"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

miércoles, 26 de enero de 2011

Chinches rojos de la malva (Phyrrhocoris apterus) al sol sobre una corteza en una mañana invernal


"Qué formidable es la vida para cualquier ser humano. Hay gente, y esto nunca me lo he explicado muy bien, que se aburre. Realmente, cuando se llegan a conocer los secretos de la naturaleza, uno no solo no se aburre, sino que se desespera de que el tiempo sea tan corto. Tenemos delante de nosotros un teatro maravilloso, el teatro de la vida, en el que caben todos y que está esperando a que lo contemplemos, lo comprendamos y lo aplaudamos".

Félix Rodríguez de la Fuente

martes, 18 de enero de 2011

Hombre y trigo: ¿Alianza exitosa o castigo divino?



Triticum aestivum


El ser humano desde que es tal, ha ido forjando con otras criaturas relaciones de mayor o menor calado. En anteriores ocasiones nos referíamos a relaciones beligerantes y oscurecidas por una profunda hostilidad, como la que establecimos durante milenios con el lobo. Otras, en cambio, supusieron fructíferas alianzas que beneficiaron ambos. De entre estas últimas, la trascendencia de ninguna de ellas llega siquiera a aproximarse a la que llevaron a cabo nuestros antepasados con una especie que, aún hoy, posee una importancia vital para mantener nuestra posición dominante y expansiva con respecto al resto de especies. Se trata de la domesticación del trigo, del Triticum de los botánicos. La asociación con esta especie fue la llave para que ambos conquistásemos exitosamente casi cada palmo de tierra firme del planeta, exceptuando los polos y los desiertos.
Hace 10.000 años, en lo que hoy conocemos como Oriente Medio, tuvo lugar una fascinante historia que supondría el despegue definitivo del Homo sapiens como especie evolutivamente triunfadora. Lo que sucedió en ese momento de la historia de la humanidad fue un auténtico punto de inflexión y supuso el paso de la especie de cazadores recolectores que nomadeaba en pequeños grupos a la especie sedentaria y organizada que cultivaba la tierra, construía ciudades y establecía estados.

Todo comenzó en el Edén.
El registro arqueológico y geológico parece confirmar que el mítico paraíso terrenal y primigenio al que numerosas culturas antiguas se refieren en sus escritos – el Edén judeocristiano, el Gilgamesh sumerio, el Jardín del Paraíso Persa, la Arcadia clásica o los Campos de Lalu egipcios – tuvo una base histórica y geográfica real. La última glaciación (conocida como Würm), hace entre 90.000 y 12.000 años, situó a las poblaciones humanas al borde mismo de la extinción. El cambio drástico de las temperaturas y la duración de la era glaciar redujeron de forma intensa la población de homo sapiens y la dispersión genética iniciada 40.000 años atrás se interrumpió de forma radical. Pero la misma glaciación hizo que el nivel del mar bajase unos 120 metros. Esto fue debido a que los casquetes polares se extendieron por gran parte del globo y las precipitaciones sobre ellos se convertían automáticamente en hielo, reduciéndose a niveles mínimos los aportes de agua al mar. Tal descenso marino dejó al descubierto una planicie hoy inundada por el somero mar del Golfo Pérsico, que actualmente tiene una profundidad media de sólo 30 metros. Esta llanura era surcada por la cuenca de Satt al-Arab, el río en el que confluyen el Tigris y el Éufrates y - al contrario de lo que ocurría en el interior de los continentes, azotados por un clima glacial extremadamente frío y bastante árido- gozaba de unas temperaturas amortiguadas por su baja altitud, su cercanía al mar y su proximidad al ecuador. Muflones, ciervos, asnos salvajes, caballos, uros, jabalíes,… Toda la gran fauna Mediterránea del Holoceno se daría cita en aquel valle privilegiado cubierto por claros bosques de madroños, encinas, endrinos, castaños y otras especies proveedoras de alimento. No cabe duda de que aquella región repleta de caza y plantas comestibles, con clima benigno, y con bastante agua dulce, tuvo que ser un auténtico paraíso para los supervivientes de la glaciación. Tanto, como para dejar una huella en las tradiciones y en la memoria colectiva que perduraría durante miles y miles de años y que, de hecho, aún perdura. Pero todo lo bueno tiene su fin y hacia el 12.000 BP. finalizó bruscamente la glaciación, se elevaron las temperaturas y en un plazo relativamente corto, se descongelaron la mayor parte de los hielos que cubrían los continentes con la consiguiente elevación del nivel del mar. En cuestión de pocas décadas aquel valle del Edén se inundó por las aguas del mar y por las del deshielo –coincidiendo con el incremento de la pluviosidad al que condujo el calentamiento marino-. Ello debió de causar un impacto brutal en las mentes de aquellas personas y la catástrofe también quedó grabada en los mitos de numerosas culturas como el gran diluvio universal. Inundado el paraíso, sus habitantes se vieron empujados a una migración a las tierras altas que iban dejando al descubierto los hielos. Para subsistir en el nuevo ecosistema tuvieron que cambiar de estrategia de supervivencia, restando importancia a la caza en sus dietas y dándosela a los alimentos vegetales. En concreto, estas tierras se encontraban cubiertas por grandes praderas de gramíneas donde crecían algunas especies que enseguida llamarían la atención de nuestros antepasados por ser sumamente prolíficas, fáciles de recolectar y muy alimenticias. Y entre estas gramíneas estaba el trigo silvestre. Aunque los hombres paleolíticos venían recolectando sus semillas desde hacía tiempo, ahora, dadas su abundancia y dadas las circunstancias, la alternativa era especializarse en ellas, pasando de ser eminentemente carnívoros/frugívoros a ser básicamente granívoros.


