"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

martes, 28 de febrero de 2012

Un invierno pardo.






Tras un invierno pardo sólo puede venir una primavera yerma. Un sediento febrero que marcea seguido de un marzo agostado en el que aún tendremos que oír a los meteorólogos de los medios de comunicación anunciando con su sonrisa de buenas noticias que seguirá “el buen tiempo”.
Pero ¿Qué sabrán ellos lo que es el buen tiempo?
Ellos, no saben que los chorlitos dorados se han ido a sus cuarteles de primavera, en el centro y norte de Europa y, a diferencia de otros años, en los que durante los últimos meses habían acumulado reservas energéticas suficientes para su gran viaje, en esta ocasión han emprendido su singladura famélicos. Su delicado pico, especializado en hurgar en las capas más superficiales del suelo húmedo de los prados en busca de pequeños invertebrados, no es capaz ni de arañar la dura tierra reseca. Y aunque fuese capaz, no encontraría a un alimento que este año no existe.
Tampoco saben que las nutrias, que por estas fechas deberían de andar extendiendo sus territorios o buscando otros nuevos, aguas arriba o aguas abajo, por ríos y arroyos de caudal generoso, se encuentran aferradas a su territorio, buscando su alimento en charcones estancados, tal y como hacen otros años en los meses estivales.
Ni que algunos anfibios, como el sapo corredor, han abandonado sus escondrijos subterráneos invernales, alentados por los tibios rayos de sol que a media mañana calientan el suelo. Y se dirigen a la pequeña charca en la que nacieron ellos y sus antepasados, para llevar a cabo el ritual del cortejo y de la reproducción. Solo que este año tal charca no existe.
Ni que en el robledal, los melojos – al pertenecer a una especie marcescente que permanece con las hojas secas todo el invierno- se desprenden ahora de sus hojas que son empujadas por los nuevos brotes. Pero esas hojas no pasarán a formar parte de la capa de mantillo del bosque como otros años, en los que la hojarasca húmeda comenzaba a descomponerse poco a poco. Las hojas secas caen en un suelo que es barrido por la más mínima brisa, llevándose la materia prima de lo que habría de ser algo tan valioso como el aporte anual de materia orgánica del suelo del bosque.
Tampoco saben que la babosa bermeja (Arion vulgaris), una auténtica gigante entre los de su familia, aprovecha la hierba cubierta de rocío de finales de invierno y principios de primavera para, en un breve período de tiempo, completar su ciclo biológico antes de ir a refugiarse bajo las piedras y troncos muertos hasta el próximo año. Pero este año, la ausencia de rocío hace imposible el tránsito a estos húmedos y delicados seres.
Ni que la increíble orquídea Orchys itálica consume las últimas reservas de agua de sus dos bulbos en forma de testículos, las que tomó de la tierra en la pasada primavera y que ha utilizado para crear las pequeñas hojas de una roseta que asoma en la tierra reseca y que no dará lugar este año a flor alguna. Menos suerte tuvieron las plantitas de Caléndula y de Erodium que germinaron gracias a la humedad residual que a principios de invierno aún existía en los centímetros más superficiales del suelo. Pero que no han logrado soportar un período excesivamente largo de heladas sin ningún aporte de agua.
Tampoco saben que fitófagos como el conejo, adaptados a calmar su sed alimentándose de los brotes jugosos de Lactuca, Meliloto y Llantén, ante la total ausencia de estos, mordisquean desesperados las cortezas de arbustos como el acebuche o el lentisco, intentando llegar a la fresca savia y comprometiendo el desarrollo de la futura brotación del matorral.
Ni saben que los ganaderos de toda la zona mediterránea basan toda la viabilidad de su ancestral actividad en dos momentos cruciales y muy concretos: Los pastos de la otoñada y los pastos de finales de invierno y principios de primavera. Cuando uno de los dos falla, han de recurrir a medidas artificiales como el pienso. Este año ven cómo todo su sistema se desmorona y aterrados ven cómo en febrero agotan unos recursos que deberían de utilizar en julio.
También el final del invierno es cuando más lozanos se despliegan los frondes del culantrillo de pozo, delicado helecho habitante de los manantiales… cuando de estos mana agua, el cual es el caso.
Por estas fechas la Esfinge de la euforbia (Celerio euphorbiae), finaliza su penúltimo estadio vital y, de una crisálida que ha permanecido enterrada durante toda la estación fría, surge una mariposa que, durante los escasos días de vida que le quedan, ha de encontrar las euforbias sobre las que depositar los huevos que darán lugar a otra generación de orugas que sólo se alimentan de esa planta. Pero este año las esfinges volarán errantes buscando unas euforbias que nunca llegaron a nacer.
Algo parecido ocurrirá a las abejas, programadas para salir de su semiletargo invernal cuando el aire de la colmena se acerque a los 20ºC. Es decir, cuando la incipiente primavera comienza a desplegar por los campos el repertorio de fenologías de infinitas flores. Como ha ocurrido decenas de miles de años que en los que la evolución ha forjado el comportamiento de la especie. Aunque este año, al salir de la colmena sólo se encuentren con unos pastos raquíticos y amarronados, sin ningún atisbo del maná prometido en forma de polen y néctar.



