"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

domingo, 23 de octubre de 2011

Dracónidas



Cuando cayó la tarde del pasado ocho de octubre, en todo el hemisferio norte se pudo contemplar a multitud de estrellas fugaces que parecían surgir desde la cabeza de la constelación de Draco, el imponente monstruo al que se enfrentó Hércules en su busca de las manzanas de oro de las Hespérides.
Un fenómeno particularmente visible cada casi siete años y que en esta ocasión, pese a una luna en cuarto creciente avanzado, se mostraba de forma inusualmente espectacular . Como cada año a principios de octubre, la estela de restos del cometa 21P/Giacobini-Zinner entraron en contacto con la atmósfera terrestre y la miríada de meteoros se hizo visible en medio mundo. Posiblemente hace dos mil años, los pobladores de un lugar en el mundo observaban fascinados el fenómeno, explicándolo mediante mitos que no nos han llegado. Del mismo modo que tampoco nos ha llegado el nombre que daban a su aldea, asentada en un rincón de la Beturia Céltica y defendida por los encajonados valles del Río Sillo y el Arroyo del Álamo. El lugar fue arrasado por las legiones romanas y olvidado durante siglos. Las calles empedradas de la aldea se fueron sepultando, las toscas murallas se fueron desmoronando y, a partir de entonces fueron muchas, cientos, las noches otoñales en las que las lluvias de dracónidas se desplegaban en su esplendor sin que hubiese en aquel otero ojos humanos que se asombrasen.

Hace unos días, la web oficial de la NASA publicaba en portada una imagen única: Una impresionante fotografía tomada por los astro-fotógrafos Juan Carlos Casado y Miguel Serrat-Ricard en la que, mediante una toma de larga exposición, se plasmaban las dracónidas desde un lugar elegido por sus óptimas condiciones de visibilidad, por su latitud y por su baja contaminación lumínica. Un lugar de la Baja Extremadura, junto a la andaluza sierra de Aracena, en los restos de un castro celta hoy conocido como "Capote". Entonces, por primera vez en mucho tiempo, los ojos humanos se maravillaron ante la lluvia de estrellas tal y como se veían desde aquellas empedradas callejas. Y esta vez fueron más ojos de los que lo habían hecho jamás.


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