Región del Creciente Fértil, con el Golfo Pérsico, Mesopotamia, Levante Mediterráneo y Delta del Nilo.
Cuna de la civilización, de la agricultura, del hombre moderno y, probablemente, origen de los mitos sobre el paraíso.


No tardarían en darse cuenta aquellos hombres que si modificaban el entorno para mejorar las condiciones en las que crecían estas gramíneas silvestres –por ejemplo, eliminando las plantas de otro tipo que creciesen entre ellas y que supusiesen una competencia- , la cosecha aumentaba considerablemente. De ahí a cultivar hay sólo un pequeño paso. O, para ser más exactos, cuatro pasos, pues para ello habrían de roturar la tierra –algo totalmente novedoso- para sembrarla, tras haber recolectado y almacenado previamente las semillas desde el año anterior. Aunque la agricultura ya existía, como actividad incipiente e itinerante que aportaba un complemento a la antigua dieta de estos pueblos, con el cultivo de cereales se iniciaba un innovador tipo de explotación del medio: La agricultura masiva o de laboreo. Y de paso, se daba por inaugurado el neolítico. El trigo se prestó fácilmente a la domesticación mediante un fenómeno fascinante. Las variedades silvestres poseen una característica particular: Las semillas, una vez maduras, se desprenden con suma facilidad del raquis de la espiga, lo cual es muy ventajoso para su dispersión pues esta se ve favorecida gracias a los vientos de final de verano y principio de otoño. Para los nuevos agricultores, en cambio, esta peculiaridad debió de ser bastante fastidiosa pues recolectaban el grano asiendo las espigas con la mano y, al menor roce, buena parte de estos acababan en el suelo, donde su recolección era enormemente tediosa cuando no poco menos que imposible. Pero entonces tuvo lugar una selección artificial involuntaria con un resultado, que no por lógico, deja de ser increíble.
Como cualquier especie viva, el trigo silvestre produce en cada generación innumerables pequeñas mutaciones y una de las que produjeron algunos especímenes de aquella época en el Creciente Fértil fue la de ofrecer una ligera resistencia de las semillas a la separación del raquis. Estas semillas tuvieron muchas más posibilidades de ser recolectadas por las manos de los agricultores neolíticos y por tanto de ver perpetuada su carga genética – y con ella, la peculiaridad de mantener las semillas en la espiga-. Dado que la característica, que hubiese sido totalmente desfavorable para la especie silvestre, en el nuevo contexto resultaba una ventaja que favorecía la propagación – con los humanos como vector-, en poco tiempo la mutación fue afianzándose, acentuándose y ganando terreno frente a los trigos cuyas espigas se desgranaban con facilidad. El salto genético es tan notable que los arqueólogos, cuando encuentran trigo en antiguos asentamentos, determinan si los granos fueron recolectados de plantas silvestres o cultivadas en función de si se desprendieron del raquis antes o después de la recolección. Dicho de otra manera, el trigo pasó rápidamente de ser una especie silvestre a ser una especie doméstica. Entonces, y sólo entonces, el ser humano comenzó a generar grandes cantidades de alimentos.





