"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

viernes, 4 de mayo de 2012

Neptunistas versus Plutonistas


Cerro del Hierro, en San Nicolás del Puerto (Sevilla)

Durante más de un siglo  fue una controversia científica que apasionó a los estudiosos de la época y que, traspasando las fronteras de la geología, y aún las de la ciencia, enfrascó en un encendido debate a buena parte de los geólogos, literatos, filósofos y teólogos de occidente. Hoy, doscientos años después de superado el debate, puede resultarnos inaudito que, durante una época, la sociedad culta se dividiese de forma ferviente entre dos escuelas geológicas: Neptunistas y Plutonistas.
   Los primeros daban por buena y defendían la teoría que afirmaba que las rocas de la corteza terrestre se habían formado mediante la sedimentación y cristalización de los minerales en el fondo de los océanos, poco después de la creación. La teoría, propuesta por Abraham Gottlob Werner en el siglo XVIII y defendida por numerosos científicos – Alexander Von Humboldt, entre ellos- , tomó el nombre de Neptuno, el antiguo dios romano de los mares (Poseidón para los griegos). Los segundos, en cambio, sostenían que los materiales rocosos tenían su origen en los volcanes y tomaron el nombre de su teoría de Plutón, el dios romano del inframundo. Propuesto por James Hutton a principios del siglo XIX y reforzado por los nuevos estudios de geólogos y exploradores -entre los que se encontraban alumnos de Humboldt-   a lo ancho y largo del mundo, el Plutonismo amenazaba con desbancar al Neptunismo. Pero había algo que hizo posible que estas dos teorías antagónicas  y la disputa intelectual que generaron, no se quedasen en un mero debate en el ámbito académico, implicando a las corrientes de opinión de la sociedad de la época. El trasfondo que escondía la cuestión radicaba en que el Neptunismo, al situar el origen de las rocas en una época en la que la faz de la Tierra hubo de estar sumergida, admitía la veracidad del diluvio universal y otorgaba validez histórica al Génesis. De hecho, emanaba directamente del Diluvianismo, teoría basada en las sagradas escrituras. El Neptunismo, además,  establecía una cronología geológica para el planeta que cuadraba perfectamente con los márgenes temporales bíblicos, estimando la edad del planeta en unos 6.000 años. Precisamente, una de las acusaciones que a menudo recibieron los plutonistas era la de ateos, pues su teoría negaba implícitamente la existencia del diluvio universal, así como su participación en la formación de las rocas y manejaba unas estimaciones sobre la edad de la Tierra mucho mayores. Algunos plutonistas, basándose en sus estudios de las rocas, se atrevieron a proponer 100 millones de años como edad del planeta (hoy se sabe que son 4.500 millones de años), lo que en modo alguno se ceñía a los lapsos de tiempo que se reflejaban en los textos bíblicos. El plutonismo, además, planteaba un concepto tan avanzado como blasfemo: El Uniformismo. Según este, en las transformaciones de la naturaleza, lo único que permanece sin cambios son las leyes que la rigen, lo que entraba en colisión con el Catastrofismo bíblico.

El verdadero origen del basalto constituyó uno de los campos de batalla entre las dos escuelas geológicas. Plutonistas afirmaban que era de origen magmático y Neptunistas, que procedía de la sedimentación y posterior cristalización de materiales marinos, como demostraban algunos fósiles encontrados entre rocas basálticas. Después se demostraría que esos fósiles pertenecían a rocas sedimentarias atravesadas por inclusiones magmáticas que dieron lugar al basalto.

   El debate se fue recrudeciendo y no faltaron plutonistas que devolvieron la acusación de ateos a los propios neptunistas, alegando que una teoría como la del plutonismo, requería de un “orden natural equilibrado”, en el que entrarían en juego fuerzas naturales destructivas (como las que erosionan los materiales de la corteza terrestre) y creadoras (como las que en el subsuelo y en los volcanes forman nuevos materiales). En dicho orden tendría más cabida la idea de un arquitecto divino que en el mundo estático y en constante envejecimiento que proponía el neptunismo. La disputa se volvió más intrincada cuando racionalistas de ambos bandos esgrimieron exactamente los argumentos opuestos sentido opuesto, planteando su teoría como la más racional y acusando a la contraria de ser fruto del fanatismo religioso, más que del conocimiento científico contrastado.

La teoría del Neptunismo no entraba en contradicción con la versión bíblica del origen de
la Tierra ni con el relato del diluvio universal, conceptos considerados como verdades
 absolutas intocables hasta el siglo XVIII.

