"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

viernes, 27 de abril de 2012

La Epopeya de las anguilas

Nadie sabe cuántas son, desde cuando están ahí ni cuáles son sus hábitos. Sólo que vagan como fantasmas en las profundidades de algunos grandes embalses de las que, muy de cuando en cuando, alguna es arrancada de las penumbras por el anzuelo de un pescador. También se sabe que son todas hembras. Y que son viejas, muy viejas. Son las últimas anguilas ibéricas, reliquia faunística de otras épocas y reclusas en su prisión de agua dulce. Se trata de supervivientes de una especie absolutamente excepcional con un fabuloso ciclo biológico que estas prisioneras nunca pudieron concluir.


Anguila en un mosaico romano


   Las anguilas llamaron nuestra atención desde la antigüedad existiendo numerosas referencias a la especie en la época clásica, siendo objeto de diversos usos gastronómicos y también utilizadas como depuradoras naturales: Hasta la Edad Media fue habitual la presencia de anguilas en aljibes, pozos y cisternas de agua potable, en las que se alimentaban de pequeños insectos y de materia orgánica que podrían ensuciar el agua. Aquellas criaturas, a la vez con aspecto de peces y de serpientes, siempre estuvieron envueltas en el misterio. Se pensaba que tenían su origen en la descomposición de animales muertos, que nacían de las crines de los caballos al contacto con el agua de los ríos, o que procedían del rocío.
Aristóteles aseguró que nacían “del cieno o de las entrañas de la tierra” y Plinio el Viejo que se reproducían frotándose contra las rocas. El problema radicaba en que, al contrario de lo que ocurría con el resto de peces, nadie había visto jamás los huevos de una anguila, nadie las había visto nunca reproducirse. No fue hasta el siglo XVII cuando el naturalista italiano Francisco Redi (quien descubrió también que los insectos no nacen por generación espontánea) se percató que las anguilas adultas abandonaban los ríos en dirección al mar en otoño y que, seis meses después, numerosas anguilas en miniatura (angulas), remontaban los mismos ríos. Por tanto, aunque nadie le creyó, sugirió que las anguilas se desplazaban anualmente a criar al mar. Lo que Redi no llegaría a sospechar nunca es que las angulas que remontaban en primavera los ríos europeos no eran las crías de las anguilas que emigraron al mar seis meses antes, sino de las que lo hicieron cinco años antes.


Ya a finales del siglo XIX, otros dos naturalistas (también italianos), Grassi y Calandrucio, hicieron un descubrimiento asombroso. Observando el desarrollo de unos pequeños peces marinos de aguas profundas llamados leptocéfalos, comprobaron perplejos cómo estos se transformaban en angulas. Se trataba de unos peces aplanados en forma de hoja y prácticamente transparentes, a los que se había incluido en una especie propia (Leptocephalus brevirostris) y a los que nadie había relacionado nunca con las anguilas, de las que – pese al aspecto totalmente distinto- resultaron ser crías. Con ese dato, numerosos investigadores emprendieron la búsqueda de la ruta de las anguilas y el danés Johan Schmidt, tras 26 años de minucioso rastreo, localizó el sorprendente origen de los leptocéfalos – y por tanto, de las anguilas-. Este se encontraba en el Mar de los Sargazos, en el Atlántico septentrional, a 7.000 kilómetros de las costas europeas.



En los bosques subacuáticos del Mar de los Sargazos, y sólo allí, se encuentran las anguilas de Norteamérica, Europa y Norte de África para desovar.


Leptocéfalo con su característico cuerpo aplanado y transparente

El asombroso descubrimiento, lejos de resolver las incógnitas sobre la especie, abría numerosos interrogantes, algunos de los cuales la ciencia ha ido resolviendo. Hoy sabemos que las anguilas, una vez alcanzan la madurez sexual (a los cuatro años los machos y a los veinte las hembras), emprenden una odisea de increíbles proporciones y, abandonando los tramos medios y altos de los ríos, se dirigen al mar. Una vez allí, con las corrientes marinas en contra, ponen rumbo al lejano Mar de los Sargazos al que llegarán al cabo de cinco meses. En este lugar del Atlántico se forma un vórtice de corrientes que da lugar a una gran superficie de aguas calmas en la que se acumula gran cantidad de las algas llamadas sargazos. La zona era antaño temida por los marinos pues, al atravesarla, se veían atrapados en una calma chicha que podía inmovilizar a las naves durante días o semanas sin vientos ni corrientes. En los bosques submarinos de algas, las anguilas procedentes de Europa y Norte América se encuentran, completan su ciclo reproductor para, a continuación, morir extenuadas en el mismo mar que les vio nacer. Cada hembra deposita a 500 metros de profundidad nada menos que 9 millones de huevos de los que, poco después nacerán los pequeños leptocéfalos que bajarán a aguas de hasta 6.000 metros de profundidad y se dejarán arrastrar por la corriente del Golfo hasta las costas europeas y norteamericanas en un periplo que durará varios años. Al acercarse a los estuarios, algún resorte biológico -posiblemente el cambio en la composición química del agua- desencadena la metamorfosis de las larvas que, reduciendo su masa y su volumen, se convierten en angulas, pequeñas anguilas preparadas para colonizar los ríos que les servirán de hogar durante los próximos años y de los que partieron sus progenitores.



