"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

sábado, 2 de julio de 2011

Náyades


En la mitología griega eran las ninfas que moraban en arroyos, manantiales y riachuelos y que velaban por su pureza. Eran seres muy antiguos, similares a las Oceánides marinas y a las Nereidas del Mediterráneo, aunque - al contrario que estas- sólo vivían en masas de agua dulce. Vinculaban su existencia a estas hasta tal punto, que si su arroyo o fuente se secaba, ellas acababan pereciendo. Aunque se trataba de seres mortales, poseían una gran longevidad y en ocasiones, como cuando murieron las abejas de Aristeo ("el guardián de las abejas") en Tesalia, sirvieron de sabias consejeras. Normalmente eran discretas y benéficas, siendo raro el manantial o arroyo que no estuviese habitado por una náyade o por un grupo de ellas.
Pero las náyades no sólo se encuentran en los libros de mitología y en las crónicas antiguas. También podemos encontrarlas en su hogar, en los ríos y arroyos mejor conservados.




"Náyades" de Gioacchino Pagliei





Aunque reconozcamos que su aspecto poco tiene que ver con el de sus homónimas mitológicas, las náyades que hoy podemos conocer en primera persona tienen mucho en común con aquellas. Y es que, como náyades también se conoce a un Orden de bivalvos de agua dulce similares a una almeja y mal llamados mejillones de río. Como aquellas, nuestras náyades son discretas y difíciles de observar, pues viven enterradas en los lechos arenosos del fondo de sus arroyos y ríos, precisamente donde tenían sus oráculos las ninfas acuáticas.




Una Náyade, concretamente del género Anodonta. Está claro que su aspecto no es el de las náyades clásicas, pero su historia no es menos extraordinaria.



Náyades del género Unio en el río Bodión









También como aquellas, se trata de criaturas antiguas, muy antiguas, habiendo permanecido prácticamente sin grandes cambios morfológicos durante los últimos 540 millones de años, desde el Cámbrico, cuando no existía casi ninguna de las formas de vida que hoy conocemos. Y, también como aquellas, hacen gala de una gran longevidad, pudiendo alcanzar siete u ocho décadas, algo insólito para un invertebrado de pequeño tamaño. Pero no acaban ahí las similitudes, pues si la razón de ser de las náyades griegas era proteger las aguas puras en las que moraban, otro tanto se puede decir de estas: Semienterradas en el fondo y con sus valvas entreabiertas, día y noche filtran el agua mediante una especie de sifón para retener las partículas en suspensión de las que se alimenta. Su papel ecológico a la hora de mantener las aguas limpias es crucial y una población sana de náyades puede garantizar la calidad de una masa de agua en condiciones naturales. No ocurre lo mismo cuando lo que altera el agua es contaminación química o, aún siendo orgánica. alcanza niveles elevados, en cuyo caso las náyades moluscas nos recuerdan otra similitud con las náyades fabulosas: La mortalidad.


Pero como en muchas otras ocasiones en la naturaleza, la realidad puede ser no menos fascinante que la leyenda. El increíble ciclo biológico de estos bivalvos comienza cuando el que ejerce de macho (son hermafroditas) expulsa su esperma en el agua y este es absorbido por el sifón filtrador de quien ejerce de hembra. Tras la fecundación y desarrollo de los huevos en el cuerpo de la hembra, las larvas eclosionan y son expulsadas al exterior, en un caso de viviparismo único entre los invertebrados. Las minúsculas náyades, que en nada se asemejan a sus progenitores, son arrastrados por las corrientes de agua hasta que casualmente llegan a su objetivo, las agallas de un pez. Teniendo en cuenta que para ello dependen de una alta dosis de azar - pues han de ser aspiradas con el agua de un pez durante su respiración- cobra importancia la ingente cantidad de larvas a las que puede dar lugar una náyade adulta, de las cuales una ínfima parte lograrán llegar a adultas. La horquilla de la casuística que daría lugar a una larva exitosa en su objetivo, se reduce tremendamente si tenemos en cuenta que cada especie de náyade está especializada en una especie de pez. Una vez en las agallas del pez se aferra a ellas y permanece alimentándose y creciendo durante varios años sin afectar negativamente a su anfitrión. A merced de este, mientras la larva se desarrolla, puede desplazarse grandes distancias, favoreciendo el intercambio genético entre poblaciones y la dispersión de la especie, algo de otro modo difícil para un animal tan limitado en el campo de la locomoción como un bivalvo. Cuando la pequeña viajera adquiere la forma de una almeja en miniatura, se desprende de las agallas del pez y se deja caer al fondo del río, donde se ancla enterrándose parcialmente, y comienza a filtrar partículas y a crecer a razón de unos milímetros de concha al año. La asociación entre la náyade y el pez resulta tremendamente interesante cuando en ella coinciden dos especies en peligro, como es el caso del pez fraile (Salaria fluviatilis) y la Margaritifera margaritifera. El primero es un pequeño pez de extraño aspecto que vive escondido entre las piedras de los rápidos de contadísimos ríos. La segunda es una gran almeja antaño recolectada para elaborar cachas de navaja y botones con el nácar de sus conchas, cuya distribución es tan reducida y sus poblaciones tan escasas, que ha cruzado la línea crítica de la supervivencia a largo plazo. Hasta tal grado llega la vinculación entre ambas especies, que sin el primero, la segunda no tiene futuro.







Pez fraile (Salaria fluvialitis)


La Margaritifera, una de las náyades más escasas.






En algunos afluentes del Ebro, por ejemplo, se han localizado poblaciones de Margaritifera en la que todos los ejemplares tenían más de 60 años, el tiempo que hace que se extinguió el pez fraile de aquellas aguas. Todos los años expulsarán cientos de miles de larvas al agua, larvas perdidas que nunca encuentran hospedaje en las agallas de un pez fraile. Cuando dentro de unos años esos ejemplares mueran, estas poblaciones finalizarán un ciclo de 540 millones de años sin dejar descendencia alguna.





Ríos como este Ardila en su tramo portugués, aún son vigilados por las náyades.

2 comentarios:

  1. Dices, Manolo, que como náyades se conoce a una familia de bivalvos, cundoen realidad, si te refieres a los unoniodae se trata de un orden, no de una familia. La familia sería la de los bivalvos. Independientemente de eso, enhorabuena porel artículo y por el blog.

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  2. Efectivamente Tana. He metido la pata cuando me refiero a las náyades como Familia, cuando son un Orden. Pero la familia tampoco sería la de los Bivalvos, pues estos son una Clase. Taxonómicamente, Familia está entre Orden y Género. En el Orden Unionoida existirían varias familias. Por ejemplo, Reino Animal, Phylum Moluscos, Clase Bivalvos, Orden Unionoida, Familia Margaritiferidae, Género Margaritifera y Especie Auricularia. Muchísimas gracias por la corrección que inmediatamente hago en la entrada. Un saludo.

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