"Cuando un naturalista se enamora de la naturaleza, ya nunca tendrá suficiente"

Sir David Attenborough

Un petirrojo en el infierno




La de un pequeño pájaro herido adoptado por una persona y cuidado hasta que este se recupera y es liberado, es una historia que, aunque hermosa, en principio tiene poco de extraordinaria. Pero la que de forma difusa llegó a mis manos y he tratado de recomponer, no tiene nada de vulgar aunque sí mucho de épica y bastante de extraordinaria. Se trata de un relato real que rezuma belleza y que convierte, una vez más, en sorprendentes a los mecanismos que modulan la condición humana.

Alguien encuentra un pájaro herido, un petirrojo en este caso, y decide adoptarlo e intentar curarlo. Lo especial de esta historia es que ese alguien es un soldado perteneciente al 6º Ejército alemán que combate en la segunda guerra mundial. Corre el mes de junio de 1942 y el 6º Ejército, tras cruzar las fronteras de la Unión Soviética atraviesa la estepa rusa en dirección a Stalingrado donde espera el grueso del Ejército Rojo para evitar su toma. A primeros de septiembre llegan las tropas alemanas la ciudad del Volga y con los primeros combates comienza un episodio de la historia que acabaría convertido en una auténtica masacre. Durante seis meses se libra la que está considerada como la batalla más sangrienta de la historia de la humanidad, en la que perecieron más de cuatro millones de personas. Los soldados de ambos bandos eran enviados al frente a una muerte segura, pues los generales alemanes y soviéticos eran conscientes de que la victoria de cualquiera de las partes sólo era posible a base de ingentes cantidades de muertos. Los combatientes se dirigían hacia las tropas enemigas incluso sin armas, para tomar las de sus compañeros muertos que avanzaban antes que ellos y en las retaguardias líneas de soldados de sus propios ejércitos disparaban a todo aquel que osase retroceder. Y el petirrojo pasaba de mano en mano cada vez que su eventual protector era enviado a una muerte segura hacia las filas enemigas. Se fue recuperando gracias a los esmerados cuidados de sus sucesivos padres adoptivos, pero el invierno se había acercado demasiado y sus congéneres ya habían emigrado hacia latitudes más meridionales, por lo que no podía ser liberado.
A mediados de noviembre las tropas alemanas quedaron cercadas por las soviéticas en Stalingrado. El ejército asediado sufría no sólo las elevadas bajas del cruento combate, sino unas condiciones infrahumanas en las que enfermedades como la disentería o el tifus se sumaban a la falta de víveres y agua potable así como a un excepcionalmente crudo invierno en el que se alcanzaban temperaturas de -25 Cº. Pero incluso en esas circunstancias, en medio de todo el horror de la peor batalla en la peor de las guerras, el pequeño pájaro siempre tuvo a alguien que asumiese la responsabilidad de darle comida, agua, calor y protección.



Las condiciones de las tropas alemanas asediadas en Stalingrado no propiciaban a simple vista el que aquellas personas se preocupasen de algo que no fuese su supervivencia.

En la mañana del 2 de febrero de 1943, tras 154 días que fueron un auténtico infierno de sangre y destrucción, los últimos soldados alemanes se rinden en los escombros de la fábrica de tractores Octubre Rojo. Del millón doscientos mil soldados que componían el 6º Ejército alemán, en aquel momento sólo sobrevivían 93.000. Y entre esos famélicos, agotados, desmoralizados, ateridos y enfermos hombres, uno de ellos portaba, seguramente en un confortable bolsillo de su casaca, al afortunado petirrojo.
Pero a pesar de haber finalizado el infierno de Stalingrado, la pesadilla no había llegado a su fin para aquellos soldados. Fueron conducidos a pie al campo de concentración de Gumrak situado a 25 kilómetros al oeste de la ciudad y durante la travesía murieron nada menos que las dos terceras partes de los prisioneros.
Y de los 30.000 soldados que formaban lo que quedaba del 6º ejército, otros 25.000 encontrarían la muerte en aquel campo de concentración. Pero siempre hubo alguien encargado de la protección del pájaro que fue finalmente liberado sano y salvo al llegar la primavera. Una criatura frágil y delicada sobrevivió tras pasar por el propio corazón del más brutal de los escenarios. Posiblemente voló libre para encontrar pareja y establecer su nido en algún matorral de la gran cuenca del Volga.

Si esta impresionante historia fuese una fábula, podría prestarse a moralejas sobre la esperanza en momentos en los que absolutamente nada invita a ella. Precisamente a esa esperanza encarnada en el pájaro podrían haberse aferrado sus respectivos protectores. También puede prestarse a reflexiones sobre lo complejo y paradójico de nuestras reacciones aún – o sobre todo- en momentos extremos. Existen datos sobre historias parecidas con gatos, perros, canasteras, milanos negros, alcaravanes e incluso oseznos. Personas sumidas en lo más parecido al horror absoluto, que positivamente saben que morirán en breve, a los que es evidente que para sus superiores forman una masa humana totalmente sacrificable, que no tienen qué comer y qué beber, se organizan de forma tácita y espontánea para hacer algo que casi con toda seguridad no harían en sus vidas normales anteriores: Proteger a un indefenso animal.