La capacidad de las semillas de trigo para permanecer fijadas a la espiga fue una variable clave en su domesticación.




Tras la domesticación de los primeros trigos diploides, pronto aparecieron las serie haploides y tetraploides que dieron a su vez lugar a infinidad de variedades distintas de trigo


El grano, además de poder ser producido a gran escala y de ser tremendamente alimenticio, posee una cualidad única que no poseen ni la caza ni las frutas: Puede ser almacenado y conservado durante un largo período de tiempo. Los expulsados del paraíso poseían ahora la llave de la prosperidad. De las extraordinarias cualidades del trigo dice mucho el hecho de que hoy, diez milenios después, no hayamos encontrado otro soporte alimenticio mejor para la humanidad. Un campo sembrado de trigo neolítico producía 25 veces más alimento que la misma extensión dedicada a la caza. Dado que, por primera vez en la historia de la especie, existía un sustento prácticamente garantizado con independencia de las estaciones y de las fluctuaciones de fauna y flora salvajes, las poblaciones humanas olvidaron su pasado nómada, se asentaron en poblados o ciudades y experimentaron un espectacular aumento demográfico. Desde ese momento hasta hoy, exceptuando lo colapsos producidos por pandemias medievales en los siglos XIV y XV en los que la población descendió abruptamente, la línea demográfica no ha dejado de ascender ni un solo día. Pero aquel escenario de agricultores nadando en la abundancia no era tan idílico como nos puede parecer. Si las poblaciones aumentaban era, efectivamente por disponer de más alimento, pero también porque para que el nuevo sistema agrícola puesto en marcha basado en el trigo funcionase, hacía falta mano de obra. La agricultura era una fuente de alimento más segura y productiva que la caza, pero también precisaba mucho más esfuerzo y tiempo de dedicación. Un cazador-recolector empleaba de media tres horas diarias para conseguir su sustento y el de su familia, mientras que un agricultor neolítico precisaba de siete. Los agricultores neolíticos se vieron entonces atrapados en un círculo vicioso sin salida: Para cultivar más tierra necesitaban más personas y para alimentar más bocas era preciso cultivar más tierras. Y esta diabólica ecuación es la que hizo a la cultura agrícola expandirse rápidamente por todo el planeta. Al círculo vicioso se añadía otro elemento que lo hacía aún más irreversible: A medida que el paisaje se iba convirtiendo en agrícola, la biodiversidad disminuía de forma considerable y, por tanto, menos posibilidades les quedaban a los hombres neolíticos de volver a su antiguo modo de vida. Pese al rotundo triunfo ecológico que la asociación entre el hombre y el trigo trajo consigo, nada hace suponer que aquellos hombres ganasen calidad de vida con respecto a sus antepasados del Edén. Mas bien al contrario, todo apunta a que en un primer momento adoptaron la agricultura de laboreo como estrategia para adaptarse a las tierras altas a las que fueron obligados a emigrar y posteriormente se vieron atrapados en una carrera irreversible que, de mano de su socia gramínea, les empujaría a conquistar el mundo, aunque fuese de manera forzada. Una de las tareas inherentes al trigo es la molienda pues, al contrario que otros cereales como el arroz, ha de ser molturado para poder ser digerido por nuestro organismo. Los arqueólogos han descubierto restos humanos con deformaciones en la zona lumbar y artrosis en las extremidades debidas a la cantidad de horas sentado frente a un molino neolítico de dos piedras moliendo trigo, en lo que podemos considerar el primer dato de una enfermedad laboral. Otro dato arqueológico increíble y bastante relevante es el de la estatura: Durante ese período la media de altura bajó de 1,76 m. a 1,66m. en el caso de los hombres y de 1,63 m. a 1,54 m en el de las mujeres. Es decir, aumentó la población y la esperanza de vida, pero las condiciones de esta descendieron.


