"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

martes, 20 de agosto de 2013

El silencio creador de bosques



 El sorpresivo y repentino canto del mirlo entre las zarzas,  el chisteo de la curruca y el canto aflautado de la oropéndola;  el escandaloso arrendajo en la lejanía y el martilleo del pico picapinos en algún tronco no más cercano; el reclamo monótono de los grillos, los alacranes cebolleros y las cigarras; las castañas caen a ráfagas, la hojarasca crepita, las tensiones de los viejos fustes rechinan con su cimbra y las ramas murmuran con el viento; el zorro grita todo lo alto que le es posible delimitando su pequeño reino, el corzo ladra, las ranas intentan atraer consorte mediante su reclamo -a la vez que delatan la situación de la pequeña charca- y desde la vaguada llega la berrea del venado desafiando a sus competidores;
acercándose al viejo árbol se puede escuchar la algarabía de los lirones caretos en su disputa por una bellota en su morada, y acercándose aún más, se escucha incluso a la larva del cerámbix que roe la madera del centro del tocón hueco  con su rítmico compás, parecido al tic-tac de una cuenta atrás; la jabalina gruñe para reagrupar a los rayones que se quedan atrás y estos acuden inmediatamente acompañando su carrera con una secuencia de chillidos emocionados;  el cárabo ulula, el ratonero maúlla, las urracas graznan y el torrente en su impetuoso descenso los ensordece a  todos. Esta enmarañada polifonía es el latir del bosque, lugar en el que se puede encontrar casi de todo menos silencio. Un bosque mudo es un bosque muerto. Cuentan los supervivientes que en los bosques cercanos a Nagashaki, tras las explosiones nucleares, todo era silencio. Lo mismo cuentan las crónicas del cinturón boscoso que rodeaba a Stalingrado, tras los meses en los que se libró una de las batallas más terribles de la historia: Era un lugar estremecedor en el que no se escuchaba nada.

   Sin embargo, cuando nos referimos al silencio de los bosques, no lo hacemos al silencio sepulcral de estos lugares muertos, sino a la ausencia de sonidos artificiales que interfieran en lo que esperaríamos escuchar en aquellos espacios que aún no se encuentran mancillados. Evocamos a un lugar común en el que el mayor signo de pureza y de inalterabilidad es que  ninguna nota sonora resulta disonante. Por tal silencio no entendemos la ausencia de sonidos, sino la ausencia de ruidos. Es el silencio de los bosques y de los parajes vírgenes un silencio abarrotado de sonidos.  Y tal ausencia de ruidos producidos por el hombre nos puede llegar a transmitir toda suerte de sensaciones, puede estremecernos y puede llegar a abrumar a quien – como la inmensa mayoría de nosotros- ha pasado la inmensa mayoría de su vida, desde incluso antes de nacer, envuelto en un maremágnum de ruidos artificiales.

   Esa ausencia de interferencias humanas deja patente lo excepcional de algunos enclaves que algunas culturas interpretaban como venerabilidad. El cuento del principio de los iroqueses, en el que se relata el origen del mundo, finaliza con la siguiente frase:

Desde entonces, el espíritu del bien vela por que en los bosques más venerables siga reinando el silencio, protege a la humanidad y acoge a las buenas almas”.

   Julio Caro Baroja también se refería a la calma silenciosa del antiguo bosque sagrado –aún sin mencionarlo- cuando escribía sobre los robles de Vizcaya:

 Antiguamente, los hombres debían reunirse para  tratar de alguna cuestión importante en ciertos lugares en el bosque que conservaban el prestigio en la memoria de las personas. […]Entre Vera y Lesaca hay un prado (Batzar leku, lugar de reunión) con árboles viejísimos, magníficos, sitio muy silencioso y muy a propósito para que se reunieran en él los vecinos de las dos villas

   También evoca un concepto parecido el libro XII de la Eneida cuando dice:

Mi palabra es como este cetro, que nuca ya brotará ramas, ni dará sombra, desde que fue cortado de raíz donde el silencio amamanta a la selva, perdió su madre la tierra y a impulso de la segur depuso cabellera y brazos

