"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

miércoles, 17 de agosto de 2011

El pájaro de los crepúsculos.




Chotacabras pardo (Caprimulgus ruficollis), oculto entre la hojarasca gracias a su increíble plumaje.


"¿Para qué sirve la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras ni las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque?"


Así se expresaba el Jefe indio Seattle en su archiconocida carta al gran jefe blanco de Washington. Si hace poco centrábamos nuestra atención en la fascinante polilla crepuscular, hoy lo hacemos en otro morador de esas mágicas horas del ocaso en las que el día ya no existe pero la noche aún no se ha afianzado.
Se trata del chotacabras, un ser extraño y misterioso que no es diurno ni nocturno y que se desenvuelve con soltura entre las equívocas luces del ocaso. Durante el día, permanece agazapado en el suelo pasando totalmente inadvertido gracias a su increíble y mimético plumaje. Pero cuando comienza a caer la tarde se deja oir con su enigmático e inquietante reclamo al que se refería el jefe indio. Como una golondrina gigante, con una boca desproporcionadamente grande y con un vuelo zigzagueante de planeos interrumpidos, atrapa a los insectos de los que se alimenta siguiendo la misma técnica predatoria de los vencejos y de las ballenas.


La desmesurada boca (más que pico) del chotacabras está recubierta de cerdas, lo que unido a su forma, la convierte en un auténtico embudo caza-insectos voladores.
El propio nombre ya entronca con la leyenda, derivando de la tradición que aseguraba que el chotacabras tenía al costumbre de mamar ("chotar") la leche de las cabras. A favor de esa creencia debió de jugar la costumbre de este ave de merodear alrededor de las majadas en busca de los insectos levantados por el ganado. De ahí quizás otra de sus denominaciones populares: Engañapastores.









En el enigmático tríptico del Jardín de las Delicias, el Bosco representó a un chotacabras con cuerpo humano, devorando a una persona desnuda que expulsa pájaros por el trasero.
A muchos miles de kilómetros de los atardeceres europeos surcados por los chotacabras, nos encontramos en otro atardecer muy distinto, el amazónico, con un inquietante sonido que perforaba el concierto de la selva. Se trataba de una especie de "ay-ay-mama" lastimero tremendamente parecido al llanto de un niño pequeño. Según nos contaron era el Nictibio, una especie de gran chotacabras arborícola, al que bajo ningún concepto había que contestar, pues ello lo atraería hasta el campamento, lo que sería causa de gran infortunio y de numerosas desgracias. Según la tradición Quichwa, el Nictibio sería la hija de un brujo, enamorada de un joven que desagradaba enormemente al padre. Este dio muerte al joven y convirtió a su hija en un espíritu de mal agüero que desde entonces vaga lamentándose por la selva. Más al oeste, en cambio, los Huaoraníes aseguran que se trata de una niña que se comportaba de forma muy cruel con su hermano. Este, harto, un día decidió vengarse y la hizo subir a un árbol muy alto y le dijo que esperase hasta que él regresase, dejándola allí abandonada para siempre. Desde aquel día, cada noche se escucha el llanto de la niña entre los árboles.






Nictibio (Nyctibius sticeus) mimetizándose en la selva amazónica como una rama seca.




Pero tan insólita ave guarda muchas más sorpresas. Volviendo a los indios de Norteamérica, los Hopis llamaban "Dormilón" al chotacabras. Según sus mitos, el pájaro permanecía durante buena parte de su vida durmiendo enterrado y así explicaban que, de repente, dejaba de ser visible durante varios meses del año. Los científicos consideraron la creencia absurda y achacaban la desaparición de chotacabras en amplias regiones durante el invierno a una migración a zonas más cálidas como la que efectúan cientos de especies. El problema surgió cuando alguien se se hizo a principios del siglo pasado una pregunta tan sencilla como cual era la zona de invernada de los chotacabras de las zonas desérticas de Norteamérica, pues no existía constancia de contingentes invernantes de esta especie en ningún lugar. Pero en 1946, el ornitólogo Edmund Jaeger descubrió la clave que resolvía un enigma: Un chotacabras oculto en una fisura de una roca, semienterrado, permanecía en estado de latencia y con el metabolismo reducido al mínimo. Es decir, en estado de hibernación. Poco después se demostró que, en un caso único entre las aves, esta especie hiberna tal y como lo hacen algunos mamíferos, anfibios o artrópodos. Y tal y como sabían desde hace siglos los indios Hopis a quienes la, a veces prepotente, ciencia occidental rechazó de forma precipitada. El dormilón de los hopis dio una lección de pragmatismo a unos científicos que estaban demasiados ocupados con "la teoría" como para escuchar a un pueblo que llevaba observando y escuchando a los extraños pájaros del crepúsculo durante generaciones y generaciones.







2 comentarios:

  1. Pues sí son fascinantes estos bichos alados...

    Por cierto, efectivamente el ave de la fotografía es un Chotacabras pardo, pero su nombre científico es "Caprimulgus ruficollis". El C.europaeus corresponde al Chotacabras gris.

    Un saludo!

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  2. Efectivamente Francisco.¡Muchas gracias por la corrección de la imperdonable pifia, que ya he subsanado! Y muchas gracias por entrar en el blog.

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