Molinos de trigo neolíticos



Es de suponer también que para mantener una organización más o menos eficiente del grano que se almacenaba, habría personas que se encargarían de su gestión, habría quienes tuviesen potestad para administrar los graneros y quienes verían, en cambio, como su vida transcurría encadenada al trabajo de la tierra. Surgirían así castas y jerarquías, las clases rectoras y, por supuesto, las leyes. También surgió el concepto de propiedad privada de la tierra, muy distinto al etéreo concepto de territorio de caza utilizado por los hombres paleolíticos. A su vez, la propiedad privada trajo consigo las desigualdades, pues no todos poseerían la misma extensión de tierra. Algunos, acumulando el fruto de sus parcelas e intercambiándolo por más tierra, llegarían a tener tanta superficie que no necesitarían trabajarla, pudiendo recurrir a terceros que lo harían a cambio de determinada cantidad de grano. En ese momento nacieron las que hoy se conocen como clases sociales. Otra consecuencia lógica fue el nacimiento del comercio como tal. Pero además, al existir la propiedad sobre la tierra, también existía la necesidad de defenderla, no sólo individualmente del vecino de enfrente, sino colectivamente, creando fronteras, naciones y ejércitos para defenderlas, algo que nunca anteriormente había existido. Y si existen las naciones, existen los extranjeros. Para los hombres existentes antes de la domesticación del trigo, la humanidad se dividía en dos: Los pertenecientes al clan y los ajenos a él. Con respecto a estos segundos se mantenía una relación lo suficientemente beligerante como para que no invadiesen los cazaderos y rodales de frutos, pero lo suficientemente amistosa como para permitir el eventual intercambio genético entre clanes que hizo posible la supervivencia de la especie. Pero en el caso de los extranjeros, la única relación posible era de miedo-odio. Otra consecuencia que acarreó la cultura del trigo fue la necesidad de la sistematización y predicción de los ciclos temporales. Para sembrar y cosechar es preciso poseer un conocimiento preciso acerca de las estaciones y del clima, unos conocimientos que no resultaban vitales para el antiguo modo de vida pero que ahora representaban la diferencia entre obtener buenas cosechas o malograrlas. Y para administrar estos conocimientos era necesario delegar en alguien o en un grupo de personas depositarias a las que se encomendase recopilarlos y preservarlos generación tras generación. Esas personas con el tiempo darían en llamarse sacerdotes.
Podemos deducir por tanto que gran parte de los esquemas sociales, económicos y cosmogónicos que vertebran lo que hoy conocemos como mundo moderno tuvieron su génesis como consecuencia de la domesticación del trigo.

