"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

martes, 28 de enero de 2014

ACOSO AL ZORRO


   Se trataba de una tarde que condensaba perfectamente lo que venía siendo aquel noviembre, ligeramente ventoso y agradablemente lluvioso. Pero la llovizna comenzaba a cobrar importancia y, a medida que se convertía en aguacero, iba abandonando la idea de proseguir con la incursión para recolectar madroños y me invitaba a buscar algún refugio. Y el único cercano era el saliente de cuarcitas que corona la umbría y que, sin duda ya sirvió de abrigo durante miles de años a personas con pocas ganas de empaparse con la lluvia. Pero no sólo a personas…
Con las orejas y la mirada gachas y el agua resbalándole por pelaje, con un ligero trote, se acercaba desde el espeso matorral totalmente confiado, exactamente hacia donde me encontraba. Como un duende aparecido de improvisto de entre la espesura. No se percató de mi presencia hasta que se encontraba a menos de cuatro metros. Entonces y como fulminado por un rayo, quedó instantáneamente petrificado, con sus ojos abiertos de par en par fijos en mí y las orejas completamente desplegadas -supongo que con una sorpresa y una pose similar a la mía-. Lo único que rompía la completa inmovilidad del animal era su trufa vibrante y ansiosa por captar cada átomo en el aire que le permitiese discernir si lo que estaba viendo era real. La escena duró un silencioso instante que a ambos se nos hizo largo e impactante. De repente, la magia se desvaneció en una milésima de segundo y, como atizado por un resorte, el zorro se sumergió de nuevo en el jaral para desaparecer de forma instantánea. El ruido de los arbustos cada vez más lejanos con los que iba tropezando, delataba lo precipitada y veloz de su huida. No fue un encuentro espectacular con una de las especies consideradas como joyas de la fauna ibérica; tampoco fue la observación prolongada y sosegada del comportamiento de un animal. Por supuesto se trató de un avistamiento sin el más mínimo valor científico y ni siquiera estoy seguro de que mereciese mucho hueco en el cuaderno de campo de muchos naturalistas, avezados en citas más memorables. A cualquiera de ellos a quien contase la experiencia no podría decir mucho más que un lacónico “he visto un zorro unos segundos”, que en términos objetivos es lo que realmente podría relatar. Sin embargo, aquel encuentro furtivo y fugaz de hace ya unas dos décadas con aquellos ojos de color ámbar, ha supuesto una de las experiencias más impresionantes que he tenido el lujo de disfrutar con una criatura salvaje en libertad y de las que más huella me ha dejado. Aquella soberbia estampa era la de un animal absolutamente bravío y genuino que no tenía pensado dejar de serlo. La de un ser tremendamente inteligente que razona y asocia, la de un prodigio de la evolución. Y también la de un perpetuo fugitivo.


   Lazos de alambre, de cable o de nylon, cepos de hierro, cepos con red, trampas de mordaza, ballestas de muelle, cajas trampa, jaulas trampa, cebos envenenados, escopetas, jaurías de perros o perros especializados en las madrigueras, águilas domesticadas, gaseado o cavado de madrigueras, persecuciones a caballo, caza nocturna con focos alógenos,…. Realmente pocas especies han conseguido ser objeto de tantos métodos de aniquilación como el perseguido zorro. En ocasiones se le ha perseguido por su piel, otras por ser una amenaza para el pequeño ganado doméstico, otras por transmitir la rabia, otras por comer conejos y otras, simplemente, por entretenimiento o tradición…. Nunca han faltado al ser humano razones para someter a un acoso implacable y sistemático al zorro. Sirva un dato escalofriante para dar fe de la virulenta persecución de la que este animal es objeto: Si bien su longevidad en libertad está registrada en doce años, según los estudios realizados, la inmensa mayoría de los zorros en Europa mueren por causas artificiales antes de cumplir los dos años. Es innecesario explicar que esas “causas artificiales”, en la mayoría de las ocasiones, son crueles hasta extremos insospechados. Otro dato con cariz de auténtica masacre son los casi dos millones de zorros que, según los datos oficiales, cada año son abatidos en la UE.  Dada esta persecución, de haberse tratado de una especie con otras características biológicas y ecológicas, estaríamos hablando de un animal que, como ha ocurrido con otros mamíferos carnívoros situados desde tiempos inveterados bajo el objetivo de nuestra persecución, se encontraría al borde de la desaparición. Estaríamos hablando de un animal que sería considerado icono de la naturaleza salvaje, que merecería todos los esfuerzos de preservación y que, casi con toda seguridad, sería admirado como el prodigio de la evolución que sin duda es, por muchas más personas de lo que lo es actualmente.