El maravilloso caso de los Cangrejos Samurái y la belleza del método científico.




   El Cantar de Heike es un poema épico de la literatura japonesa clásica que cuenta a lo largo de sus seis libros una tragedia que tuvo lugar hace casi un milenio. Según la epopeya, en esa época coexistían dos clanes de Samuráis, los Genji y los Heike, que llevaban décadas de enfrentamientos por el poder. El culmen de esta guerra entre clanes tuvo lugar el 25 de abril del año 1185, en la Batalla de Dan-no-ura, cuando en una batalla naval que duró media jornada, los Genji aniquilaron a la flota Heike. Los supervivientes de este último clan fueron ahogados en  la costa del estrecho de Kanmon y los comandantes que no cayeron en la batalla, se suicidaron dignamente sumergiéndose en la misma playa. La emperatriz Heike, desolada, tomó a su nieto heredero en brazos y juntos se adentraron también en el agua, dando por aniquilado el glorioso clan samurái.  Según el folclore japonés, las almas de los samuráis Heike viven bajo las aguas de Honsü, encarnadas en la forma de extraños cangrejos. En efecto, es frecuente encontrar en estas aguas cangrejos que en su caparazón presentan la cara de un samurái enojado. Aún hoy, cuando los pescadores locales los encuentran, como muestra de respeto a los samuráis Heike, los devuelven al agua. Y es aquí, justo aquí, donde acaban la leyenda y el folclore, para dar paso a una fascinante historia que nos habla sobre el conocimiento científico.
Heikiopsis japonica


   Los cangrejos considerados como la encarnación de aquellos guerreros son  concretamente de la especie Heikiopsis japonica (en honor al clan) y, efectivamente, en su caparazón muestra un patrón que se asemeja asombrosamente a las facciones de un samurái. Resulta tan difícil achacar este hecho a la casualidad o a la selección natural que el naturalista Julian Huxley planteó en la revista Life una hipótesis en 1952 que pretendía arrojar luz sobre el misterioso fenómeno. El divulgador Carl Sagan tomó la idea y la  narró en su serie Cosmos, en Una voz en la fuga cósmica, de forma magistral. Según Huxley y Sagan, hace siglos los pescadores se percatarían que algunos cangrejos presentaban en su caparazón formas que, remotamente, se asemejaban a un rostro. Como modo de mostrar su respeto a la legendaria saga de guerreros desaparecidos en aquellas aguas, decidieron indultar a los que presentaban estos diseños en su caparazón, sólo atrapando a los que no los presentaban. De esa forma, involuntariamente, inducirían una selección artificial que daría lugar a cangrejos cada vez con más parecido a los rostros humanos. Así, en la misma especie, los que mostraban esta anomalía poseían menos posibilidades de acabar en un puchero y más posibilidades de sobrevivir, de reproducirse y – por consiguiente- de transmitir sus genes – creadores de caparazones con cara de samurái-  a sus descendientes. Del mismo modo, aquellos individuos que menos se asemejaban a guerreros poseían más posibilidades de ser retirados de la carrera por la supervivencia y acabar sus días en el plato de algún japonés.
   Esa presión selectiva involuntaria ejercida durante siglos en la misma bahía daría lugar a cangrejos extraordinariamente parecidos a las faces legendarias. Se trata de una resolución sumamente hermosa para el misterio que, a la vez, resultaba un ejemplo muy didáctico de la selección evolutiva.


   Pero, desgraciadamente para los amantes de las historias con finales cerrados, la historia no terminó aquí. En los noventa Joel Martin analizó la teoría de Huxley y de Sagan, presentando varias pruebas en contra. Por un lado, el registro fósil demostraba que cangrejos con esos diseños  vivieron mucho antes de la Batalla de Dun-no-ura y de la aparición de nuestra especie sobre la faz de la Tierra. Por otro lado, otras especies que habitaban en lugares alejados y en los que la costumbre de los pescadores de Honsü no existía, también mostraban formas parecidas. Finalmente, los relieves en el tórax de los cangrejos samurái obedecen a las inserciones musculares y de determinados órganos internos en el exoesqueleto. Y la semejanza con un rostro humano, a la casualidad. El abuelo de Huxley – también científico- dejó escrita  una frase que puede aplicarse perfectamente a esta historia: “la gran tragedia de la ciencia: la muerte de una bella hipótesis en manos de una horrible verdad.” Paradójicamente, al echar por tierra la sugerente historia de las pescadores modelando involuntariamente la evolución de un crustáceo, historia que haría las delicias de cualquier naturalista, el método científico se mostró en toda su grandeza y belleza. El conocimiento no obedece a las teorías que puedan ser contadas de forma más hermosa; obedece a la evidencia contrastada y a los datos objetivos, no sujetos a los sentimientos estéticos ni subjetivos. Por ello, personas racionales y de pensamiento científico como Julian Huxley o Carl Sagan, se hubiesen mostrado absolutamente felices al comprobar cómo su bella teoría era refutada por las evidencias.