   El silencio que amamanta a la selva. Nunca sospecharía Virgilio que, más de dos milenios después de que escribiese su obra, sería la ciencia quien suscribiría y otorgaría todo el sentido a esta expresión, estableciendo y demostrando que la relación entre las formaciones forestales y el silencio es algo más que una licencia poética. Un silencio que, a la luz de los datos más recientes, no sólo otorga magia y calma a los bosques, sino que los genera y los preserva.
Bosque de pinos en Nuevo México
   Un equipo de investigadores de EEUU (Dirigidos por Clinton Francis, de la National Science Foundation) pasó una larga temporada en el parque natural de Rattlesnake Canyon (Nuevo México). En dicho enclave existen antiguos bosques de pino,  inalterados, en los que no se practica la caza, no se practica el aprovechamiento maderero, no existen carreteras ni núcleos habitados cercanos y las alteraciones humanas son prácticamente inexistentes. Con una considerable excepción: en la zona hay cientos de pozos de gas natural que son explotados mediante bombas que producen altos niveles de ruido durante 24 horas al día y 365 días al año. Además, existían zonas relativamente alejadas, con las mismas características ecológicas, pero sin pozos de gas, por lo que eran candidatas perfectas para ser tomadas como “parcelas testigo”. Se trataba, en definitiva, de los lugares idóneos para llevar a cabo una investigación sobre la afección de la contaminación acústica sobre el bosque. Los datos arrojados fueron tan sorprendentes como, por otras parte, lógicos. En la zona más afectada por el ruido, las especies de animales que basan su comunicación en alarmas y reclamos sonoros veían limitadas sus posibilidades de llevar a cabo un desarrollo normal de su ciclo vital hasta tal punto que abandonaban por completo el lugar. Una de estas especies era la urraca azuleja (Aphelocoma californica), ave que, al igual que el arrendajo, posee la costumbre de esconder por el bosque remesas de piñones para disponer de ellos a lo largo del año. Muchos de estos almacenes, al ser olvidados, dan lugar a nuevas generaciones de pinos que permiten al bosque regenerarse. Pero el efecto indirecto sobre los pinos va más allá y los científicos comprobaron cómo, no sólo desaparecían las urracas, sino que también lo hacían los felinos y mustélidos, especies que basan sus sigilosas técnicas de caza en  la detección de sus presas gracias a ruidos casi imperceptibles que estas provocan. Y que con una alta carga de ruido ambiental, son indetectables. Esta desaparición de mustélidos, felinos y urracas tuvo un efecto contundente sobre otro tipo de comedores de piñones: los roedores. Sobre todo los ratones comprobaron cómo amplias zonas se vieron libres de sus principales predadores a la vez que de sus principales competidores con los que se disputaban los piñones, por lo que su número aumentó de forma espectacular. Pero, a diferencia de las urracas, los ratones devoran cada piñón que encuentran, no dispersando las semillas ni formando parte del proceso de regeneración forestal.
  
Piñones germinando




   El resultado de esta concatenación de causas y efectos indirectos es que en las zonas con altos niveles de ruido no existía un porcentaje de pinos jóvenes que permitan asegurar la perpetuación del bosque, dándose un número de nacimiento de pinos cuatro veces menor que en las zonas sin contaminación acústica. Dicho impacto, a lo largo de años y años dio lugar a una alteración en la composición del bosque que, aunque en un principio era difícil de detectar, con el tiempo fue adquiriendo magnitud y notoriedad. Menos pinos significa la disminución de un hábitat vital para cientos de especies y unos efectos a medio o largo plazo muy difíciles de evaluar. La inmensa mayoría de los árboles eran ejemplares viejos y los claros que dejaban los árboles que iban muriendo, eran sustituidos por otro tipo de especies arbustivas. Estos efectos se retroalimentaban pues, a la vez que los árboles viejos producen menos semillas viables, los claros cubiertos por arbustos no permitían la viabilidad de las pocas semillas que germinaban. Poco a poco, pues, la fisonomía y la composición del bosque iban cambiando hasta dar lugar a otro ecosistema completamente distinto al original, con otras especies de flora y de fauna. Y todo ello a causa de una única variable alteradora: el ruido.