Pero además de los radicales cambios que sufrió la humanidad a raíz de la alianza con el trigo, durante los siguientes milenios los ecosistemas de buena parte del planeta se vieron alterados para siempre. Desde entonces, allá donde hubiese hombres modernos, los bosques y praderas eran sustituidos por inmensos campos de cereales, por falsas estepas. Además, con la irrupción del trigo y el hombre como especies asociadas y dominantes, comenzó la extinción de un número considerable de grandes animales salvajes, la llamada extinción del Pleistoceno. Ello puede parecer una paradoja, pues en teoría, las presas potenciales de los anteriormente cazadores recolectores sufrirían menos presión cinegética una vez que estos encontrasen su base alimenticia en la agricultura. Pero la realidad fue exactamente la contraria y su explicación, de una lógica aplastante. Cuando los cazadores-recolectores vivían a expensas de lo que su hábitat les deparase, se encontraban sujetos a oscilaciones demográficas en función de la disponibilidad de sus recursos. Es un fenómeno que se aprecia con más facilidad en predadores super-especializados, como los búhos nivales y los lemmings o los linces ibéricos y los conejos. Cuando las condiciones ambientales lo hacen posible las presas alcanzan altas densidades y los predadores que de ellas también ven incrementado su número. Se ha comprobado como en años de abundancia de micromamíferos los búhos hacen una segunda puesta y en los de abundante presencia de conejos los linces tienen camadas mayores. Tal abundancia de cazadores hace que el número de presas caiga en picado y, al descender estas, ante la falta de alimento, también lo hace el de predadores. Este lógico mecanismo evita que las especies predadas, cuando sufren descensos poblacionales intensos, tengan que soportar la presión de una alta población de cazadores que las llevaría a la extinción. Algo parecido pasaría con las tribus cazadoras cuyas poblaciones dependían en gran medida de la densidad de las poblaciones de presas. Pero con la llegada de la agricultura masiva este esquema cambió. Aunque las poblaciones de presas siguiesen sujetas a altibajos cíclicos, las de humanos mantenían un ascenso constante. Y no hemos de olvidar que, por muy agricultores que fuesen, los humanos siguieron manteniendo la actividad cinegética –aunque ya o fuese vital para su supervivencia-, como de hecho sigue totalmente vigente en el siglo XXI incluso en las sociedades más industrializadas. Así se extinguieron en unos milenios la inmensa mayoría de grandes animales de Europa, Asia, América y Australia. Y muy posiblemente una de las víctimas del impacto creado por los nuevos agricultores fue el hombre de Neardenthal.

Los lemings hacen descender las poblaciones de sus predadores cuado ellos mismos reducen las suyas. Ello hace que cíiclicamente, estos pequeños mamíferos se refugien en su propia escasez. Algo parecido ocurriría con los cazadores paleolíticos, aunque no con los agricultores y cazadores a tiempo parcial del neolítico.


En el único continente que el hombre neolítico granívoro no hizo suyo, el africano, aún hoy podemos contemplar impresionantes concentraciones de un amplio repertorio de grandes especies, algo que no ocurre en ningún otro lugar del planeta. Y eso a pesar de tratarse de la región del planeta que durante más milenios ha soportado la presión humana.




Huevo de Ave elefante de Madagascar, una de las víctimas de las extinciones del Pleistoceno, debidas en gran parte a los agricultores que, a tiempo parcial, también ejercían la actividad cinegética. Se trata del huevo más grande que ha existido nunca, mayor incluso que los de cualquier dinosaurio.





Pero volvamos al creciente fértil, donde los nuevos agricultores habían dado con la clave de la domesticación de las especies. En relativamente poco tiempo y en ese preciso lugar se llevó a cabo un espectacular proceso por el que se domesticaron especies como el farro (especie de centeno), la cebada, el lino, el garbanzo, el guisante, la lenteja, el yero (especie de guisante), la vaca, la cabra, la oveja, el cerdo y el caballo. Y en también relativamente poco tiempo surgió de forma aparentemente espontánea la agricultura masiva en otros lugares el planeta. En Asia ocurrió con el arroz, en África con el mijo, en América con el maíz… Los científicos aún no han desentrañado la misteriosa razón por la cual, una especie que durante seiscientos mil años (o dos millones y medio de años si tenemos en cuenta a los primeros Homo) se dedica a la caza, de repente, en el lapso de unos cinco milenios da el salto a la agricultura en distintos lugares del mundo cuyas poblaciones humanas no están conectadas entre sí. Algunos autores llegan a sugerir que existe una especie de determinación histórica y que, de alguna manera, era inevitable que las sociedades epipaleolíticas desembocaran en economías productoras de alimentos.