Pero eso tampoco lo saben los meteorólogos de los medios de comunicación, ni a quienes va dirigida su información, los urbanitas de fin de semana precocinado que han perdido ya hace tiempo cualquier vínculo con el resto de la ecosfera. Ni lo saben ni les importa. Para ellos, mientras un funesto anticiclón invernal siga anclado en el Golfo de Vizcaya, mientras los cielos sigan vacíos, continuarán los fines de semana con “buen tiempo”. Aunque ello suponga el alargamiento del invierno más seco en la Península Ibérica desde hace 72 años, desde que se tienen registros de las series climáticas.


Y aunque esta alteración en la sístole y diástole de los ciclos climáticos acarree efectos catastróficos en los sistemas vivos, desde los más evidentes a los que pasan más desapercibidos.

9 comentarios:

  1. Talmente Manolo. La dicturadura del "buen tiempo" es mala, para las babosas y para los hombres. Te echamos de menos en Gallocanta. Impresionante el mundo de las grullas, especialmente ver llegar y salir a las que van en migración; un ejemplo de colaboración, eficiencia y oportunidad.

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  2. La dictadura del buen tiempo, Pedro, del aborregamiento de unos mass media que nos dictan que, obligatoriamente, un día soleado - aún inmerso en una terrible sequía- es sinónimo de "BUEN TIEMPO", mientras que un fresco y húmedo día de abril, un día con una tormenta de verano o un brumoso día otoñal, equivalen a "MAL TIEMPO". Lo de Gallocanta no pudo ser este año. Espero que al que viene, nuestras amigas sigan parando por allí (Aunque con tanto cambio, no sabemos qué es seguro y qué no, jeje). Un abrazo y gracias por tu comentario.

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  3. Hola Manolo, soy nuevo en el blog, viejo conocido tuyo, Antonio Cabeza para el resto. Solo un pequeño análisis de lo leído: Dos ideas y una intención veo en él. La primera idea la de transmitir un conocimiento detallado de la naturaleza. La segunda, la despreocupación de casi todo el mundo. La itención: despertar la conciencia de algunos más. Y creo que la calidad del escrito lo conseguirá. Por otro lado no me resisto a aportar una reflexión; los ciclos de lluvia y sequía en el Mediterráneo son tan antiguos como el último periodo interglaciar en el que vivimos, y la vida está perfectamente adaptada a ellos (a pesar de que pueda ser un drama para algunas especies, también es una bendición para otras, en ambos casos). Por tanto no hay que preocuparse por ello. Pero sí deberíamos preocuparnos por los cambios que provocamos nosotros que solo tienen de natural lo que nuestra propia naturaleza tiene de eso. Por poner un ejemplo: se han perdido irremediablemente más charcas por desecación que transitoriamente por sequías. Así que debemos preocuparnos de lo que hacemos mal y de lo que dejamos de hacer bien (incluido el hombre del tiempo).

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  4. Hola Antonio. Bienvenido a la Bitácora, pase usted. Contarte entre los asiduos de este rincón naturalista es un honor y una buena noticia. Respecto a las dos ideas y a la intención, me parecen bastante acertadas y las comparto. Y respecto a la reflexión, también estoy de acuerdo en parte. Efectivamente los ciclos de sequía son antiquísimos en nuestro entorno y la vida no sólo se ha adaptado a ellos sino que forman parte de su propia identidad evolutiva. Pero yo no pongo en mi escrito que esta sequía vaya a acarrear consecuencias apocalípticas. Lo que intento transmitir es que para muchas, para muchísimas especies, un periodo invernal con tan pocas precipitaciones supone una catástrofe. ¿Que esa catástrofe está dentro de los límites del proceso adaptativo? Evidentemente ¿Que por ello no debemos de sentirnos preocupados? Creo que sí que es preocupante. Sobre todo cuando a estas alteraciones climáticas se le suman las tremendas alteraciones del territorio que nosotros hemos causado. Por ejemplo, hablando de uno de los casos que cito, la Orchys italica verá este invierno, sin duda, cómo algunas de sus poblaciones desaparecen completamente. En sequías menos agudas he comprobado cómo poblaciones sanas de otras orquídeas retrocedían hasta casi desaparecer. Ello, si fuese debido a una sequía exactamente igual que esta hace 5.000 años no tendría más trascendencia a nivel de especie, pues la se recuperaría en un territorio en el que numerosas poblaciones de Orchys se suceden y se comunican entre ellas. Pero hoy estamos hablando de poblaciones relícticas y aisladas que, una vez desaparecidas, lo hacen de forma irreversible. Por otro lado, aunque el drama de un chorlito dorado que se enfrenta a un viaje de 3.000 kilómetros desnutrido, aunque no afectase a los contingentes poblacionales de su especie, aunque no supusiese una catástrofe ecológica,… no deja de ser un drama. Un drama muy puntual y quizás poco trascendental pero que se une a la infinidad de casos de otras especies que lo pasan realmente mal en situaciones anómalas como esta. Y, sobre todo (Y ahí es donde precisamente pretendía llamar la atención con el escrito), se trata de circunstancias adversas (por muy antiguo que sea el fenómeno de la sequía) a las que se enfrenta la vida y que nos pasan absolutamente desapercibidas. Mientras los campos se secan, los hombres del tiempo nos transmiten como algo bueno el que no llueva. Y cuando comienza a cundir la alarma, lo hace casi sin excepción en términos económicos (los millones de euros que perderá el sector agrícola, por ejemplo, o las estaciones de esquí ante la falta de nieve) o ante las posibles afecciones de la sequía a nuestro nivel de bienestar [“las reservas de agua para consumo humano no están aún en peligro”(sic)] . A eso es a lo que en definitiva me refiero. Al tremendo desarraigo entre la sociedad y el entorno. A la absoluta falta de empatía que hemos sido capaces de desarrollar con el resto de la ecosfera. Un saludo, Antonio, y muchas gracias por entrar en el blog y por dejar tu comentario.