   En otras zonas del mundo se han realizado otros estudios que han arrojado resultados muy similares. En el río Cuyabeno (Ecuador), en las cabeceras de la cuenca amazónica, se estudiaron las afecciones del tráfico de canoas motorizadas sobre la conducta de los monos aulladores (Alouatta pigra) y los monos araña (Atetes geoffroyi), habitantes de las selvas fluviales de galería sudamericanas para los que la comunicación sonora adquiere gran importancia. Se comprobó cómo estos primates abandonaban los territorios con más afluencia de este tipo de embarcaciones (el medio de locomoción más frecuente en dichas zonas) para desplazarse a otros más tranquilos. Las zonas despobladas de estas especies de monos frugívoros, quedaron sin unos de sus más efectivos agentes de dispersión de semillas de varias especies de árboles. Los efectos a largo plazo aún  no han sido estudiados con suficiente profundidad, pero es de esperar una reacción en cadena de efectos indirectos similar a la de las urracas azulejas y los pinos de Nuevo México.

Embarcaciones a motor en la Reserva Faunística del Cuyabeno (Ecuador)

   La contaminación acústica parece alarmarnos menos que otras, posiblemente por tres razones. La primera es que tenemos la sensación de que se trata de un problema de efectos menores. A pesar de ello, las consecuencias sobre los sistemas ecológicos de este tipo de alteración cada día son más incontestables.  Otra razón puede ser que damos por hecho que, al contrario que otros tipos de contaminación, la acústica, deja de existir automáticamente una vez que su fuente deja de emitirla, no se acumula y no se traslada. Si bien es cierto, también lo es que, de poco sirve pensar que si la fuente de contaminación cesa, la contaminación desaparecería, si la fuente no cesa nunca. Además,  pese a que la contaminación acústica en sí no se alargue en el tiempo una vez silenciado el origen del ruido, no ocurre lo mismo con los efectos que pueden serlo a muy largo plazo y alargarse durante décadas.

   Dada la intensidad de los impactos de este tipo de contaminación que habitualmente han sido infravalorados- y que estamos comprobando cómo pueden llegar incluso a cambiar paisajes- y dado el alcance del omnipresente ruido que precede y acompaña al ser humano allá donde hace acto de presencia – es decir, casi en cada palmo del planeta- , estremece imaginarse los verdaderos efectos de nuestra huella sonora sobre la biosfera.
   Quizás una de las personas que más conocimiento alberga sobre los sonidos de los parajes vírgenes, libres de contaminación acústica, sea Berni Krause, biólogo, músico e ingeniero sonoro (autor, entre otras, de la inquietante música de la subida de Martin Sheen  por el río hacia Camboya en Apocalypse Now). Ha dedicado los últimos cuarenta años a buscar, recopilar y estudiar los paisajes sonoros de los enclaves más intactos del planeta, habiendo grabado miles de horas de lo que bien pudiera considerarse como la banda sonora de la Tierra antes de que la convirtiésemos en el bullicioso lugar que es hoy.  
Espectrograma elaborado por Berni Krause en el que "disecciona" los sonidos de un paraje virgen en el que cada componente de la orquesta ocupa su lugar en el espectro sonoro.
   Krause comprobó aterrado cómo, no sólo cada vez le costaba más localizar un lugar del planeta que se mantuviese libre de interferencias acústicas humanas, sino que prácticamente la mitad de los paisajes sonoros que había grabado en sus cuatro décadas de búsqueda, ya no existían.
“Un gran silencio se está extendiendo sobre el mundo natural a medida que el sonido del hombre se vuelve ensordecedor. Poco a poco, la gran orquesta de la vida, el coro del mundo natural, está en proceso de apagarse. Ha habido una disminución masiva de la densidad y diversidad de los sonidos de las criaturas, grandes y pequeñas. La sensación de desolación se extiende más allá de un simple silencio”.
Bosque de Hayas y Abetos en la reserva integral de la Selva de Irati (Navarra)

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