Después de la domesticación del trigo y la consiguiente invención de la agricultura masiva, llegaron otras revoluciones tecnológicas que afectaron a la humanidad, pero ninguna lo ha hecho de forma tan decisiva y espectacular como aquella. La alianza entre el hombre y el trigo no trajo un rotundo éxito sólo para el primero - que, de unos ocho millones de indivíduos que conformaban la humanidad hace diez milenios, según las últimas estimaciones, acabamos de pasar -hace menos de una semana, que ya es casualidad- de los siete mil millones de personas. El segundo se vio expandido por todo el orbe, cultivado, protegido y multiplicado hasta límites absolutamente inalcanzables para la humilde gramínea silvestre de las colinas de Oriente Medio. Actualmente el trigo es la planta más cultivada por el hombre, con una producción de 653 millones de toneladas anuales (cosecha de 2010, según la FAO) y ocupando una extensión de 230 millones de hectáreas. Estas cifras son la mejor prueba del éxito de una relación entre dos especies. Pero dicho éxito tuvo unas consecuencias brutales para la biosfera y cambió radicalmente nuestra relación con ella.


Cosechadoras en un trigal de Argentina, uno de los mayores productores de trigo del mundo.




Segadoras de trigo en Mashuayllo, Perú. No está del todo claro que el paso de de las sociedades cazadoras recolectoras a las eminentemente agrícolas supusiese - además de un aumento en la esperanza de vida y un espectacular crecimiento demográfico- un aumento en la calidad de vida de los seres humanos. Sobre todo de aquellos que trabajaban directamente la tierra.


Todo indica que, al contrario de lo que se creía hasta hace poco, la agricultura y el trigo fueron adoptados por el hombre de principios del neolítico como única opción para sobrevivir, no como una opción para vivir mejor. Y posiblemente existan datos suficientes para suponer que, además de la de una fructífera y exitosa alianza, la historia del trigo fue también la del mítico castigo divino a los expulsados del Edén.

domingo, 16 de enero de 2011

El idioma sin verde.


En los dialectos Inuit, de los habitantes del gran norte helado donde la nieve lo rodea todo, no existe la palabra "nieve". Y no se trata de ninguna paradoja, pues en cambio utilizan hasta veinte vocablos distintos para denominar a otros tantos tipos diferentes de nieve. A ningún inuit se le ocurrió nunca una palabra genérica que diese nombre a todos los tipos de algo que les rodeaba.


Sólo en el universo verde de la selva podría haber un idioma en que no existiese una palabra para referirse genéricamente al verde.

Del mismo modo, en los dialectos Quechua del Amazonas no existe la palabra verde. A pesar de que estas hablas amazónicas provienen del los Andes -donde sí que existe - , tras llegar a la gran cuenca hace ochocientos años la palabra perdió todo su sentido. No tenía ninguna lógica referirse a algo "verde" cuando absolutamente todo lo que te rodea es de tal color. El universo fotositético de la jungla amazónica - en el que el 99,999% de la biomasa pertenece al reino vegetal- es la auténtica exacerbación del verde, o mejor dicho, de los verdes. Para quien se adentra en ella por primera vez, tal amalgama cromática puede suponer una saturación óptica. Salvo algún retazo de cielo que de cuando en cuando se deja ver, el espectacular lapislázuli metálico de la mariposa Morpho y el marrón terroso de las aguas cargadas de sedimentos de los ríos de "aguas blancas", prácticamente todo es verde en la selva primaria. Y, sin embargo, eso no quiere decir en absoluto que todo sea del mismo color. La retina de los pueblos amazónicos fue distinguiendo, diferenciando, definiendo y dando nombre a cada uno de los distintos tipos de verde, creando con el tiempo hasta treinta voces distintas para referirse a ellos. Fueron perfeccionando su definición de un concepto que, por demasiado genérico, borraban de sus vocabularios. En pleno universo verde fueron creando idiomas sin el verde.