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  5. Mi valoración respecto a que lo que realmente nos debe preocupar son nuestras acciones sobre el entorno tenían como objetivo el evitar la desidía y apatía. Porque si uno está sensibilizado con el medio natural y dispuesto a hacer algo con nuestra madre tierra, pero su deterioro es debido a un fenómeno natural (en este caso una sequía), ¿qué puedo hacer ante eso? La respuesta de cualquiera será "nada", y lo que pretendías conseguir se desvanecerá como las escasas nubes que nos han sobrevolado este invierno. Por eso intenté enfatizar que lo que realmente debe preocuparnos son nuestras acciones, que como muy bien aclaras, provocan que una sequía natural se convierta en un verdadero desastre para la vida salvaje. Y sobre esas acciones sí que podemos hacer mucho, porque dependen de nuestra voluntad.

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    1. Estoy de acuerdo con lo que dices. Pero creo que, aunque en la práctica no podamos hacer nada para que regresen las nubes y empapen la tierra, si no tenemos la empatía necesaria para preocuparnos, por ejemplo, por las consecuencias de la sequía en la vida silvestre - por mucho que la solución esté fuera de nuestro alcance- difícilmente llevaremos a cabo esas acciones de las que hablas y con las que, directamente, podríamos hacer mucho. Un saludo

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  6. Tal cual. Ayer mismo sin ir más lejos vi un parte meteorológico patrocinado por una entidad bancaria...
    A medida que una parte sustancial de la población humana se ha ido haciendo urbana e hipnóticamente consumidora del "paradisíaco" referente que predican los medios de masas, el refrán "al mal tiempo, buena cara" adquiere truculentos matices insospechados.
    Muchas gracias por el excelente artículo, Manolo.

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  7. Joder, muy buen artículo!!!!!

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  8. una reflexion muy acertada sobre la desvinculacion de la sociedad del delicado equilibrio de la naturaleza. copio y pego una entrevista a Masanobu Fukuoka sobre el clima de España.

    Extracto de una entrevista a Masanobu Fukuoka en su visita a España:

    ¿Qué le ha parecido el paisaje mediterráneo: Grecia, Italia, España...?

    Incluso comparado con los paisajes africanos, estos paisajes son desiertos rocosos, que serán muy difíciles de reverdecer. A las verduras parece que les falta el sabor delicado, creo que este sabor delicado que les falta es como si la naturaleza fuera muy simple y los nutrientes también son muy simples. Parece que esto le pasa a toda la naturaleza.

    A la naturaleza de falta vitalidad, y esta falta de vitalidad se transmite a la comida y a través de la comida a las personas.

    No veo variedades en los campos. La vegetación, aquí, es monótona.

    ¿Qué le parece el paisaje, este paisaje cubierto de olivos?

    Me parece que es el árbol que más puede aguantar en éste clima. Un árbol ideal para el desierto. Esto es un desierto.

    Puedes pensar que esto (lo que vemos desde aquí) es la naturaleza. Pero no hay variedad. Aquí hay cinco tipos de frutales diferentes. Solamente. Si pusieramos 30 especies de frutales diferentes con 5-6 variedades, tendríamos unos 150 tipos de fruta.

    Hace 2.000 años se talaron árboles para hacer barcos. Comenzó la erosión y llegó el desierto a España. La moderna agricultura y la erosión es la causa de este proceso. Ha desaparecido la cultura y el uso del bosque en favor de la cultura de la piedra.

    (Con el cultivo natural podemos estar todos en armonía, trabajando menos y sin dañar la tierra.)

    "Masanobu Fukuoka fue un hombre que demostró al mundo que la humanidad no sabe nada porque no conoce la naturaleza. El trabajo de su vida hizo patente que la agricultura natural es más eficiente que la tecnificada y requiere menor esfuerzo."

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