   Las tertulias eran escenario de acaloradas discusiones sobre el tema; la prensa popular se hizo eco de la polémica; numerosos libelos circularon por Europa y Norteamérica desacreditando a los defensores de una u otra postura; literatos, filósofos, naturalistas, religiosos, maestros y políticos se posicionaban de forma vehemente en uno de los bandos irreconciliables. El asunto llegó, en un momento dado, a poseer más connotaciones ideológicas que puramente científicas. El literato (y brillante geólogo) alemán Goethe, por ejemplo, tomó partido en la controversia – en su caso apoyando a los neptunistas-, reflejándolo en alguna de sus obras. El último acto de Fausto contiene un diálogo entre un neptunista (Fausto) que expone su teoría y un plutonista (Mefistófeles) que argumenta a favor de los fuegos interiores de la Tierra.


Fausto y Mefistófeles, en la obra de Goethe, encarnan respectivamente a un defensor del
Neptunismo y a otro del Plutonismo.


   Con el tiempo, y a golpe de evidencias científicas, el neptunismo quedó obsoleto, para poco después hacerlo el plutonismo. Hoy se sabe que los orígenes de las rocas pueden ser ígneos, sedimentarios o metamórficos, y que ninguna de las dos teorías enfrentadas estaba totalmente en lo cierto, pero se las considera a ambas como valiosísimos fundamentos de la geología moderna. Gracias al Neptunismo se profundizó en el conocimiento de las rocas sedimentarias y de los fósiles como nunca se había hecho antes. Y gracias al Plutonismo, se hizo lo propio con las rocas metamórficas e ígneas. Ambas acertaron básicamente en lo que afirmaban pero erraron en lo que negaban. Es decir, se acercaron parcialmente a la verdad, pero presentaban una objeción fundamental: Sus defensores las consideraron verdades absolutas y excluyentes. Aún así, y pese a lo exacerbado de las posturas que se enfrentaron en aquel debate, resulta estimulante el pensar que hubo una época en la que una controversia perteneciente al campo de las ciencias podía traspasar los muros de los paraninfos y extenderse por toda la sociedad.

6 comentarios:

  1. Juan Pedro Viñuela Rodríguezsábado, 05 mayo, 2012

    Un gran debate de los inicios de la geología como ciencia. Se extendería al debate entre evolucionistas y creacionistas del siglo XIX. Otro que también salió del marco científico-filosófico. Gracias por tu ilustración.

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  2. Pero si en aquel debate, los Plutonistas representaban una visión progresista de la ciencia y los Neptunistas otra más conservadora, que no quería dar la espalda a la tradición religiosa, en el debate entre creacionistas y evolucionistas sólo hay un enfrentamiento entre creencias en mitos religiosos puros y duros, por un lado, y la ciencia, por otro. Desgraciadamente el analfabetismo funcional de gran parte de la población del país más poderoso del mundo, el fanatismo y el gran poder económico de algunos sectores en las universidades estadounidenses, ha hecho que lo que no debió de haber pasado de una anécdota grotesca esté tomando visos que le ponen a uno los pelos como escarpias. Como que se imponga en numerosas facultades la enseñanza del creacionismo como realidad histórica y se elimine la del evolucionismo. Esperemos que esta aberración, que este salto atrás en la historia del conocimiento humano, no cruce el charco. Un saludo.

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  3. En cierto modo, yo creo que ya está en este lado del charco Manolo. Con variantes y formas propias, creo que también Europa ha dado la espalda en bastantes aspectos a su papel de defensora de la Ilustración y la Ciencia. Muy buena la entrada. Saludos.

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  4. Muy interesante esta pincelada concreta de cómo evoluciona la ciencia, pasando del lógico tanteo a la certidumbre verificada para encontrarse con nuevas cosas que tantear... En cuanto a la involución creacionista me temo que irá a más al menos durante un tiempo. En EE.UU. el de los cristianos fundamentalistas es un importante sector de votantes al que hay que mimar, por lo cual se les ha de proveer del azúcar que ansían aunque se les pocheen los dientes a ellos y a sus compis colindantes. Además, cuando las cosas se ponen difíciles (y el ataque a lo lupus que se está autoinfligiendo Occidente ciertamente está provocando situaciones chungas por estas orillas) se crea un eficaz caldo de cultivo propicio para que prosperen extremismos (no todos ellos muy obvios para los ojos narcotizados que nos caracterizan) y actitudes irracionales, de modo que en ese aspecto tampoco veo yo un futuro demasiado halagüeño, al menos en los años venideros.

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  5. No conocía las teorías neptunista y plutonista, y sin embargo, algunos pasajes de esta magnífica exposción me han resultado tan familiares...

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  6. Me sirvió mucho para mi ramo de geología, gracias. Siempre es bueno acompañar la ciencia con algo de historia.

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