miércoles, 12 de enero de 2011

Manzanas silvestres


"Casi todas las manzanas silvestres son hermosas. Nunca son demasiado deformes, ásperas o manchadas para contemplarlas. La más deformes tendrá algún rasgo que la redimirá a nuestros ojos. Descubriréis una rojez vespertina que salpica alguna protuberancia o alguna cavidad. Es raro que el verano deje ir una manzana sin imprimirle rayas o manchas en alguna parte de su esfera. Tendrá algunas máculas rojas para conmemorar las mañanas y atardeceres que ha presenciado; algunos borrones oscuros y mohosos en memoria de las nubes y de los días brumosos y húmedos que le han pasado por encima; y un espacioso campo verde que refleja el rostro general de la Naturaleza, verde como los campos; o una base amarilla, que significa un sabor más suave, amarilla como la cosecha, o rojiza como las colinas. Estas manzanas son indeciblemente bellas."


Hermoso texto del libro "Las Manzanas Silvestres" de Henry David Thoreau (1817-1862) impregnado, como toda su obra, de un profundo amor a la naturaleza y de una gran capacidad para rendirse ante su belleza.

sábado, 8 de enero de 2011

Lobo vs Hombre


Lobo Ibérico (Canis lupus signatus)



A lo largo y ancho de las regiones templadas de Norteamérica y Eurasia, se repitió durante decenas de miles de años -posiblemente durante casi un millón de años- un choque entre dos especies excepcionales. Desde que a principios del cuaternario el hombre y el lobo comenzasen a compartir hábitat, se libró un formidable pulso que ninguna de las dos partes en absoluto tenía ganado de antemano. Dos animales con demasiadas cosas en común. Ambos mamíferos sociales, viviendo en clanes jerárquicos, formando familias, carnívoros y carroñeros, sumamente adaptables, inteligentes, capaces de organizarse para la caza, predadores de la mismas especies, territoriales a la vez que nómadas,… Excesivamente parecidos para tratarse de dos superpredadores que se disputaban la cúspide de las pirámides tróficas de buena parte del hemisferio norte. De hecho, desde que nuestros antepasados los Homo antecesor arribaron a Europa en el Pleistoceno no tenían a ninguna otra especie rival aparte del lobo. Otro tanto ocurría con el lobo, cuyo único enemigo directo era el hombre. El terror cundió durante muchos milenios en la manada de lobos ante el olor y el sonido de la lobada organizada por los humanos pobladores del valle. Del mismo modo que los aullidos lobunos erizarían el vello de nuestros antepasados en las largas noches de invierno neolíticas. El miedo atávico de aquellos hombres ante el cazador rival no era el miedo al oso, a la víbora o al uro enfurecido. No se trataba de una mera amenaza como estos. El lobo, además, era un competidor. Pero los hombres poseían una capacidad frente al lobo que, exceptuando al castor, al elefante africano y a las termitas, pocos animales poseen: La de modificar el paisaje en su beneficio. El pulso entre cánido y primate fue definiéndose y el primero comenzó a replegarse hacia los espacios más agrestes a medida que el resto de territorios se fueron domesticando y que las poblaciones del segundo comenzaban a crecer aritméticamente. Los humanos dejaron de ser eminentemente cazadores y los parches de los campos cultivados, los pueblos y las cicatrices de las vías de comunicación comenzaron a expandirse hasta no tener solución de continuidad: los reductos más o menos salvajes eran islas cada vez más reducidas y menos salvajes. Y a las herramientas humanas se sumaron las armas de fuego. Pese a que antes de su invención los cazadores humanos se las ingeniaron sobradamente para librar sin pólvora la batalla contra el lobo, la introducción de estas mortíferas armas supuso el punto de inflexión definitivo en aquel cruento conflicto milenario. A pesar de ello el gran cazador salvaje aprovechaba cualquier ocasión para cobrarle un tributo a los ganados humanos, llegando a adaptar su comportamiento a las nuevas circunstancias. Los ágiles y fuertes ungulados salvajes escaseaban cada vez más y eran sustituidos por rebaños de torpes y mansas reses fáciles de cazar, por lo que estaba claro cual era el cambio estratégico a seguir. Y, al mismo tiempo que estos cambios iban fraguándose, la mezcla de miedo y respeto que el hombre sentía por el lobo se fue mutando en odio con aires de revancha. Si para el hombre cazador-recolector el lobo era un competidor, para el agricultor-ganadero era una alimaña. El lobo encarnaba ahora todo lo malo y debía de ser exterminado. La visión antropocéntrica otorgaba a los animales cualidades humanas como valentía al león, bondad al cordero, astucia al zorro, nobleza al águila,… y el lobo se hizo acreedor de toda una sarta de vicios y defectos que nunca han dejado de pertenecernos, como cruel, sanguinario, perverso, vengativo, cobarde,…
Combatir al lobo se convirtió en el símbolo de luchar contra una naturaleza inhóspita a la que había que someter. Y a la que de hecho se sometió a base hachas, arados, incendios y arcabuces.



