"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

martes, 13 de diciembre de 2011

La muerte del Abuelo


Durante siglos impuso su supremacía en el paisaje de aquella vallejada tributaria del Tiétar cercana a Monfragüe. A lo largo de todo este tiempo tuvo primaveras suficientes para convertirse en el rey de todos los alcornoques extremeños, con un monumental tronco de casi ocho metros de perímetro que sosportaban a siete majestuosas ramas que le daban forma de imponente candelabro. El Abuelo lo llamaban en la zona.
Y como todo abuelo tiene sus achaques, hace trece años, el estudioso de los árboles Diosdado Simón ya constató su estado de decrepitud. Hace unos días, el viejo alcornoque se desplomó sin que mediase vendaval o rayo. Bastó el peso de los siglos, ayudados por la callada labor de zapa del cerámbix y los hongos para que la mole se viniese abajo y se desgajase en pedazos.
Rápidamente comenzaron a surgir acusaciones en uno y otro sentido. "La culpa la han tenido quienes por protegerlo, prohibieron su descorche y poda", decían unos. "Los responsables han sido quienes podaron recientemente un árbol tan viejo", decían otros. Pero posiblemente unos y otros olvidan que el ciclo natural de un árbol, por monumental que sea, desemboca su muerte, igual que la de cualquier otro ser vivo. Y precisamente estos abuelos vetustos están más cerca de ese desenlace. ¿Qué manera más digna de morir hubiese tenido un ser tan excepcional? Durante casi cuatro siglos, otoño tras otoño, sus bellotas alimentaron las montaneras; verano tras verano, su amplia copa sirvió de fresca sombra a los rebaños de la Herguijuela; fue visitado por las cuadrillas de corcheros casi medio centenar de veces; cuando los moriscos fueron expulsados de España, ya alzaba sus jóvenes ramas fuera del alcance de las liebres: mientras sufría su primer descorche, el Renacimiento se manifestaba en todo su apogeo y cuando el primer ferrocarril atravesó las tierras extremeñas, ya era un venerable anciano. Tantos y tantos años, tantas y tantas generaciones de pastores, campesinos y caminantes fueron testigos de su majestuosa estampa que, con el tiempo, acabó por convertirse en una referencia del territorio y su nombre acabó convertido en topónimo; en su corteza marcaron el territorio cientos de machos jabalíes; el musgo de sus ramas fue hoyado por jinetas, lirones caretos, cárabos y escolopendras; en las ramas de su copa anidaron tórtolas, ratoneros, rabilargos y, posiblemente águilas imperiales. Pero entre los invitados también se encontraba el fascinante escarabajo Cerambix cerdo, cuya larva minó poco a poco el tuétano del anciano, convirtiendo la sólida estructura de su esqueleto en serrín. Y a esta labor de zapa se unieron hongos parásitos, como la Phytoptora o la Armillaria, cuyos micelios penetraban como un cáncer hasta en lo más profundo de la madera convirtiéndola en mantillo y arrebatándole la vida al árbol. Un ciclo tan antiguo como la existencia misma de los árboles y cuya culminación sólo alcanza un reducidísimo número afortunados.


Cuando se supo la noticia, los técnicos comenzaron la búsqueda de bellotas para perpetuar la estirpe del árbol monumental. Pero esta fue infructuosa: El Abuelo no había producido bellotas este su último otoño. Afortunadamente, hace unos años fue catalogado como "rodal selecto", del que obtener bellotas para reforestar con nuevas plantas de alcornoque cuya longevidad estuviese garantizada. Así, mientras el esqueleto del rey de los alcornoques se descompone y se reincorpora poco a poco al suelo de la dehesa, miles y miles de vástagos con su carga genética, esparcidos por toda la Península Ibérica, comienzan un largo ciclo que, sólo algunos, concluirán con éxito de aquí a un puñado de siglos.


8 comentarios:

  1. una entrada preciosa,triste ,pero muy bien entendida la razón de ser de la muerte y de la vida.no asistimos a la muerte de un arbol sino a su perpetuación.(ESO ESPERO)

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  2. Juan Pedro Viñuela Rodríguezmiércoles, 14 diciembre, 2011

    Una historia extraordinaria. La historia de la vida y la muerte.

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  3. Hola Manuel, muy bonita entrada, aunque discrepo en la implicación del Cerambix, la larva de este escarabajo longicorne, tan solo se alimenta de madera muerta, no afecta al cambium que es la parte viva del sosten del árbol, por tanto no podemos achacarle ser una de las causas de su decrepitud

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  4. Totalmente de acuerdo con tu apreciación. Efectivamente la larva del Cerambix se alimenta de los tejidos muertos del xilema y, directamente, no afecta al cambium. Pero su actividad produce daños estructurales irreparables en la estabilidad del árbol. Para que un árbol se mantenga en pie, no sólo necesita un cámbium sano y con capacidad de regeneración. También necesita una estructura sólida que lo soporte, y esa estructura la forman el xilema y el líber: la madera. Y de ella, precisamente se alimenta el bichejo. Aunque la muerte no la provocaría él directamente (ni él sólo), sí que provocaría el desgarro de ramas o el desplome del tronco por el deterioro del "esqueleto" y la pérdida de estabilidad. Es un hecho que la proliferación de cerámbix en un bosque es un indicador ligado a su senectud, a medio camino entre la causa y la consecuencia. Eso es lo que pretendía decir en la entrada. Muchas gracias por tu apreciación Juan Pablo. Un saludo.

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  5. Antonio Cruz Sánchezmiércoles, 14 diciembre, 2011

    Sirvan tus palabras; Manolo; para homenajear a tan majestuoso ser vivo.

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  6. Tú lo has dicho Antonio. Un humilde homenaje al Abuelo. Un saludo.

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  7. Digno final. Inquieta y eleva pensar en los moriscos, y luego el ferrocarril, e internet, con el árbol en ese mismo lugar...¡Es estremecedor, lo futiles que somos! Bien contado, como siempre... Gracias. Salud

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  8. Pues sí. Bastante más futiles que, por ejemplo, un alcornoque. Muchas gracias por tu comentario Pepe. Un saludo y un peazo de abrazo.

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