Angula tras haberse metamorfoseado de larva a una réplica en miniatura de un ejemplar adulto.

 Recientemente se ha descubierto que, antes de convertirse en angulas no tienen un sexo definido, convirtiéndose en machos las angulas que se quedan en los estuarios y tramos bajos fluviales – más salinos- mientras que los que remontan hacia los tramos medios y altos se convierten en hembras. Para llegar a su destino son capaces de enfrentarse a fuertes corrientes, a saltos de agua e, incluso, de reptar pequeños tramos fuera del agua.


Esquema con el tamaño de las larvas de anguila a lo largo de su travesía.

 Uno de los misterios que aún envuelven al fantástico viaje de las anguilas radica en que, dado que las anguilas americanas y europeas desovan en la misma zona, debe de existir algún mecanismo que impulse a las larvas procedentes de uno u otro continente, a dirigirse al este o al oeste. La explicación más lógica y aceptada durante mucho tiempo fue que, si la cría de una anguila americana se dirige por error a la costa europea (mucho más lejana) sufriría la metamorfosis en mitad del océano muriendo sin completar su viaje. Si por el contrario, una descendiente de anguilas europeas se dirigiese a las costas americanas, arribaría a ellas antes de iniciar su metamorfosis, muriendo también. Mediante ese sencillo mecanismo, ambas poblaciones se mantendrían separadas genéticamente, pese a reproducirse en el mismo lugar. Sin embargo, hoy se sabe que todas las anguilas forman parte de una sola población de carácter panmítico (un solo pool genético), a lo que se ha propuesto una sorprendente teoría. Se ha demostrado que las anguilas americanas y europeas, cuando abandonan los ríos, se encuentran en la misma condición óptima para reproducirse, pese a que a las segundas les quedan varios meses de viaje. Basándose en ese extraño dato, se ha sugerido que todas las anguilas procedentes de los ríos europeos mueren sin alcanzar el Mar de los Sargazos y que todas las angulas que arriban a los ríos europeos, son descendientes de anguilas americanas. Es decir, las anguilas europeas nunca completarían el viaje de vuelta. Ello explicaría el porqué siguen llegando cada año – aunque en cantidades infinitamente menores que antaño- angulas a Europa, pese a que el número de anguilas adultas que emigran desde Europa sea ínfimo. Pero no explicaría otras incógnitas, como el porqué emigran las anguilas europeas a un destino tan lejano que nunca alcanzan. Y posiblemente nunca se resuelvan. Entre las décadas de los 60 y la de los 80, gigantescos muros de hormigón interrumpieron para siempre el curso de los ríos por los que desde hacía millones de años habían llevado a cabo su migración las anguilas. Grandes obras hidráulicas que supusieron una barrera infranqueable para una especie que vio repentinamente como descendía su población en un 99% en poco más de dos décadas. Las jóvenes angulas llegadas desde el Mar de los Sargazos, no podían llegar a su cercana meta. Y las viejas hembras reproductoras, otoño tras otoño, veían cómo el instinto que les empujaba a viajar al otro extremo del mundo, veían que su periplo se veía truncado por gigantescas barreras insalvables.
Resulta dramático que una especie de aspectos tan extraordinarios y que guarda aún tantos secretos sobre su biología y ecología, parezca condenada irremisiblemente a la extinción. Es evidente que una criatura que necesita para su supervivencia un mundo sin barreras, es absolutamente incompatible con la maraña de infraestructuras con la que hemos tapizado la faz del planeta y en la que basamos nuestro modo de vida. Un lince precisa de un territorio aproximado de 10 kilómetros cuadrados de monte mediterráneo, una pareja de águilas imperiales unos 150 kilómetros cuadrados de cazaderos y un oso panda 6 kilómetros cuadrados de bosques de bambú. Pero una anguila necesita, para completar su ciclo, de todo un inmenso océano junto con grandes ríos europeos libres de obstáculos, algo que dejó de existir hace décadas.



  En 1969 finalizó la obra de la presa de Alcántara, sobre el río Tajo, cortó para siempre el tránsito de angilas en un sentido y en otro. Más de cuatro décadas después, esporádicamente, es pescado alguna vieja hembra que quedó atrapada aguas arriba.



(El título de la entrada está tomado prestado del programa del mismo nombre de Félix Rodríguez de la Fuente para RTVE en 1975, de la serie "La aventura de la vida", en el que narra de manera fascinante el ciclo de este misterioso pez)