El lobo se llegó a convertir en la maligna representación de un cúmulo de defectos. Para el imaginario colectivo lobo era sinónimo de enemigo.



Y en todas las guerras hay quien se cambia de bando, especialmente al ganador. Hace unos treinta milenios algunos lobos optaron por asociarse a sus enemigos más acérrimos, los humanos. Fruto de esa alianza surgió el perro, un lobo en el mundo de los humanos, que fue utilizado durante siglos como una de las defensas más eficaces contra sus propios primos salvajes. En la foto un mastín extremeño -con carlanca al cuello-, raza cuya razón de ser es precisamente la defensa de los ganados ante el lobo. De la importancia que el imponente perro tuvo para los ganaderos nos hablan, por ejemplo, las ordenanzas del s.XVI que asignaban a los mastines la misma cantidad de alimento que a los pastores y que penaban con multas "de cinco ovejas en adelante" a quien les hiciera algún daño.


El Foyo do Lobos, en Camariñas, A Coruña. Los Fosos, Loberas, Cortellos, Chorcos o Caleyos eran trampas utilizadas desde el neolítico en la que el lobo es conducido entre dos muros de piedra - a veces de kilómetros de largo- que van cerrándose en forma de "V". En el vértice, un foso o pozo - en el que a veces se colocaba un animal vivo de cebo- sirve para atrapar al lobo. Posiblemente este tipo de trampas fuesen las obras humanas de mayor envergadura en la prehistoria europea. El enemigo a batir merecía el esfuerzo.



Hoy, cuando la mayoría de la población humana del hemisferio norte habita lejos del medio rural y la brecha que le separa de un medio natural que le es totalmente ajeno es de proporciones abismales, la mentalidad del hombre urbanita ha idealizado y edulcorado la imagen del lobo. Si del respeto y el miedo se pasó al odio, actualmente se tiende hacia la frivolización y hemos convertido al lobo en un amable y moderno emblema de la belleza salvaje. Tan alejado de la realidad y tan devirtuado como el sanguinario asesino que pretendían nuestros abuelos.

¿Podrá el magnífico lobo, nuestro antiguo competidor ecológico, el superpredador con el que un día compartimos hábitat, mantener su magia tras convertirse en objeto de consumo y de entretenimiento para urbanitas ansiosos de revivir la naturaleza perdida durante un fin de semana?

Huellas de lobo


Lejos queda la época en la que la distribución del lobo ocupaba prácticamente toda la tierra firme situada entre el paralelo 30 y el Círculo Polar Ártico y hoy representa una minúsculas y dispersas manchitas en el mapa coincidentes con algunos de los espacios mejor conservados y menos poblados de Eurasia y Norteamérica. Y lejos queda cuando a nuestros antepasados del cuaternario se les helaba la sangre al escuchar al aullido de su enemigo ancestral. Pero algo debe de haber quedado grabado de forma indeleble en nuestro código genético durante tantos miles de años temiendo y respetando al gran cazador. El estremecimiento que recorre a quien escucha el aullido del más extraordinario de los mamíferos del viejo continente.