella época se encontraba unida a la Antártida formando parte del súper continente Pangea. Se trataba del esqueleto completo de un Leaellynasaura, un dinosaurio cazador del tamaño de un canguro, con la extraña característica de poseer un cráneo marcado por enormes globos oculares, lo que indica que estaba adaptado a la visión nocturna. Es decir, por aquellos bosques de inmensas noches pululaban criaturas super adaptadas a tan desquiciantes ciclos de luz. Precisamente, el hecho de que unos restos hallados en Australia sirvan para identificar la antigua fauna de la Antártida, también está relacionado directamente con el fósil de Scott. Las huellas de Glossopteris que obtuvo la expedición británica sirvieron como evidencia a la hora de demostrar la teoría de la deriva continental. Uniendo las zonas geográficas de todo el mundo en las que se habían encontrado fósiles de Glossopteris se reconstruía, como con las piezas de un puzzle, el área de distribución de la especie en el súper continente Pangea, antes de que este se desgajase y diese lugar a los continentes que hoy conocemos.







El supercontinente Pangea tal y como se encontraba en el Paleozoico y en verde oscuro la distribución del Glossopteris. La reconstrucción de esta, gracias a los fósiles hallados, fue fundamental para demostrar la teoría de la deriva continental. A su vez, el indicio que desencadenó tal evidencia, fue el fósil recolectado por Scott.





Una pequeña piedra, fue demostrando con el tiempo que aquel fallido intento de conquistar el polo sur, pudo ser cualquier cosa menos infructuoso. La gloria quizás fue para la expedición de Amundsen, pero aquellos hombres que murieron perdidos en el inmenso continente de hielo, desnutridos, enfermos de escorbuto y congelados, no sólo estaban movidos por la búsqueda de la gloria. Su motor era la ciencia, la búsqueda del conocimiento, por lo que seguramente estarían más que satisfechos si hoy supiesen que en su saca de rocas y minerales llevaban algo que cambiaría la historia de la geología, de la paleontología y que nos abriría una ventana a esas extrañas y lujuriosas selvas subtropicales, adaptadas a la noche, que un día poblaron gran parte de la Antártida.








Selvas antárticas iluminadas por la luz del sol durante seis meses consecutivos y oscurecidas por noches de medio año de duración, conformaban un insólito ecosistema cuyas claves apenas se están empezando a desentrañar.

4 comentarios:

  1. Didáctico y evocador -como todas las entradas de este estupendo cuaderno- eres un fenómeno proporcionando lecturas interesantes. Ahora que nos acercamos al centenario de la conquista del Polo Sur, podemos recordar alguna epopeya más, a añadir a la historia contada en esta bitácora. La más famosa gesta científica de aquella expedición fue el llamado "viaje de invierno": durante cinco semanas, tres miembros del equipo de Scott, Bowers, Wilson y Cherry-Garrard, "se adentraron en lo más profundo de la noche polar" soportando temperaturas que oscilaban entre -50º C y -60º C. El objetivo, exitoso, era recoger huevos de pingüino emperador para estudiar sus embriones.
    Apsley Cherry-Garrard escribió en 1922 el libro por antonomasia de las expediciones polares: "El peor viaje del mundo". El final de sus novecientas páginas es antológico:
    "Son muchos los motivos que impulsan al hombre a ir a los polos, y el acicate intelectual está presente en todos ellos; pero en el fondo lo que cuenta es el deseo de saber, a secas, y en este momento no hay ningún lugar para obtener conocimientos que pueda compararse con la Antártida.
    La exploración es la expresión física de la pasión intelectual.
    Y diré una cosa: si tiene usted el deseo de saber y el poder de hacerlo realidad, vaya y explore. [...] Hay quien le dirá que está chiflado, y casi todo el mundo le preguntará: <¿Para qué?> [...] Si hace usted su correspondiente viaje de invierno, obtendrá su recompensa, siempre y cuando lo único que desee sea un huevo de pingüino."

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  2. Muchas gracias por tu comentario Luis (y por tu puntualización, ya trasladada a la entrada). Parte de la impresionante frase de Apsley la plasmé en la entrada "Malaspina: Viaje al conocimiento".

    http://labitacoradehumboldt.blogspot.com/2010/07/malaspina-expedicion-al-conocimiento.html

    El motor que tenían en común personajes tan distintos como Scott, Malaspina, Livigstone, Humboldt,... era su ansia de conocimientos, que les hacía olvidarse de las distancias, de los contratiempos, de los riesgos y de las incomodidades. Era otro tipo de viajes que tenían poco que ver con aquellos otros que buscaban oro, especias, rutas comerciales o territorios que colonizar. Ellos debían su vida a la ciencia, a aportar un poco de luz al conocimiento de este planeta y sabían que esa es una de las empresas más nobles en la que se puede embarcar un hombre. Hoy quizás no queden en la Tierra rincones remotos que descubrir a la usanza de estos científicos exploradores, pero siempre podremos deleitarnos con sus gestas y con la herencia de sus aportaciones a la ciencia. Saludos

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  3. Interesantísimo artículo, de apasionante lectura. Llegué a él buscando información sobre el actual deshielo de Groenlandia, y me alegro de haberlo leído. Es reconfortante pensar en Pangea a veces. Besos.

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  4. Me ha encantado el artículo, a demas de interesante

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