Pero el zorro es un animal que, a pesar de todo, es relativamente abundante (en la Península ibérica hay una densidad media de un zorro y medio por cada kilómetro cuadrado, algo insólito en un mamífero salvaje de tamaño mediano). Y para eso se ha sabido valer de dos de sus mejores armas de supervivencia: Por un lado, se trata de un animal sumamente prolífico, llegando a tener camadas de doce zorreznos – aunque la media sea de cinco- y pudiendo adaptando el volumen de estas a la abundancia o escasez de alimento. Sorprendentemente también puede regular su prolijidad en función de la densidad de las poblaciones, teniendo mayores camadas en territorios menos saturados y camadas menores en aquellos con poblaciones más densas. Dicho de otra manera, allí donde la persecución del raposo sea más intensa, este será más prolífico y viceversa.
   Por otro lado, el raposo es la viva encarnación de la versatilidad, el oportunismo y el eclecticismo, pudiendo convertir en su territorio perfecto al matorral mediterráneo, al bosque caducifolio, los campos de cultivo, el suburbio de una gran ciudad, la tundra helada o la marisma. La misma adaptabilidad ha hecho que su distribución se extienda prácticamente por toda la tierra firme desde el sur del Trópico de Cáncer al norte del Círculo Polar Ártico (además del continente australiano). O que pueda hacer que recursos tan dispares como los conejos, los insectos, la basura, la fruta o los paseriformes, sean en circunstancias determinadas la base de su dieta.

   Sin duda, en la carrera por la supervivencia a su favor también han jugado cualidades como su inteligencia que, además de ser proverbial, está constatada. De hecho, estudios científicos han demostrado que es poseedor de un intelecto sustancialmente superior a los del perro y el lobo. Abundando en el mismo aspecto, resultan impresionantes tanto su compleja vida social como el dato de los 46 sonidos diferentes con los que suelen comunicarse, lo cual denota un elaborado código de comportamiento. El raposo también puede presumir de un portentoso sentido del oído que, unido a la movilidad de sus orejas, le permite descubrir el origen de cualquier sonido cuya frecuencia esté comprendida entre 700 y 3.000 Hz. Ello le permite detectar a una musaraña inmóvil entre la hierba sólo por su respiración, encontrar topillos en sus madrigueras bajo la nieve o localizar lombrices gracias al roce de los pelos microscópicos de estas con las paredes de sus galerías. Por si todo ello fuera poco, posee unas increíbles dotes para la marcha, pudiendo recorrer cientos de kilómetros (se ha llegado a datar un caso de 394 km.) seguidos pasando completamente desapercibido.

Una de las más increíbles técnicas de caza del zorro consiste en detectar a una presa oculta entre la hierba o bajo la superficie de la tierra mediante el oído y el olfato antes de llegar a su posición. Con un preciso y enérgico salto se sitúa exactamente sobre el punto determinado para, antes de volver a caer, localizarla y aterrizar justo sobre la presa.

   Todas esas virtudes unidas a su indiscutible belleza convierten al zorro en una criatura excepcional y han servido de inspiración para que numerosas culturas a lo largo del tiempo hayan considerado al zorro como un animal mítico. Desde los indígenas norteamericanos, hasta Japón y los cultos sintoístas, pasando por las culturas escandinavas, el zorro ha ocupado un lugar preeminente en el mundo de los mitos, por no hablar de su sempiterna presencia en los cuentos y la tradición oral de todo el hemisferio norte.


Ejemplo del respeto ancestral que el zorro gozó en la cultura japonesa son referencias como la de A. Kurosawa en su película Sueños a la kitsune, antigua procesión de zorros que recorría los bosques.

   Pero nada de ello ha servido para que maese raposo, como lo denominaba Félix Rodríguez de la Fuente, pueda zafarse del acoso humano. Donde antes decían “exterminio de alimañas” hoy dicen “gestión de predadores” y donde antes usaban la expresión “exterminio” hoy usan la mucho más moderna “control drástico de poblaciones”. Eufemismos para una saña que no permite dar un respiro a esta fascinante especie considerada más veces como plaga o alimaña que como digna de profunda admiración. Quizás el que sea abundante ha llevado a dado lugar al equívoco de considerarlo como una especie común, cuando no hay nada más lejos de la realidad. Se trata de una especie extraordinaria que paga un alto tributo por su mayor pecado: no haber sucumbido a nuestra persecución.

1 comentario:

  1. Precioso! Yo también he tenido momentos así. Y uff! Llenan profundamente. Te vuelves a casa pensando...pues joder! la vida merece la pena. Y el zorro también, por supuesto. Un saludo!

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